Alejandro Rossi

Alejandro Rossi (1932-2009) fue uno de los escritores y filósofos más destacados del Siglo XX mexicano. Nacido en Italia de padre italiano y madre venezolana, Rossi llegó en los años 50 a México, donde es mejor recordado hoy por su obra filosófica y por haber sido estrecho colaborador de Octavio Paz en sus empresas culturales. Como escritor, es mejor conocido por su libro Manual del distraído (1978), recopilación de ensayos y narraciones breves que conjugan la mirada profunda del filósofo con la preocupación estética del literato. Otra muestra de dicha fusión es el cuento El cielo de Sotero (1987), una narración que trata temas universales y al mismo tiempo excepcionalmente latinoamericanos, de colonialismo, desigualdad social y revolución. Se publica aquí en su versión original y, por primera vez, en una traducción al inglés, realizada por Janice Goveas.

El cielo de Sotero

El nombre no podía ser más común. El adecuado para un muchacho de barriada —aunque ya todas las ciudades eran casuchas abandonadas— que creció entre charcos y sirenas de policía. Remigio Maldonado, un hijo de nadie, como después dijeron. Han pasado muchos años, pero el tiempo no lo ayuda, más bien ha eliminado su miserable biografía y lo ha reducido a ese minuto fatal en el que a codazos se abrió paso entre la multitud gritona de Santa Clara de las Flores y con los ojos bien abiertos le disparó seis balazos en ráfaga a Don Gregorio Sotero cuyo cuerpo esmirriado saltaba y se retorcía como si le hubiese caído una descarga eléctrica. Los libros de historia describen con detalle ese minuto atroz y, por supuesto, mencionan el nombre del asesino adolescente. Luego lo olvidan o lo desdeñan. Tal vez porque les parece que rebaja la grandeza de Don Gregorio: un desgraciado, un hijo de nadie, le gana la partida al hombre más fuerte y amado de esas inmensas regiones. ¿Dónde está, entonces, el poder? ¿Dónde está el orden del mundo? O quizás lo ignoran porque comparten la superstición de que la maldad no debe recordarse. Como si la mera mención fuese ya una celebración. Creen, me parece, que la maldad seduce como un diamante. A lo mejor por eso sus crónicas son algo aburridas, las de una humanidad sin contrastes, de una bondad como automática. Las crónicas proceden, por así decirlo, con pies de plomo, más atentas a la paz de esos pueblos dispersos que a las terribles —o irresponsables— verdades de la vida. También he oído decir que el silencio sobre los antecedentes de Remigio Maldonado tiene el propósito de recordarlo como un asesino en estado puro y evitar así cualquier intento de comprensión o de piedad. A tanta distancia de tiempo es simplemente imposible reproducir las verdaderas intenciones de esos escribas reticentes. Fueron pueblos pobres, enamorados, como todos ellos, de los gestos y de los rituales. Les hubiese parecido raro —y hasta escandaloso- que las versiones oficiales coincidieran con las habladurías de la gente. La historia escrita era, para ellos, una extensión de la política, de la “lucha grande”, como la llamaban. Sea como sea, Remigio Maldonado, paradójicamente, casi no existe, es como una flecha envenenada que cruza, sin orígenes y sin destino, el aire herido de Santa Clara de las Flores.

La realidad, desde luego, es menos emblemática. En definitiva es bastante sucia. He reunido algunos datos sobre este episodio y se los presento al lector en una versión que mezcla noticias históricas con una moderada reconstrucción psicológica. Me atrevo a esto último para darle mayor fluidez a mi relato y también —¿por qué no decirlo?— para subrayar nuestras semejanzas.

Diecisiete años tenía Remigio Maldonado cuando entró a la asociación Luz y Patria, una especie de secta religioso-militar entre cuyos miembros estaban los capitanejos embravecidos por la derrota, los Adoradores de Nuestra Señora de la Montaña, los nacionalistas de vieja estirpe que aún peroraban sobre himnos y banderas y también los denominados —la época era melodramática— “Ideólogos de la Mazorca”. Un grupo heterogéneo cuyas ideas importan menos que la pasión dominante que los unía: el inacabable odio a Gregorio Sotero, el Abogado de ojos grises, el incansable andarín. Los ácidos ideólogos de la Mazorca eran los más activos, los que organizaron el “brazo ejecutor”, es decir, la indispensable carne de cañón. Las sectas ofrecen a los desamparados singularidad y propósito, agua viva para un muchacho como Remigio Maldonado. Como si le regalaran un nombre, como si le poblaran esas malditas horas del atardecer. Le hablaron de algo que su sangre sospechaba: que había hombres que no merecían el perdón. Yo me imagino, por otra parte, que la representación del enemigo es mucho más fácil una vez vivida la ilusión de la amistad o la exaltación de la camaradería. Quiero decir que no le fue difícil a Remigio Maldonado empezar a despreciar con intensidad creciente a Gregorio Sotero, ese sesentón de mirada aguda y de sonrisa irresistible. Le hablaron de cosas desconocidas: que Gregorio Sotero había hecho desaparecer a las Naciones, que ofendía el culto a María, que aconsejaba mansedumbre, pero se hartaba de caldos de gallina gorda. Cuanto más abstractas eran las acusaciones más respetuosa e imponente juzgaba a la Secta. Si le decían que Gregorio Sotero había mancillado la pureza de esas regiones, si lo definían como el “Padre Sucio”, quedaba más impresionado que si le chismeaban que en Sierra Nevada se había encerrado una noche con un arpista y María Candelaria, la hija mayor del sastre. Una historia que le parecía en el fondo más de debilidad que de fuerza. Le prohibieron contemplar al Abogado cuando pasó, en una de sus interminables rondas, por la Ciudad carcomida por el salitre y cargada de viejos cocoteros. Para entonces ya habían descubierto que Remigio Maldonado era valiente. Es decir, que parpadeaba como cualquiera, pero que odiaba el miedo. No dejaron que viera la temible sonrisa de Gregorio Sotero y se lo llevaron campo adentro a una casona de paredes rojas y hamacas color de espiga. Allí un hombre con acento sureño y dientes de caballo le dio, con buena escuela, las definitivas lecciones de balística. Sesiones largas en las que el muchacho se concentraba con alegría. Un día el Sureño lo interrumpió y le dijo con cierta impaciencia: “Si no quieres matar a un hombre, no hay puntería que valga”. Y cuando regresaron a la Ciudad por unos retorcidos caminos vecinales, el Sureño —que no le permitió manejar la oxidada camioneta llena de mangos verdes- le advirtió: “Mira, viejo, te tienes que ir con la bala. El resto son excusas”.

Dos días antes le expusieron el plan con arrogante prolijidad. Había llegado la hora de Gregorio Sotero y los conjurados en los pueblos y las regiones reclamaban el máximo esfuerzo. En voz baja le dijeron que durante unos minutos Remigio Maldonado tendría a la Nación en sus manos. Así lo había decidido el Consejo Supremo. Apenas mencionaron que’ su propia muerte era imprescindible y al muchacho le hubiese parecido casi una blasfemia pedir una aclaración. Con un orgullo inocente recordó una escena de su niñez en la playa ruinosa del Mercado Antiguo: su tío Julián había señalado una piedra al borde del agua y le había dicho: “Te das cuenta, Remigio, que aquí, justo aquí, empieza la Patria Grande. Como si le tocáramos la cabeza”. Se lo calló, por supuesto, deslumbrado por la velocidad que adquiría su vida. Le regalaron una camisa blanca y un saco anchote y llegó a Santa Clara de las Flores a las diez de la noche. Mientras se limpiaba los dientes con la disciplina solitaria de un recluta, pensó: “No hablaré con los amigos, pero ellos hablarán de mí”. También pensó: “El Padre Sucio”. Tenía ya la simplicidad del mártir o del asesino.

Aunque no haya pruebas, yo creo que fue Lorenzo Cruz quien impidió que lo lincharan. Cruz es un personaje incómodo para los historiadores actuales: jamás escribió un panfleto y las pocas declaraciones que hizo no son gran cosa. Era un hombre de baja estatura, de mirada, diría yo, incansable, como si todos los objetos de este mundo fueran una novedad interesante. Un personaje difícil, porque el secreto o la clave de su vida no fue la política sino el amor de roca que lo unió a Gregorio Sotero. Lo acompañó en las innumerables caminatas por las zonas devastadas escondiendo la pistola para que el viejo no la viera y estuvo con él en las negociaciones decisivas con aquellos exhaustos generales y sus nerviosos intérpretes. Cruz amaba intensamente a Gregorio Sotero, pero sabía que era inimitable, una lluvia benéfica que había caído sobre esas descosidas regiones. Con absoluta claridad supo que a él sólo le quedaba la fuerza, el poder controlado, la inevitable crueldad. El fulgor, la autoridad incuestionable de un alma, se habían ido.

Torturaron al muchacho sin ninguna misericordia. Una tarde Cruz asistió a un interrogatorio y advirtió, con asombro, la indudable resistencia de Remigio Maldonado. Pero también notó que esa dureza se asentaba en una profunda ignorancia. De inmediato ordenó que lo cambiaran a una casa habilitada como cárcel, que le suministraran comida sana y abundante y un trato severo aunque respetuoso. Lorenzo Cruz había decidido educarlo. Le enseñaron a leer y a escribir en toscos manuales escolares. El primer libro que leyó fue Los Dioses de las Regiones, una antigua compilación de leyendas y fantasías en torno a las célebres figuras del Caimán Dorado y de la Niña Blanca, que protegían a los viajeros nocturnos y a los pescadores solitarios. Una pareja bienhechora que alentaba el corazón de esos pueblos precarios. Un día le trajeron un tomo grueso y mal encuadernado: la Historia de los Ríos Centrales, la obra maestra del sabio Antonio Regueiro, un libro entre pedagógico y novelístico, que lo mismo describe un pájaro inédito que narra las marrullerías de Don Antonio para sobrevivir en medio de un caserío místico y hambriento. Un libro acumulativo, desordenado, que, sin embargo, deja una incómoda sensación de inmensidad. Más adelante le entregaron algo bien distinto. Los Recuerdos Militares del Coronel Eusebio Andrade. Las guerras federales, las gavillas, la historia de un extravagante militar de academia que, poco a poco, se fue arrancando los galones hasta convertirse en lo que él llama, con dudosa retórica, un “soldado del polvo”. Hoy en día sus campañas —esas caballadas en movimiento— nos parecen caprichosas, pero debemos reconocer la fortuna póstuma de su tesis central: la verdadera patria son las regiones, no esas fronteras de tinta china creadas por la diplomacia. Nosotros ahora podemos sostener que fueron lecturas ejemplares, como si Lorenzo Cruz quisiera prestarle su visión de las regiones. Es muy difícil fijar fechas, es posible que pasara más de un año antes de que Arcadio Reverón comenzara a conversar con el muchacho. Hombre de perenne guayabera que se había instalado en una vejez sin avances, con una piel oscura y pulida como caoba heredada. La mano grande apoyada sobre la rodilla y unos ojos glaucos y quietos de antiguo nadador de río. Le habló de lo que cuesta construir un pueblo en una montaña, de las dificultades de vivir junto a las grandes aguas. Le habló también de la complicada red de parentescos entre las regiones, de cruzas malogradas peor que una plaga y le describió al muchacho las centenares de minas abandonadas como viejos sexos arenosos. Las ciudades, le dijo, no importan, son neón y basura. Y una tarde, una tarde de nubes levísimas y móviles, agregó: “Gregorio Sotero entendía todo eso”. Ya no hubo otro tema entre ellos. Lentamente, con un miedo nuevo que lo tomó por sorpresa, Remigio Maldonado comenzó a entender la grandeza histórica de Gregorio Sotero. “Buscaba un hilo —le explicaba con tranquilo fervor Reverón—, un hilo que uniera a las regiones, una especie de filigrana oculta. En los últimos tiempos él creía que la había encontrado. No hay que temerle a los grandes hombres. Gregorio nos enseñó que todo lo que había ocurrido era una equivocación, las viejas guerras inútiles, las naciones artificiales. Nos decía que nuestra historia verdadera todavía no había empezado. Tenía ese atrevimiento.” El segundo golpe fue percibir el amor ilimitado que rodeaba a Gregorio Sotero. Sospecho que cuando comprendemos el amor que una persona suscita en otras, ya nos entregamos a ella. El muchacho, en una de esas incontrolables jugadas del corazón, inició una relación de discípulo amoroso con el Abogado andarín. La secuencia era previsible: ese repentino idilio iluso le aclaró con un resplandor definitivo la miserable escena de Santa Clara de las Flores: allí había muerto por bala asesina el Amigo de las Regiones, el Abogado de la sonrisa buena, no el canalla de gestos nerviosos a quien le disparó en ráfaga. En honor de Remigio Maldonado hay que señalar que nunca pensó que tendría redención. Supo que estaba excluido de los caminos naturales de los hombres. Supo, por decirlo de alguna manera, que su alma había quedado inutilizada. También supo que la inevitable devoción a Don Gregorio era su castigo. “Ahora estamos -concluyó Reverón en el último encuentro- en el reino de los hombres Comunes. Tú fuiste la llave que abrió esa puerta. Te hicieron un mal servicio.”

Lo trasladaron a una celda desnuda. Lorenzo Cruz dio instrucciones estrictas para impedir que se quitara la vida. La gente lo creía muerto y las historias oficiales, como ya dije, apenas se ocupaban de él. Al cabo de unos años Cruz le concedió la gracia de que lo fusilaran. Murió con entereza, amarrado a un samán y al amanecer, según las tradiciones militares. Es probable que tuviera la tentación de gritar “¡Viva Don Gregorio Sotero!”, pero hasta donde he podido averiguar no movió los labios. El Comandante Lorenzo Cruz gobernó, como tantos otros, largos años, con el recuerdo de su juventud exaltada y con el sabor de una oportunidad perdida. La fábula de las regiones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *