Mercedes Sosa, In Memoriam

De Fabiola Flores

Mercedes Sosa (1935-2009)

Y por qué decir “le recuerdo” si gracias a estratagemas de prestidigitación dimensional en realidad nos encontramos donde nuestra memoria dicta, así eternamente, sólo cerrando los ojos. Es por eso que no puedo decir que le “recuerdo”, la estoy mirando. Estoy caminando entre un mar de gente bajo el sol persistente pero suave de la ciudad de México, caminamos, una vez más, del Zócalo a la Plaza de las Tres Culturas. De sobra nos sabemos las indicaciones: que todo en orden, que cuidado con las pancartas y las madres con niños, que no caer en el truco de la provocación pues eso “es lo que le conviene al gobierno”. Ni un pretexto, ni un atisbo de violencia. Siendo 1988 no me preocupa mucho la cuestión, tal vez porque los dizque “porros” que conozco me parecen caricaturas salidas de una película de Orol; pero hoy en el ambiente se percibe una diferencia que nos reta a adjetivarla de tangible. La diferencia radica en un optimismo subrepticio, algo que existe latente y escondido en el alma de cada persona. Da gusto ver como los mexicanos, de una vez por todas, salimos a apropiarnos de las calles para gritar nuestra voz. Apropiación que se vio interrumpida por la masacre del 68 y que hoy recordamos. Caminamos a gusto, desgañitando gargantas, a veces corriendo y brincando.

– ¿Y quiénes son esos?

Pregunto mientras indico con mi vista hacia un considerable grupo de personas que visten de blanco y llevan paliacates, se encuentran justo en las ruinas prehispánicas de la plaza de Tlatelolco.

– Son los seguidores de Regina…
Me contesta mi compañero
– Otro día te cuento.

Llegamos a la explanada y nos escurrimos hasta el frente, donde el templete.

– Aquí estamos bien,- me dijo, -se va a poner bueno.

Sigue entonces el consabido programa de oradores que se extienden más de lo debido al dar sus testimonios, adherencias, condolencias, etc. De repente, ciertas nubes benignas nos cobijan dándonos un fresco respiro.

Y ahí está, la estoy viendo aparecer entre los enérgicos aplausos de la mayoría. Algunas mujeres, amas de casa medio desinformadas preguntan:

– ¿Y quién es ella?

De los niños se escucha:
– Mamá, ¿quién es?, no puedo ver…

Y un hombre con pinta de obrero bromea:
– ¿Es una líder charro?

Del templete se pide un silencio que hace que nosotros, quienes la estamos esperando, reparemos en que el alma se nos escapa como vapor pequeñito a través de nuestros poros. Y entonces la veo, caminando con un porte que sólo alguien de su altura puede emanar. Muestra una inusitada agilidad, algo que no esperaba. Nada de complicaciones, guitarra, bajo y batería; ella, con poncho oscuro y tambor en mano, se sienta, toma aliento, menciona palabras solidarias que no por repetidas suenan menos sinceras y entonces… canta. Canta y yo abro simultáneamente ojos y boca; así es como por primera vez la escucho, la veo, siento a Mercedes. Y gustosos nos entregamos a la magia de su voz y su mensaje, las canciones que nos regaló, generosa, se sumaron a las muchas otras que me develaron la verdad de lo posible. Es posible hacer de la música algo comunalmente sagrado, Mercedes lo logra.

Y la sigo viendo, poco después de ese primer encuentro. La diferencia es que ahora ella está sobre un escenario en toda forma (al cual puedo entrar gracias a mis ahorros), con luces, cortinas, más músicos y ese humito de hielo seco que supongo técnicamente indispensable, pero que a mí me sirve de muleta psicológica para sentir que Mercedes me está cantando, allá, desde una nube. Un ángel contundente y sonoro, su danza tiene las mismas características; nada puede ser etéreo cuando se canta nuestras realidades latinoamericanas. Todos salimos con los corazones hasta el cielo, claros y limpios. Y nos vamos cantando con nuestra soledad, entonamos los versos que mejor nos sabemos. En esos días nadie censuraba a la gente que, proveniente de un concierto, entraba cantando al metro.

No volví a verle cantar en vivo, los años me alejaron de mi tierra y las distancias verdaderas no caben en la palabra kilómetros. Hace como dos años se anunció acá un concierto de ella que nunca tuvo lugar. ¿De qué sirve la desilusión de un reembolso por concepto de boletos? El hecho dibujó en mi cerebro, más contundentemente, ese mito de que a Mercedes no le gustaba viajar en avión. O quién sabe, a lo mejor sus fuerzas no daban para tanto en ese momento.

Y ahora la veo no directamente, sino en el rostro de dos hombres tucumanos que salen de la Catedral de Buenos Aires un 23 de agosto del año 2005. Casualidades de esas por las que hay que darle gracias a la vida (las que se brindan cuando uno anda de viaje y “turisteando”) nos trajeron a las puertas de la Catedral bonaerense justo cuando terminaba la misa que esta sociedad tucumana hace en honor de San Martín. Hablamos con ellos, nos dicen que ése, su grupo, está luchando para que en Argentina se reconozca la fecha del nacimiento del prócer como el día del padre y que además hacen una misa en la capital cada año. Vienen desde su tierra sólo para eso, para eso y para mostrar orgullosamente esas botas, sombreros y accesorios de cuero. Me preguntan si sé algo de Tucumán, la respuesta obligada es que es la tierra de Mercedes y su voz, así que de alguna manera toda Latinoamérica es tucumana. Felices, intercambiamos palabras y abrazos, y al final, para la consabida foto me ponen el poncho, yo por minutos me siento adoptada. Si hasta uno de ellos tiene el mismo perfil que la cantora, y mi mente me traiciona con juegos ópticos (podría ser su primo)… ¿Y por qué no? Si tengo tantos hermanos que no los puedo contar. Se despiden con un: “así somos los tucumanos”.

Y ahora la veo aquí mismo, sentada junto a mí aunque su voz me llega desde una bocina. Amada Mercedes tienes razón, quién pudiera volver a los diecisiete para recuperar ese optimismo que muchas veces pierdo y que tu cantar, como conjuro mágico, me devuelve.

2 comentarios en “Mercedes Sosa, In Memoriam

  1. ¡Hasta la victoria, con Mercedes!

    ¡VIVA LA CANCION SOCIAL Y EL PUEBLO UNIDO!

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