¿Qué es ser mexicano?

Mario Huacuja

¿Qué significa ser mexicano? Esta pregunta, que ha quebrado las cabezas de nuestros principales filósofos, escritores e historiadores a lo largo de la vida independiente del país, no es un tema de discusión de la mayoría de los mexicanos. Para ellos, que constituyen la materia prima de semejantes disertaciones, ser mexicano es compartir una lista de gustos sumamente simples: el mexicano siente una profunda devoción por la Virgen de Guadalupe; celebra en cualquier lugar del mundo el Grito de Independencia; vibra con las estrofas del mariachi; prefiere mil veces los tacos, las enchiladas y el pozole a cualquier otra comida del mundo; valora a la familia por encima de todos los individuos, y a las fiestas muy por encima de cualquier trabajo.

Sin embargo, esa visión simplista y extraordinariamente extendida entre la mayoría de la población empieza a disolverse por los cambios brutales que vive el mundo, y en la actualidad está cruzada por un cúmulo de presiones de distinto signo. Aunque a lo largo de la historia México siempre ha vivido condicionado por su herencia histórica –el elemento indígena que persiste aún en las condiciones más adversas- y por la vecindad con los Estados Unidos, en la actualidad existen fenómenos que, lejos de cohesionar a los mexicanos en torno a sus singularidades, empiezan a segmentarlos e impulsarlos en direcciones opuestas. Entre esos fenómenos está la expansión del mercado, la globalización que vive el mundo, la influencia de los medios masivos de comunicación –en especial la televisión–, el imperio de la publicidad y la implantación de la democracia.

Es un lugar común decir que hay muchos Méxicos. La realidad del país como un mosaico de muchos colores proviene de la gran variedad de ecosistemas que lo atraviesan, ya que en su territorio existen casi todos los paisajes del orbe: desde el desierto hasta la selva, pasando por zonas áridas, bosques templados, cadenas de montañas, extensos litorales, volcanes nevados. El mexicano de la ciudad es diferente al del campo; el de la sierra se distingue del de la costa. Es una tribu donde la homogeneidad no existe.

Más aún, la enorme desigualdad social que arrastramos desde La Colonia, aunada a la subsistencia de comunidades indígenas ancestrales, las migraciones hacia Estados Unidos y la industrialización creciente, han dividido a la nación en dos partes relativamente diferenciadas: una región del Norte, donde se encuentran los mexicanos prósperos, emprendedores e individualistas, y una región del Sur, en la que prevalecen las tradiciones campesinas y familiares, los grupos indígenas y las raíces históricas. El norte del país se mueve hacia el capitalismo y el progreso; el sur resiste y pone todo lo que está de su parte para no cambiar. En las pasadas elecciones este fenómeno se expresó claramente: el norte votó por Felipe Calderón; el centro y el sur por Andrés Manuel López Obrador.

¿Se trata de dos Méxicos irreconciliables? La respuesta no es sencilla, sobre todo si se piensa en la contradicción que existe entre el individuo y la colectividad. En términos sociológicos, sería como comparar a la sociedad individualista, ambiciosa y competitiva de Estados Unidos con los grupos Huicholes y Tarahumaras, que viven en un nirvana donde reina la paz y el amor a la naturaleza.

Y sin embargo la conciliación es posible, como lo demuestran algunos ejemplos aislados. En el pueblo de Nuevo San Juan, que es una comunidad del estado de Michoacán que se vio expulsada de su tranquilidad bucólica por la erupción del volcán Paricutín en 1934, los indios purépechas encontraron en la explotación de los bosques una fórmula en la que pueden progresar sin atentar contra el equilibrio de la naturaleza, ya que cuentan con programas de reforestación muy avanzados. Más aún, se trata de una comunidad indígena que conserva sus raíces colectivas pero aprovecha las oportunidades de un mercado global, ya que exportan casas prefabricadas a Alemania, y muebles de alta calidad a las tiendas de prestigio en la Ciudad de México. Es una comunidad que habla purépecha y español, y ahora quiere aprender inglés. Sus tradiciones son arcaicas, pero su funcionamiento económico es capitalista: todas las ganancias las reinvierten, y de esa manera progresan. Son los primeros mexicanos tradicionales que tienen la mira puesta en el futuro.

Es difícil, aunque no imposible, saber si el ejemplo de los purépechas cundirá en todo el país. Por lo pronto, en el pasado reciente afloraron los atavismos más nocivos para el desarrollo de México: la prioridad del enfrentamiento, el pisoteo de la legalidad, la intolerancia hacia el adversario, el desdén hacia la unidad. Los tambores de guerra volvieron a retumbar por los campos y las avenidas, y las viejas disputas del siglo XIX regresaron por la puerta trasera de la democracia. Nadie quiere hincarse a rezarle a la Virgen con el rival; nadie invita a sus fiestas al adversario ideológico; nadie quiere compartir un taco con el enemigo. Peor aún: por primera vez hubo dos gritos de independencia el 15 de septiembre. En el colmo de lo grotesco, se habla de dos presidentes de la República.

Ser mexicano, hoy, es vivir en litigio con el vecino.

Y sin embargo, el país vive una oportunidad histórica: más allá de su reconciliación consigo mismo, el país tiene que plantearse las bases de su futuro. No solamente es una disyuntiva entre la tradición y la modernidad, entre la vuelta a las comunidades indígenas o la imitación a los patrones de Estados Unidos, sino sobre todo cómo se va a insertar México en un mundo que galopa a toda velocidad hacia la productividad y la competencia, y en el que las propias nacionalidades se desvanecen como marcos de referencia para dejarle su sitio a las marcas en el mercado.

Mario Huacuja nació en la Ciudad de México en 1950. Ha trabajado como profesor universitario, periodista, novelista, comentarista de la radio, guionista, productor de la televisión, editor de revistas y funcionario. Actualmente, es Director de Comunicaciones del Instituto Mexicano de Recursos Naturales Renovables.

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