El problema de la “interpretabilidad” en la traducción del teatro

Martin Boyd

Ignacio-López-Tarso-en-La-Tempestad

Ignacio López Tarso en una adaptación mexicana de “La tempestad” de Shakespeare.

En su artículo, “Performability versus Readability”, la traductora y traductóloga grecocanadiense, Ekaterini Nikolarea, hace un recorrido histórico por la evolución de lo que ella llama una “polarización teórica” ​​en la traducción del teatro, entre las nociones de “performability” (“interpretabilidad”) y “readability” (“legibilidad”). Al hacerlo, coloca a dos autores -el teórico de teatro Patrice Pavis y la traductóloga Susan Bassnett- en contraposición, uno en contra de la otra, como portavoces de dos puntos de vista contradictorios.

En este contexto, plantea a Pavis como defensor de la “performability” (término que, curiosamente, el mismo Pavis no parece haber empleado nunca en sus escritos sobre la traducción del teatro), mientras que Bassnett se coloca como campeona de la “readability” (aunque tampoco es un término que emplea esta autora). El hecho de que ni Pavis ni Bassnett hagan uso de los términos que Nikolarea atribuye a ellos, es un indicio de que su “visión histórica de una polarización teórica de la traducción teatral” es, en realidad, una construcción artificial. Es más, aunque no se puede negar que Pavis es el blanco de algunas de las críticas más agudas en el artículo de Bassnett titulado “Translating for the Theatre: The Case Against Performability” (La traducción para el teatro: el argumento en contra de la interpretabilidad”), me parece que los dos autores, en realidad, abordan la cuestión de la traducción teatral desde dos ángulos distintos, uno desde la perspectiva del escenario y la otra desde la perspectiva del texto, y que el supuesto conflicto entre ellos se basa, en gran medida, en una concepción errónea en cuanto al punto de vista teórico de Pavis.

Al describir la evolución del debate durante la década de los noventa, Nikolarea localiza a Patrice Pavis en el polo de la “interpretabilidad” con base en su argumento de que la traducción para el teatro debe llevarse a cabo “con una puesta en escena en mente” (Pavis 136). Así, Nikolarea equipara la noción de la “interpretabilidad” con el concepto de la puesta en escena de Pavis, aunque a mi entender los dos conceptos no son lo mismo. Irónicamente, es Susan Bassnett que, al atacar el concepto en el artículo antes citado, proporciona la definición más elaborada de la “performability”. Según Bassnett, el término se aplica ampliamente para referirse a una noción vaga del “texto gestual supuestamente oculto dentro del texto escrito” (Bassnett 102). Pero la noción de la puesta en escena que describe Pavis es algo más concreto; no se refiere a alguna presentación hipotética que el traductor debe extraer de entre las líneas del texto original, sino a una “situación de enunciación” real, es decir, a una futura puesta en escena de la obra de teatro traducida. Cabe destacar que en su argumento de que los traductores necesitan considerar la puesta en escena, Pavis se refiere explícitamente a la traducción “para el escenario” (136), a diferencia de la traducción de teatro en general. Su atención se centra claramente en obras de teatro que se traducen para efecto de una presentación específica. Por lo tanto, no hay ninguna razón para creer que Pavis rechaza la posibilidad de que los textos de teatro también pueden ser traducidos para ser leídos, en cuyo caso, obviamente, la puesta en escena no cobraría la misma importancia. En su artículo, Nikolarea coloca la perspectiva de Pavis dentro del contexto de la noción de Anne Ubersfield de que el texto y la actuación de una obra de teatro están “indisolublemente vinculados”, pero Pavis no parece compartir esta opinión. Según Ubersfeld, es la naturaleza “incompleta” del texto de una obra de teatro, la que lo distingue completamente de cualquier otro tipo de texto; Pavis, por otro lado, no otorga ningún estatus especial al texto teatral, sino más bien parece ver la traducción del teatro simplemente como un género más dentro de la categoría de traducción literaria, pues sugiere que las dimensiones que el traductor debe tener en cuenta en la traducción de una obra de teatro son las mismas que son para la traducción de cualquier otro tipo de literatura.

Bassnett critica a los defensores de la “interpretabilidad” por su vaga noción de una dimensión gestual que está “de alguna manera integrado en [el] texto” (Bassnett 99); según Bassnett, la expectativa de que el traductor pueda extraer este “texto gestual” e introducirlo en la traducción es mucho pedir, ya que la responsabilidad de decodificar el texto gestual corresponde a los intérpretes. Bassnett entiende que esto es precisamente lo que pide Pavis en su afirmación de que un traductor debe tener en cuenta la puesta en escena, pero Pavis en realidad no sugiere que la puesta en escena esté incrustada en el texto del original, o que los traductores tengan la responsabilidad de extraerla. Más bien, la tarea del traductor consiste simplemente en “hacer que la puesta en escena sea posible” (Pavis 145), proporcionando el espacio necesario en el texto traducido para permitir que los directores y actores la crean. Esto es evidentemente lo que quiere decir cuando se refiere a la necesidad de la “economía” del texto traducido que permite que los actores “complementen los textos con todo tipo de medios sonoros, gestuales, mímicos y posturales” (144). En otras palabras, Pavis realmente está de acuerdo con Bassnett de que son los actores los que tienen la responsabilidad de decodificar el texto gestual, y, aunque el traductor debe ser consciente de cómo puede ser interpretado el texto en el escenario, esto “no significa necesariamente que la puesta en escena esté predeterminada por el texto” (146).

En la conclusión de su artículo, Nikolarea afirma que la polarización entre estos dos conceptos no es realista, ya que “no hay divisiones precisas entre una traducción orientada a la interpretación y una traducción orientada a la lectura”. He tratado de mostrar aquí que, efectivamente, la polarización teórica que Nikolarea describe no existe de todos modos, debido a que los supuestos defensores de los dos conceptos están hablando de dos cosas diferentes. Mientras Bassnett, desde la tradición de la teoría de la traducción con un enfoque en el texto, se preocupa por el texto que los traductores deben producir, a Pavis, desde una tradición de estudios de teatro con un enfoque en la actuación, le interesa cómo se llevará la traducción al escenario. La oposición dicotómica de los dos autores es esencialmente una construcción artificial por parte de Nikolarea, con la complicidad de Bassnett, quien identifica erróneamente a Pavis como defensor de la idea de Ubersfield de que el texto y la presentación de una obra de teatro son inseparables. Pero Pavis ni siquiera participa en este debate, pues su único interés es la cuestión de cómo se debe traducir una obra de teatro destinado al escenario, y de los aspectos que el traductor debe tener en cuenta con el fin de crear el espacio necesario para la puesta en escena que desarrollarán el director y los actores. La polarización ficticia entre estos dos autores se reconcilia fácilmente si tenemos en cuenta que la perspectiva de Pavis queda muy bien resumida en una afirmación de Bassnett en la conclusión de su argumento en contra de la interpretabilidad:

“Los textos de teatro no pueden ser considerados como idénticos a los textos escritos para ser leídos, ya que el proceso de la escritura implica una consideración de la dimensión de la interpretación” (Bassnett 111, énfasis añadido).

Es decir, como Pavis lo describiría, una consideración de la puesta en escena.

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