​A cuarenta años del golpe en Chile

Jorge Etcheverry

Salvador Allende y Pablo Neruda

Han pasado cuarenta años desde el golpe de estado de 1973 y el recuerdo sigue vivo. No solo el recuerdo histórico, sino las circunstancias variadas y concretas que lo rodean.  Prueba de ello son las numerosas conmemoraciones que se están llevando a cabo en todo el mundo y por supuesto en Chile, sin olvidar el hecho de que el contexto político, social y económico que llevó al poder a la Unidad Popular de Salvador Allende sigue básicamente vigente y tendrá otra oportunidad de manifestarse en las próximas elecciones presidenciales en Chile.

El golpe significó la ruptura de la vida institucional chilena, trajo muerte y tortura y sometió a la población a casi dos décadas de régimen dictatorial. Provocó el desplazamiento de muchos chilenos al exterior y convirtió en figuras emblemáticas a los protagonistas más destacados de la experiencia histórica abortada, como Salvador Allende, Miguel Enríquez, Pablo Neruda y Víctor Jara, entre otros.  No es posible hablar del golpe en Chile sin aludir al contexto político que lo originó. Y eso refiere no tan solo a la ruptura de la democracia formal, institucional, tradición que en líneas generales había caracterizado a Chile. Porque también se pueden elegir por voto popular dictaduras teocráticas y en muchos casos, los fascismos del siglo pasado contaron con vasto apoyo popular. Fue además y básicamente un golpe contra el intento de lograr una sociedad justa, equitativa y con igualdad de oportunidades, lo que se ha llamado ya tradicionalmente una sociedad socialista, y cuya búsqueda, diversas manifestaciones y abortos forzados diseñan prácticamente el perfil histórico contemporáneo de América Latina.

En su momento el gobierno de Salvador Allende, que pretendió instaurar un socialismo desde el respaldo popular en las urnas y dentro de un marco constitucional, fue considerado una excentricidad, algo nuevo en su género, aunque hubo intentos anteriores. El gobierno de la Unidad Popular —nombre derivado de los de los frentes populares antifascistas europeos y que había tenido como antecedente al FRAP (Frente de Acción Popular) en elecciones anteriores— parecía abrir una posibilidad de cambio democrático del sistema en un continente cruzado por dictaduras e intentos revolucionarios guerrilleros urbanos y rurales fracasados. Pero el golpe de estado en Chile pareció dar la razón a quienes decían que “el poder nace del fusil”.  Sin embargo, la derrota o desarme de los movimientos armados y el surgimiento en las últimas décadas de una variedad de gobiernos progresistas, algunos de intención socialista, en América Latina, elegidos en las urnas y  refrendados por constituciones, ha ido convirtiendo a la figura de Allende en la de un precursor.

El legado de la dictadura fue ambivalente. Dejó como herencia un así llamado milagro económico, neoliberal y férreamente enmarcado y protegido por una constitución elaborada bajo la dictadura de Augusto Pinochet, lo que no impide, sino que es correlato y probablemente sea causa concomitante, de que Chile sea uno de los países con más desigualdad de ingresos, una educación más cara y un espantoso récord en lo que respecta al medio ambiente. Pero además el golpe significó la eclosión del país en un multitudinario exilio que desgarró a la sociedad y despojó a Chile de gran parte de su elite política y cultural, esta última ligada tradicionalmente a la izquierda y participante de las instancias institucionales y la movilización social que desembocó y acompañó a la elección de Allende en 1970. El golpe tuvo el efecto de sembrar comunidades chilenas en decenas de países y de hacer surgir una cultura chilena en el exilio, sin que esté ausente su componente político, a la vez que realzó la presencia de Chile en el extranjero, baste mencionar nombres de todos conocidos como Roberto Bolaño, Raúl Ruiz e Isabel Allende. La presencia chilena se ha dejado sentir en los países del sur y del norte. En los países del mundo desarrollado, como Canadá, esta presencia se suele dar en un marco latinoamericano, ejemplo de lo cual son estas palabras de Eduardo Embry, poeta chileno residente en el Reino Unido: “… ojalá que alguien tome en cuenta estos esfuerzos titánicos de nuestras comunidades por integrarse en un medio hostil, diferente idioma y costumbres, preguntándose qué rol han cumplido las minorías étnicas latinoamericanas en determinados espacios culturales diversos…”, y prosigue “…aquí en Londres, la prensa latinoamericana ha tenido un rol muy importante, y así los diversos institutos culturales dirigidos por latinoamericanos, promotores de campañas por los derechos humanos, contra la dictadura, contra la tortura y los crímenes, etc., los artistas y escritores en Londres han cumplido un rol decente”.

Aparte de su variado aporte cultural en Canadá, el aspecto político de la presencia chilena en el país se ha manifestado principalmente en Quebec, cuya cultura francófona tiene mayores puntos de contacto con la chilena, por la histórica influencia europea, sobre todo francesa, en las ideas y la cultura, como sucede en general en América Latina.  El ex parlamentario del Bloque Quebequense Osvaldo Núñez ha sido uno de los más importantes promotores del voto chileno en el exterior. En Canadá, respecto a lo cultural se puede mencionar, a manera de ejemplo y sólo tocando la literatura y dentro de ella la poesía, la publicación en Chile hace unos años de una antología que reunía a gran parte de los poetas chileno-canadienses, compilada por dos autores chilenos en Canadá, y la de una antología de poesía chilena publicada en Chile a fines del año pasado, cuyo primer tomo está dedicado a la generación de la diáspora (de los 1960) e incluye cuatro poetas que residieron o residen en Canadá, junto a otros residentes en Suecia, Estados Unidos, México y Francia.

La incidencia en Chile del fenómeno resultante del exilio, el retorno, que llevó de vuelta a numerosos chilenos luego de vivir y completar su formación en los países de la diáspora, ha tenido un gran impacto en todos los niveles de la vida del país. La reinserción de los retornados no ha sido fácil y pareciera que sigue vigente una cierta percepción inicial al interior del país que tiende a identificar a la diáspora chilena como “los de afuera”, que evitaron la represión de la dictadura y tuvieron nuevas oportunidades en otras tierras. Pero es innegable que existen ciertos intereses comunes y vasos comunicantes entre muchos chilenos y su diáspora. Quienes residen en el exterior aún no tienen derecho a voto y entre muchos existe un deseo de mayor reconocimiento, participación e inclusión en los diversos aspectos de la sociedad y la cultura del interior del país, en las que por otra parte la dispersión global de los chilenos y su reinserción al retornar han producido un efecto significativo.

Aunque es evidente que Chile no es el mismo de hace cuarenta años, tanto la memoria como las contradicciones sociales y económicas básicas sofocadas por el golpe siguen siendo el trasfondo del acontecer y la vida diaria del país. Entonces, no se conmemora solamente el recuerdo amargo del golpe, sino su patente actualidad y no tan solo con dolor, sino con la esperanza de que quizás más temprano que tarde, y evitando un nuevo baño de sangre, el país pueda reiniciar el proceso de cambio de sistema hacia una sociedad justa, que iniciara el gobierno de la Unidad Popular.

Escritor, poeta y traductor Jorge Etcheverry nació en Santiago de Chile en 1945. Llegó a Canadá en 1975, donde se doctoró en literatura en la Universidad de Montreal y trabaja actualmente como traductor. Su poesía ha sido editada en numerosas revistas y antologías y ha sido reconocido como uno de las figuras más destacadas de la literatura hispanocanadiense. El viernes 13 de septiembre participará en un evento especial en conmemoración de los 40 años del golpe de estado de Chile, que organizan el Taller Cultural El Dorado y la Red Cultural Hispánica.

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