nuestra palabra 2010: Ihosvany Hernández González

nuestrapalabra2010El ganador del primer lugar en el concurso nuestra palabra en 2010, Ihosvany Hernández González, nació en La Habana en 1974 e hizo estudios de historia en la Universidad de La Habana. Desde 2004 reside en Montreal y ya es ciudadano canadiense. Además de cuentista es un poeta galardonado, autor del poemario Verdades que el tiempo ignora (Linden Lane Press, Estados Unidos, 2011) y coautor de la antología de poesía cubana Bojeo a la isla infinita (Betania, Madrid, 2013). Mantiene el blog La parada de los mangos y su siguiente poemario El equilibrio de las cosas editado por Publicaciones Entre Lineas, aparecerá más tarde este año.

El hombre ante su objetivo

—El día de la llegada lo invitaron a cenar a uno de los restaurantes franceses de la calle University, en el mismo centro de la ciudad —dijo el Niño antes de beber un trago largo de su cerveza. Al fondo no se escuchaba una música, sólo al barullo de los que conversaban en las otras mesas, las risas y las chirriar de las sillas que, a ratos, eran arrastradas.

— ¿Y cuántos fueron con él? —le preguntó el Negro apoyando los codos en la barra, mientras el sol de la tarde le recortaba su cabeza enorme.

—La mujer que lo sacó, la amiga de la mujer que lo sacó, y él —indicó el Niño contando con los dedos—. Ahora, sólo imagínate al cubano recién llegado al Primer Mundo sentado a la mesa. Sólo imagínatelo acabadito de aterrizar.

— ¿Pero cómo me lo imagino, compadre? —dijo el Negro y pegó su boca enorme a la jarra y la cerveza le refrescó la garganta y parecía que le aliviaba el cansancio del día.

—Imagínatelo sentado frente a su mujer, la que lo sacó, y frente a la amiga de la mujer que lo sacó. Y llega la camarera. Y saca su bolígrafo. Y saca su pequeño blog de notas. Y anota el plato regular de la casa: papas fritas, vegetales, y la carne. Un buen bistec servido con su salsa de cebollas. Y pregunta en francés: Comment voulez vous votre viande? ¿Cómo quieres la carne?, le traduce su mujer. Y el recién llegado mira a su mujer…

—La que lo sacó —acotó el Negro.

—… y mira a la amiga de la mujer que lo sacó —continuó el Niño—. Y se pregunta, porque el tipo es de éstos que no hace más que pensar hasta para pedir su primer bistec en el Primer Mundo: ¿y cómo el cubano va a querer un bistec? Sólo imagínatelo solicitando una carne que hace años no prueba. Una carne prohibida, casi sagrada, deseada en la isla. Carne para turistas, o para muy pocos.

— ¿Y entonces? —se impacienta el Negro, y parece que la boca se le vuelve toda agua al sólo imaginar un bistec a esa hora en que aún no ha comido, porque primero se ha ido a compartir un rato de conversación en el bar con el socio, el amigo que conoció desde que comenzó a trabajar en el call center; y allí estaban hablando del otro que hacía poco había llegado a Canadá—, ¿y entonces? —insiste el Negro y vuelve a beber.

—Negro, el bistec… El bistec había que traerlo. ¿Pero cómo?, se preguntó el cubano recién llegado, el compañero de mi hermana, la que lo sacó. Todos se miraron, me dijo mi mujer, la amiga de mi hermana que estaba allí mirando también al cubano indeciso. ¿Cómo se va a querer un bistec en este mundo? Es sólo un pedazo de carne a la plancha con salsa y papas, pero se necesita saber cómo se va a querer. ¡Médium!, dijo mi hermana, que lo sacó. ¡Médium!, dijo mi mujer, la amiga de mi hermana. Y el cabrón no le pensó mucho. Esa vez no lo pensó dos veces y saltó: ¡A big one!, dijo en inglés. ¡Quiero uno grande! Porque al menos sabía decir aquello en inglés. Y ellas rieron. Rieron a la vez, mirando al recién llegado del país donde la carne es una metáfora, una cosa de otro mundo, un invento del pasado. Se rieron con ganas. Y el recién llegado casi se enojó. Se molestó porque no sabía porque tanta risa, tanto juego de miradas y preguntas inútiles. Total, se dijo luego, un bistec es sólo un trozo de carne, ¡y yastá! Claro, pero había que saber cómo lo preferían. Y es normal que alguien que haya vivido más de treinta años en el subdesarrollo no sepa distinguir las variantes del asado. Es lógico. Yo lo entiendo. Pero sólo imagínatelo alzando la mano para asegurarse de que él no lo quería mediano, como solicitaron mi hermana y mi mujer. No era un bistec de tamaño mediano el que quería el hombre, sino uno enorme, uno bien grande para llenarse el estómago y satisfacer su necesidad de hombre recién entrado al desarrollo. Pero en aquel restaurante no hablaban en español, digo, en castellano. Se hablaba francés, y a ratos inglés. Y él no sabía muy bien del todo ninguna de esas dos lenguas. Conocía sólo un poco. Y estaba viviendo como en una película, o como en un sueño, entre aquellos olores a comida y hasta entre los colores de la tarde de aquel día en que llegó y mi hermana lo llevó a saciar su hambre. Aquel día yo estaba trabajando hasta bien tarde y no pude ir con ellos. Pero mi mujer, la amiga de mi hermana, me contó. Me contó toda la escena. Y estaba con su boca medio abierta cuando mi hermana, la que lo sacó; y mi mujer, la amiga de mi hermana, dijeron casi a coro: “tráiganle el grande al caribeño”. Dijeron aquello en francés, claro está. Y no era una ofensa. Porque mi hermana no se burlaría de su esposo recién llegado. Era lógico que comenzara a chocar con otra realidad. Detalles que iban a demostrarle que casi venía de la selva a instalarse en la civilización. Así podría decirlo. Y la culpa no es de él. La culpa es del subdesarrollo, Negro. Pero había que verle la cara de enojo y confusión y hambre, me dijo mi mujer, la amiga de mi hermana. Había que verlo todo noqueado por la incertidumbre de pedir un bistec con papas y cerveza. Asuntos tan simples. Pero allí, en aquel salón, aquel día, se le hizo un dilema, una complicación del carajo al cubano que no entendía ni de papas ni de bistec ni de idioma. Y él saltó con aquella frase del “big one”. Y ellas rieron. Y él se enojó.

— ¿Y entonces, Niño? ¿Cómo llegó el bistec? Quiero saber por fin cómo fue lo del bistec —el Negro volvía con sus preguntas, y su cabeza enorme seguía recortada sobre la luz de la tarde mientras los otros parloteaban y decían “fuck, man”, o “fuck you, man”.

—Negro, el bistec fue mediano. Fue mediano en todos los sentidos, de tamaño y de cocido, suficiente para que comenzara a paladear la nueva sociedad.  Tú sabes lo que es eso. Yo también lo sé. Lo sabemos. Y es algo así como comenzar a saborear otra realidad. Y uno resulta un perfecto idiota cuando se enfrenta hasta su primer trozo de carne. Y la vida cambia en un santiamén. Y nos convertimos en otros. Y aprendemos nuevos idiomas. Y aprendemos a ejercer nuestros derechos, como la de atragantarnos en un restaurante francés con un buen pedazo de bistec mediano. Porque al mundo hay que entrarle de lleno, pero a poco a poco, sin grandes bocanadas, aunque el instinto animal de hombre ante su objetivo sea devorar un bistec servido entre papas y vegetales, que parecen que van a rodar del plato para saltar de un golpe en la boca del hambriento tipo que sólo recuerda limitaciones y racionamiento, controles y negativas. Pero cree en la posibilidad de asumir otro nuevo tipo de supervivencia.

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