{"id":3431,"date":"2014-10-10T23:50:25","date_gmt":"2014-10-10T23:50:25","guid":{"rendered":"https:\/\/dialogos.ca\/?p=3431"},"modified":"2026-04-02T19:32:49","modified_gmt":"2026-04-02T19:32:49","slug":"nuestra-palabra-2006-angel-fernandez-gelico-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dialogos.ca\/es\/2014\/10\/nuestra-palabra-2006-angel-fernandez-gelico-2\/","title":{"rendered":"\u00c1ngel Fern\u00e1ndez (G\u00e9lico)"},"content":{"rendered":"<p><em><a href=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2014\/10\/gelico-e1413082007722.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-3429\" src=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2014\/10\/gelico-e1413082007722.jpg\" alt=\"gelico\" width=\"250\" height=\"250\" \/><\/a>G<\/em><em>\u00e9lico <\/em><em>inici\u00f3 sus primeras publicaciones como caricaturista, a los 17 a\u00f1os de edad, las que aparecieron en el semanario humor\u00edstico <\/em>Mela\u00edto<em>. Desde entonces, sus obras han sido publicadas en centenares de revistas y peri\u00f3dicos en Cuba, Canad\u00e1, y muchos otros pa\u00edses. Su curr\u00edculum avala m\u00e1s de veinte premios y m\u00e1s de treinta exposiciones colectivas. Actualmente reside en Toronto, donde es director de la galer\u00eda <a href=\"https:\/\/twitter.com\/gelicogallery\">G\u00e9lico Gallery<\/a>.<\/em><\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><strong>141 rue<\/strong><\/p>\n<p><strong>Angel Fern\u00e1ndez (G\u00e9lico)<\/strong><\/p>\n<p>Esa ma\u00f1ana subi\u00f3 aquellas apretadas escaleras y todo le pareci\u00f3 muy r\u00e1pido. Incluso, el <em>petit d\u00e9jeuner<\/em> fue muy a la francesa, aunque con un poco m\u00e1s <em>croissants<\/em> de lo normal. En el tercer piso, con su mano encajada en el pecho, se percat\u00f3 c\u00f3mo su coraz\u00f3n entonaba canciones de asombro. Estuvo la mayor parte del d\u00eda sentado a la ventana de su habitaci\u00f3n, viendo como las gotas de agua se deslizaban por el cristal enmudecido y percudido. Aunque ya pasadas las diez de la noche y con una fina lluvia que se divisaba tranquilamente frente a la luz del poste, sent\u00eda a\u00fan el amargo perd\u00f3n que le hab\u00eda ofrecido, desde sus adentros, al botones de las cinco. Nunca se sinti\u00f3 tan lacerado por un simple chiste indeliberado e involuntario. La rue Saint Honor\u00e9 brillaba opaca como una fruta madura y mojada; dejando los reflejos, enclaustrados en el asfalto negro, de los paraguas y los perros que pasaban.<\/p>\n<p>Desde su \u00faltima visita al doctor se hab\u00eda sentido peor y los dolores se hab\u00edan tornado m\u00e1s penetrantes y afilados. Se sent\u00f3 all\u00ed todo el d\u00eda, mirando la llovizna y recordando los d\u00edas de su parsimoniosa felicidad, rodeado de unos besos mutilados y saboreando el fino Parfait de Avellanas; mientras el velero dan\u00e9s de tres m\u00e1stiles navegaba, como un p\u00e1jaro callado, por la Rivera Francesa fuera de temporada. Del mismo modo rememor\u00f3 el suave clima invernal y donde la francesa &lt;&lt;Belle&gt;&gt; dec\u00eda que all\u00e1 quedaba Peille, con sus casas almidonadas y el Paseo de los Ingleses, paralelo a la playa.<\/p>\n<p>Un surco inquieto de agua marcaba uno de los cristales de la ventana y un remordimiento interno saltaba sin cesar en su est\u00f3mago. Era normal la susceptibilidad que arrebujaba su alma, despu\u00e9s de tantos meses cargando esa enfermedad que terminar\u00eda esa noche, colgada en la l\u00e1mpara de techo de la habitaci\u00f3n preferencial y movi\u00e9ndose al comp\u00e1s de un temblor oculto.<\/p>\n<p>Buscaba hundirse en su pasado seraf\u00edn y esas reuniones cautivadoras del linaje ministerial, donde el t\u00e9 ol\u00eda minuciosamente entre las ropas y las medallas y donde, un poco m\u00e1s atr\u00e1s, se diseminaba tibiamente la espalda de &lt;&lt;Belle&gt;&gt;, junto al humo de su tabaco y las conversaciones se alargaban sorteando la cronolog\u00eda de los monarcas Capetianos o porqu\u00e9 Juan el Bueno no lleg\u00f3 a recaudar los fondos para su libertad y sus \u00faltimas inventadas palabras en cautiverio. Tambi\u00e9n rebos\u00f3 su mente con las escapadas en las reuniones gubernamentales, para desbocar, su furia intr\u00ednseca de viejo l\u00fabrico, en el cuerpo desnudo de la francesa &lt;&lt;Belle&gt;&gt;; encima del bur\u00f3 presidencial, babeando su piel suave y n\u00fabil, ahogada de una mentira de deseos. Adem\u00e1s record\u00f3 sus d\u00edas victoriosos donde un pueblo, enfrente, alzaba las manos al firmamento gritando su nombre y arrojaba los sombreros al aire para pintar el cielo. Pero su est\u00f3mago se martill\u00f3 incesantemente cuando permiti\u00f3 la entrada del t\u00e9 negro a las cinco y el botones sonriendo bajo un Monsieur le destap\u00f3 la tetera y, junto a la fuliginosa infusi\u00f3n, le dijo que su apellido era &lt;&lt;<em>comme le dictateur?<\/em>&gt;&gt; y la noche cay\u00f3 m\u00e1s r\u00e1pido con gritos de muerte.<\/p>\n<p>La noche era callada y los tintineos de la llovizna lo transportaron a su ni\u00f1ez escu\u00e1lida y tr\u00e9mula: mirando tras una ventana que escond\u00eda un campo inmenso de yerbas amarillas y unas lomas verdosas al final del horizonte. Por unos segundos se vio como aquel ni\u00f1o, p\u00e1rvulo esquel\u00e9tico, parado a la luz que tra\u00eda el sol hasta su rejilla; con una infancia sola y demoledora: enterrando en la tierra del patio a peque\u00f1os polluelos vivos y ahogando, en las primeras botellas de vidrio verde, a los lagartos de la verja. Respir\u00f3 bajo un sollozo. Hal\u00f3 su leontina para abrir las conchas doradas que guardaban su reloj y masticar la hora que se lo tragar\u00eda. Eran las diez menos diez y suspir\u00f3 entrecortado.<\/p>\n<p>Se detuvo frente al espejo y un rostro viejo, incluso irreconocible para \u00e9l, apareci\u00f3 sacrificando la imagen de un hombre olvidado en el tiempo. Estaba p\u00e1lido y sus p\u00e1rpados le pesaban demasiado. De forma extra\u00f1a y sensata llegaba a atrapar, en cada olfateo, su propio olor a d\u00e1tiles secos. Se dio cuenta de lo marchito que estaba y lo mucho que la ancianidad hab\u00eda durado; tanto, que no recordaba nada de sus a\u00f1os de <em>Jeunesse<\/em>. Se quit\u00f3 sus espejuelos de aumento y pudo ver la rec\u00e1mara con m\u00e1s claridad, a pesar de sus ojos revestidos con cataratas. Entonces supo que los cristales estaban totalmente empa\u00f1ados de una capa grasosa y repelente.<\/p>\n<p>Llevaba varias semanas con aquel traje de hilo grueso que lo vest\u00eda. Tampoco le preocupaba ya la opini\u00f3n p\u00fablica y mucho menos los besos opacos, que nunca m\u00e1s tendr\u00eda de &lt;&lt;Belle. &lt;&lt;\u00a1Belle, Belle! \u00bfsiempre Belle?&gt;&gt; No habr\u00eda raz\u00f3n de seguir am\u00e1ndola, aunque fue lo \u00fanico que am\u00f3 en su vida. Pues si algo tuvo &lt;&lt;Belle&gt;&gt; es que no fue de nadie, mucho menos de \u00e9l, aunque la tuviera dentro de sus poros cada d\u00eda. En realidad, fue de todos y para todos. &lt;&lt;Belle&gt;&gt; fue entera de su pueblo, de esa Francia que tanto odi\u00f3 con un amor rec\u00edproco. &lt;&lt;Belle&gt;&gt;, en cada visita al tr\u00f3pico, se acost\u00f3 con todos sus generales, con la guardia de seguridad, con los del partido opositor, con cada ministro visitante y hasta con el cocinero, despu\u00e9s de una borrachera.<\/p>\n<p>Dej\u00f3 el espejo y camin\u00f3, con las fuerzas gastadas de un anciano de noventa y seis a\u00f1os, hasta el butac\u00f3n est\u00e1tico que parec\u00eda resonar frente a la ventana. Lo arrastr\u00f3 hasta el centro, justo debajo de la l\u00e1mpara. Una de las ventanillas se abri\u00f3 con el aire y un viento fresco tonific\u00f3 todo ese espacio encerrado por un d\u00eda. Relumbraron los primeros a\u00f1os del poder y del diario donde escribi\u00f3 las escapadas, en sus temporadas de descanso, a los Alpes Berneses de Suiza, los Julianos del Reino de Eslovenia y los mar\u00edtimos de su Francia. Tambi\u00e9n resplandecieron los lavados de dinero en los s\u00f3tanos del Cabaret Orange y las org\u00edas aristocr\u00e1ticas en las noches expedidas con nubes de \u00e9xtasis. Se encaram\u00f3 en la silla y amarr\u00f3 su corbata azul, manchada de co\u00f1ac y de la leche del <em>petit d\u00e9jeuner<\/em>, a la barra c\u00e9ntrica de la l\u00e1mpara que colgaba. Sab\u00eda perfectamente que sus pies no alcanzar\u00edan el piso al dejarse caer y que, en unos pocos segundos, dejar\u00eda de existir&#8230;esta vez por siempre.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2014\/10\/Rue_Saint-Honor\u00e9.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-medium wp-image-3428\" src=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2014\/10\/Rue_Saint-Honor\u00e9-241x300.jpg\" alt=\"Rue_Saint-Honor\u00e9\" width=\"241\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2014\/10\/Rue_Saint-Honor\u00e9-241x300.jpg 241w, https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2014\/10\/Rue_Saint-Honor\u00e9.jpg 640w\" sizes=\"auto, (max-width: 241px) 100vw, 241px\" \/><\/a>Fue f\u00e1cil amarrar y enlazar, con sus dedos temblorosos y cuarteados, el nudo a su garganta d\u00e9bil y escurrida. Cerr\u00f3 sus ojos y los saltos de aquel ni\u00f1o escu\u00e1lido y las primeras botellas de vidrio verde volvieron a retozar por su mente. Le pareci\u00f3 tragar una libra de saliva \u00e1spera y sinti\u00f3 unos profundos deseos de llorar. Los ojos se empa\u00f1aron y su visi\u00f3n se perdi\u00f3 por completo dentro de aquella habitaci\u00f3n que s\u00f3lo daba entrada a la luz del farol de la calle Saint Honor\u00e9, detr\u00e1s de las finas gotas de la llovizna que se rehusaban a cesar. No ten\u00eda por qu\u00e9 llorar, ni siquiera por la traici\u00f3n de &lt;&lt;Belle&gt;&gt; o por la masacre de los dos mil j\u00f3venes que estaban en su contra ideol\u00f3gicamente y que orden\u00f3 fusilar en el huerto del Pabell\u00f3n o por el deseo indestructible de volver a mirar la ventana repleta de un campo amarillento a los lejos, con la misma inocencia inapercibida de aquella edad. Su cabeza no lleg\u00f3 a recordar el d\u00eda que era, pero s\u00ed la soledad en que estaba envuelto. Ni siquiera su m\u00e9dico, aquel que le recetaba tantas pastillas para el dolor de sus huesos y de su alma; se hab\u00eda percatado, por tantos a\u00f1os, de su apellido y la semejanza con la del presidente extranjero.<\/p>\n<p>Su pa\u00eds lo hab\u00eda olvidado hace mucho tiempo y de eso se dio cuenta al montarse en los autobuses repletos de miradas, que solamente se\u00f1alaban indistintamente a un nonagenario canceroso, y al ver los diarios americanos que nunca citaban su nombre y nada relacionado con su hegemon\u00eda sanguinaria. Los pocos amigos que le quedaron en su Francia de siempre se esfumaron al principio de su exilio. De la francesa &lt;&lt;Belle&gt;&gt; nunca m\u00e1s supo, s\u00f3lo qued\u00f3 el recuerdo de una espalda desnuda con un amor judas y el beso utilitario de siempre. Toda su fortuna lleg\u00f3 a convertirse en un min\u00fasculo cuarto arrendado, apestando a muermo t\u00f3rrido y a pastilla rancia, cerca de la torre.<\/p>\n<p>Una l\u00e1grima fr\u00eda salt\u00f3 de su ojo, recorriendo su mejilla rasgada y repleta de una barba blanca de dos d\u00edas. Una l\u00e1grima que exclusivamente busc\u00f3 un refugio en esa soledad abismal, en ese silencio de la noche, en el cuarto oscuro, en el tintineo infinito de la lluvia. Con una voz sin aliento repiti\u00f3 las palabras del botones: ese joven que sin maldad y sin conocimiento, fue perdonado intolerablemente. Con un \u00faltimo suspiro dej\u00f3 salir, de su boca mort\u00edfera, el &lt;&lt;<em>comme le dictateur?&gt;&gt;<\/em> con un acento deliberadamente fuerte. All\u00ed qued\u00f3 colgado en la l\u00e1mpara, hasta el d\u00eda siguiente, en que fue encontrado por una ama de llaves.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>G\u00e9lico inici\u00f3 sus primeras publicaciones como caricaturista, a los 17 a\u00f1os de edad, las que aparecieron en el semanario humor\u00edstico Mela\u00edto. 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