{"id":2260,"date":"2013-03-22T17:51:22","date_gmt":"2013-03-22T17:51:22","guid":{"rendered":"https:\/\/dialogos.ca\/?p=2260"},"modified":"2013-03-22T17:51:22","modified_gmt":"2013-03-22T17:51:22","slug":"alfonso-reyes-1889-1959","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dialogos.ca\/es\/2013\/03\/alfonso-reyes-1889-1959\/","title":{"rendered":"Alfonso Reyes (1889-1959)"},"content":{"rendered":"<p><strong>Visi\u00f3n de An\u00e1huac<\/strong><\/p>\n<p><em><a href=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/Alfonso-Reyes.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-medium wp-image-2262\" title=\"Alfonso Reyes\" src=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/Alfonso-Reyes-238x300.jpg\" alt=\"\" width=\"238\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/Alfonso-Reyes-238x300.jpg 238w, https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2013\/03\/Alfonso-Reyes.jpg 397w\" sizes=\"auto, (max-width: 238px) 100vw, 238px\" \/><\/a>Alfonso Reyes Ochoa, poeta, ensayista y narrador mexicano, se considera uno de las figuras m\u00e1s importantes de la literatura latinoamericana. Reconocido por Jorge Luis Borges como &#8220;el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos&#8221;, su influencia es evidente en las obras de los autores del &#8220;boom&#8221; latinoamericano, sobre todo en las de su compatriota Carlos Fuentes. Se reproduce aqu\u00ed el primer cap\u00edtulo de su famoso ensayo &#8220;Visi\u00f3n de An\u00e1huac&#8221;, publicado en 1917, en el que se ofrece una visi\u00f3n de la antigua ciuidad de M\u00e9xico en los momentos de la conquista espa\u00f1ola.<\/em><\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p>\u201cViajero: has llegado a la regi\u00f3n m\u00e1s transparente del aire.\u201d<\/p>\n<p>En la era de los descubrimientos, aparecen libros llenos de noticias extraordinarias y amenas narraciones geogr\u00e1ficas. La historia, obligada a descubrir nuevos mundos, se desborda del cauce cl\u00e1sico, y entonces el hecho pol\u00edtico cede el puesto a los discursos etnogr\u00e1ficos y a la pintura de civilizaciones. Los historiadores del siglo xvi fijan el car\u00e1cter de las tierras reci\u00e9n halladas, tal como \u00e9ste aparec\u00eda a los ojos de Europa: acentuado por la sorpresa, exagerado a veces. El diligente Giovanni Battista Ramusio publica su peregrina recopilaci\u00f3n <em>Delle Navigationi et Viaggi<\/em> en Venecia en el a\u00f1o de 1550. Consta la obra de tres vol\u00famenes in-folio, que luego fueron reimpresos aisladamente, y est\u00e1 ilustrada con profusi\u00f3n y encanto. De su utilidad no puede dudarse: los cronistas de Indias del Seiscientos (Sol\u00eds al menos) leyeron todav\u00eda alguna carta de Cort\u00e9s en las traducciones italianas que ella contiene.<\/p>\n<p>En sus estampas, finas y candorosas, seg\u00fan la elegancia del tiempo, se aprecia la progresiva conquista de los litorales; barcos diminutos se deslizan por una raya que cruza el mar; en pleno oc\u00e9ano, se retuerce, como cuerno de cazador, un monstruo marino, y en el \u00e1ngulo irradia picos una fabulosa estrella n\u00e1utica. Desde el seno de la nube esquem\u00e1tica, sopla un \u00c9olo mofletudo, indicando el rumbo de los vientos \u2014constante cuidado de los hijos de Ulises\u2014. Vense pasos de la vida africana, bajo la tradicional palmera y junto al cono pajizo de la choza, siempre humeante; hombres y fieras de otros climas, minuciosos panoramas, plantas ex\u00f3ticas y so\u00f1adas islas. Y en las costas de la Nueva Francia, grupos de naturales entregados a los usos de la caza y la pesquer\u00eda, al baile o a la edificaci\u00f3n de ciudades. Una imaginaci\u00f3n como la de Stevenson, capaz de so\u00f1ar <em>La isla del tesoro<\/em> ante una cartograf\u00eda infantil, hubiera tramado, sobre las estampas del Ramusio, mil y un regocijos para nuestros d\u00edas nublados.<\/p>\n<p>Finalmente, las estampas describen la vegetaci\u00f3n de An\u00e1huac. Det\u00e9nganse aqu\u00ed nuestros ojos: he aqu\u00ed un nuevo arte de naturaleza.<\/p>\n<p>La mazorca de Ceres y el pl\u00e1tano paradis\u00edaco, las pulpas frutales llenas de una miel desconocida; pero, sobre todo, las plantas t\u00edpicas: la biznaga mexicana \u2014imagen del t\u00edmido puerco esp\u00edn\u2014, el maguey (del cual se nos dice que sorbe sus jugos a la roca), el maguey que se abre a flor de tierra, lanzando a los aires su plumero; los \u00ab\u00f3rganos\u00bb paralelos, unidos como las ca\u00f1as de la flauta y \u00fatiles para se\u00f1alar la linde; los discos del nopal \u2014semejanza del candelabro\u2014, conjugados en una superposici\u00f3n necesaria, grata a los ojos: todo ello nos aparece como una flora emblem\u00e1tica, y todo como concebido para blasonar un escudo. En los agudos contornos de la estampa, fruto y hoja, tallo y ra\u00edz, son caras abstractas, sin color que turbe su nitidez.<\/p>\n<p>Esas plantas protegidas de p\u00faas nos anuncian que aquella naturaleza no es, como la del sur o las costas, abundante en jugos y vahos nutritivos. La tierra de An\u00e1huac apenas reviste feracidad a la vecindad de los lagos. Pero, a trav\u00e9s de los siglos, el hombre conseguir\u00e1 desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastar\u00e1n los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle su car\u00e1cter propio y terrible: \u2014En la tierra salitrosa y hostil, destacadas profundamente, erizan sus garfios las garras vegetales, defendi\u00e9ndose de la seca\u2014.<\/p>\n<p>Abarca la desecaci\u00f3n del valle desde el a\u00f1o de 1449 hasta el a\u00f1o de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones \u2014que poco hay de com\u00fan entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficci\u00f3n pol\u00edtica que nos dio treinta a\u00f1os de paz augusta\u2014. Tres reg\u00edmenes mon\u00e1rquicos, divididos por par\u00e9ntesis de anarqu\u00eda, son aqu\u00ed ejemplo de c\u00f3mo crece y se corrige la obra del Estado, ante las mismas amenazas de la naturaleza y la misma tierra que cavar. De Netzahualc\u00f3yotl al segundo Luis de Velasco, y de \u00e9ste a Porfirio D\u00edaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontr\u00f3 todav\u00eda echando la \u00faltima palada y abriendo la \u00faltima zanja.<\/p>\n<p>[\u2026]<\/p>\n<p>El viajero americano est\u00e1 condenado a que los europeos le pregunten si hay en Am\u00e9rica muchos \u00e1rboles. Les sorprender\u00edamos habl\u00e1ndoles de una Castilla americana m\u00e1s alta que la de ellos, m\u00e1s armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes monta\u00f1as), donde el aire brilla como espejo y se goza de un oto\u00f1o perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos asc\u00e9ticos: el valle de M\u00e9xico, m\u00e1s bien pensamientos f\u00e1ciles y sobrios. Lo que una gana en lo tr\u00e1gico, la otra en pl\u00e1stica rotundidad.<\/p>\n<p>Nuestra naturaleza tiene dos aspectos opuestos. Uno, la cantada selva virgen de Am\u00e9rica, apenas merece describirse. Tema obligado de admiraci\u00f3n en el Viejo Mundo, ella inspira los entusiasmos verbales de Chateaubriand. Horno genitor donde las energ\u00edas parecen gastarse con abandonada generosidad, donde nuestro \u00e1nimo naufraga en emanaciones embriagadoras, es exaltaci\u00f3n de la vida a la vez que imagen de la anarqu\u00eda vital: los chorros de verdura por las rampas de la monta\u00f1a; los nudos ciegos de las lianas; toldos de platanares; sombra enga\u00f1adora de \u00e1rboles que adormecen y roban las fuerzas de pensar; bochornosa vegetaci\u00f3n; largo y voluptuoso torpor, al zumbido de los insectos. \u00a1Los gritos de los papagayos, el trueno de las cascadas, los ojos de las fieras, <em>le dard empoisonn\u00e9 du sauvage<\/em>! En estos derroches de fuego y sue\u00f1o \u2014poes\u00eda de hamaca y de abanico\u2014 nos superan seguramente otras regiones meridionales.<\/p>\n<p>Lo nuestro, lo de An\u00e1huac, es cosa mejor y m\u00e1s t\u00f3nica. Al menos, para los que gusten de tener a toda hora alerta la voluntad y el pensamiento claro. La visi\u00f3n m\u00e1s propia de nuestra naturaleza est\u00e1 en las regiones de la mesa central: all\u00ed la vegetaci\u00f3n arisca y her\u00e1ldica, el paisaje organizado, la atm\u00f3sfera de extremada nitidez, en que los colores mismos se ahogan \u2014compens\u00e1ndolo la armon\u00eda general del dibujo\u2014; el \u00e9ter luminoso en que se adelantan las cosas con un resalte individual; y, en fin, para de una vez decirlo en las palabras del modesto y sensible Fray Manuel de Navarrete:<\/p>\n<p><em>una luz resplandeciente<br \/>\nque hace brillar la cara de los cielos<\/em>.<\/p>\n<p>Ya lo observaba un grande viajero, que ha sancionado con su nombre el orgullo de la Nueva Espa\u00f1a; un hombre cl\u00e1sico y universal como los que criaba el Renacimiento, y que resucit\u00f3 en su siglo la antigua manera de adquirir la sabidur\u00eda viajando, y el h\u00e1bito de escribir \u00fanicamente sobre recuerdos y meditaciones de la propia vida: en su <em>Ensayo pol\u00edtico,<\/em> el bar\u00f3n de Humboldt notaba la extra\u00f1a reverberaci\u00f3n de los rayos solares en la masa monta\u00f1osa de la altiplanicie central, donde el aire se purifica.<\/p>\n<p>En aquel paisaje, no desprovisto de cierta aristocr\u00e1tica esterilidad, por donde los ojos yerran con discernimiento, la mente descifra cada l\u00ednea y acaricia cada ondulaci\u00f3n; bajo aquel fulgurar del aire y en su general frescura y placidez, pasearon aquellos hombres ignotos la amplia y meditabunda mirada espiritual. Ext\u00e1ticos ante el nopal del \u00e1guila y de la serpiente \u2014compendio feliz de nuestro campo\u2014 oyeron la voz del ave agorera que les promet\u00eda seguro asilo sobre aquellos lagos hospitalarios. M\u00e1s tarde, de aquel palafito hab\u00eda brotado una ciudad, repoblada con las incursiones de los mitol\u00f3gicos caballeros que llegaban de las Siete Cuevas \u2014cuna de las siete familias derramadas por nuestro suelo\u2014. M\u00e1s tarde, la ciudad se hab\u00eda dilatado en imperio, y el ruido de una civilizaci\u00f3n cicl\u00f3pea, como la de Babilonia y Egipto, se prolongaba, fatigado, hasta los infaustos d\u00edas de Moctezuma el doliente. Y fue entonces cuando, en envidiable hora de asombro, traspuestos los volcanes nevados, los hombres de Cort\u00e9s (\u00abpolvo, sudor y hierro\u00bb) se asomaron sobre aquel orbe de sonoridad y fulgores \u2014espacioso circo de monta\u00f1as\u2014.<\/p>\n<p>A sus pies, en un espejismo de cristales, se extend\u00eda la pintoresca ciudad, emanada toda ella del templo, por manera que sus calles radiantes prolongaban las aristas de la pir\u00e1mide.<\/p>\n<p>Hasta ellos, en alg\u00fan oscuro rito sangriento, llegaba \u2014ululando\u2014 la queja de la chirim\u00eda y, multiplicado en el eco, el latido del salvaje tambor.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Visi\u00f3n de An\u00e1huac Alfonso Reyes Ochoa, poeta, ensayista y narrador mexicano, se considera uno de las figuras m\u00e1s importantes de la literatura latinoamericana. 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