{"id":3706,"date":"2015-04-24T15:27:37","date_gmt":"2015-04-24T15:27:37","guid":{"rendered":"https:\/\/dialogos.ca\/?p=3706"},"modified":"2026-04-02T16:41:59","modified_gmt":"2026-04-02T16:41:59","slug":"nuestra-palabra-2012-delma-gil-wilson-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dialogos.ca\/es\/2015\/04\/nuestra-palabra-2012-delma-gil-wilson-2\/","title":{"rendered":"Delma Gil Wilson"},"content":{"rendered":"<p><em><a href=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2015\/05\/Butterfly-Cage-226x300.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-medium wp-image-3704\" src=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2015\/05\/Butterfly-Cage-226x300.jpg\" alt=\"Butterfly Cage\" width=\"226\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2015\/05\/Butterfly-Cage-226x300.jpg 226w, https:\/\/dialogos.ca\/wp-content\/uploads\/2015\/05\/Butterfly-Cage.jpg 349w\" sizes=\"auto, (max-width: 226px) 100vw, 226px\" \/><\/a>Delma Gil Wilson\u00a0naci\u00f3 en \u00c1lamos, M\u00e9xico en 1980. Estudi\u00f3 la licenciatura en Literaturas Hisp\u00e1nicas por la Universidad de Sonora en M\u00e9xico, y una maestr\u00eda en Espa\u00f1ol y Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Alberta. Ha colaborado con peri\u00f3dicos y revistas tanto en M\u00e9xico y Canad\u00e1, tales como <strong>Cambio Sonora<\/strong>, <strong>Correo Canadiense<\/strong>, <strong>El Hispano<\/strong> y <strong>The Apostles Review<\/strong>. Se ha desempe\u00f1ado como correctora de estilo, traductora, y actualmente trabaja como instructora de espa\u00f1ol en la Universidad de Alberta.<\/em><em><br \/>\n<\/em><\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><strong>La jaula de las mariposas<\/strong><\/p>\n<p>\u201c\u2026s\u00f3lo en las noches de lluvia en que se anegaba la casa<br \/>\ny en alguna otra ocasi\u00f3n especial\u00edsima,<br \/>\nrepas\u00e1bamos la colecci\u00f3n de mariposas,<br \/>\nel misterio de sus alas lleg\u00e1ndonos muy hondo,<br \/>\nlas alas cargadas de signos de m\u00e1s all\u00e1 de las lanzas,<br \/>\ndel muro enconado de botellas\u2026\u201d<br \/>\n<em>\u00a0<\/em><br \/>\n\u201cEstatuas sepultadas\u201d, Antonio Ben\u00edtez Rojo<\/p>\n<p><em>Cu\u00e1nta ser\u00e1 la dicha y cu\u00e1nta no ser\u00e1 tambi\u00e9n la pena de aquel que puede reconocerse sin sobresaltos en las continuas vueltas de la historia<\/em>, pensaba Fausto mientras caminaba renqueando por el jard\u00edn cruzado de mutiladas enredaderas hacia el portal de su casona del siglo XIX. El dulce olor a humedad que hab\u00eda dejado la tormenta de la noche anterior le infundi\u00f3 una sensaci\u00f3n de seguridad, de orden. El rumor apacible del Almendares le hac\u00eda, sin embargo, recordar de tanto en tanto y sin la menor misericordia los d\u00edas en los que su casa era m\u00e1s que un predio cubierto de sombras y el sepulcro de tantas mariposas. La lluvia hab\u00eda sido tan terrible que dej\u00f3 las baldosas del jard\u00edn tapizadas de alas multicolores, como flores arrancadas por la indolencia de una mano sin control.<\/p>\n<p>Esa ma\u00f1ana cuando abri\u00f3 los ojos, perturbados desde hac\u00eda horas por un rayo de sol que hab\u00eda logrado burlar la barrera de la cortina, lo primero que hizo Fausto al verse a\u00fan con la ropa puesta fue tratar de pensar en la noche anterior. Pero lo que record\u00f3 fue solo un olor, la mueca de un rostro fuera de contexto, el sutil aleteo de un insecto, la lluvia, un pie ennegrecido por el lodo. A pesar del moment\u00e1neo desconcierto, una certeza aplastante y sin errores lo oprimi\u00f3 por dentro como cada d\u00eda desde hac\u00eda tiempo: nada volver\u00eda jam\u00e1s a ser como era antes. Muchos se hab\u00edan ido, temporalmente, dijeron, mientras todo regresaba a la normalidad, ahuyentados por la confusi\u00f3n y el miedo que reinaba en el pa\u00eds. Se fueron los Corbal\u00e1 y despu\u00e9s los Ovando cargando hasta con la cotorra, a la que seguro tuvieron que tirar al mar porque ya estaba a punto de morir de vieja.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de lavarse la cara sali\u00f3, como todas las ma\u00f1anas, a caminar por el jard\u00edn. La tormenta hab\u00eda cambiado casi por completo la armoniosa distribuci\u00f3n de las plantas, a tal punto que le cost\u00f3 no poco trabajo reconocer en ellas algo de familiar. En su camino hab\u00eda un enorme charco en el que pronto empezar\u00edan a germinar los sapos. Para no ensuciarse los zapatos, rode\u00f3 por donde estaba la fuente con forma de un enlamado \u00e1ngel de alas ca\u00eddas que marcaba el centro del jard\u00edn, pero al hacerlo pis\u00f3 accidentalmente la jaula de las mariposas que yac\u00eda por tierra y un afilado alambre de la puerta le rasg\u00f3 profundamente la piel de la pierna.<\/p>\n<p>Fausto se detuvo un momento y mir\u00f3 la jaula con aprehensi\u00f3n. Era una l\u00e1stima, Amalia y Silvita hab\u00edan olvidado meterla a la casa y la lluvia y el viento la hab\u00edan destruido completamente. Tanto tiempo que les hab\u00eda tomado llenarla de hermosas mariposas para que tuvieran el descuido de dejarla afuera y la tormenta acabara con todas ellas.<\/p>\n<p>Todo hab\u00eda empezado con la cotorra de los Ovando. Era simp\u00e1tica y sab\u00eda decir un par de palabras, pero aunque no era la gran cosa, desde que las ni\u00f1as la vieron no pudieron pensar en nada m\u00e1s que no fuera tener en casa tambi\u00e9n una cotorra enjaulada. Para Fausto cumplir el capricho se convirti\u00f3 eventualmente en un suplicio. La cotorra se despertaba al despuntar el alba para arruinarles las \u00faltimas horas de sue\u00f1o con sus infernales pininos alfab\u00e9ticos y, contrario a la mayor\u00eda de las aves, se dorm\u00eda ya entrada la noche martiriz\u00e1ndoles los o\u00eddos con sus chillidos. Un buen d\u00eda, sin dejarse persuadir por los ruegos y l\u00e1grimas de las ni\u00f1as, decidi\u00f3 dejar libre a la cotorra y desde entonces la paz rein\u00f3 de nuevo en la casa. Hasta hace unas semanas, claro, en que la paz no reinaba en ninguna parte del pa\u00eds.<\/p>\n<p>La jaula qued\u00f3 vac\u00eda por un tiempo, pero Silvita, aficionada desde muy peque\u00f1a a atrapar mariposas para disecarlas bajo el peso de los libros de la biblioteca, tuvo la inspiraci\u00f3n de encerrar all\u00ed a la primera de ellas, y desde entonces su tiempo y energ\u00eda no se ocup\u00f3 en nada m\u00e1s. Unas dos veces por semana las ni\u00f1as arrojaban a la jaula guayabas podridas, y ver comer a las mariposas se volvi\u00f3 para ellas un ritual.<\/p>\n<p>Aquella tarde estaban todos reunidos en el jard\u00edn cuando supieron la noticia. Alejo Corbal\u00e1 hab\u00eda llegado a la casa con los ojos desorbitados y la frente perlada de sudor fr\u00edo a contarles los \u00faltimos sucesos. Fausto no dijo nada, se qued\u00f3 mudo, pero a \u00c1ngela, que en ese momento tej\u00eda un mantel para la mesita de la sala, se le escap\u00f3 un grito como si acabara de ver una alima\u00f1a. Las \u00fanicas que segu\u00edan indiferentes a lo que ocurr\u00eda, dando gritos de alegr\u00eda tratando de atrapar una menuda mariposa roja, eran las ni\u00f1as. Fue poco despu\u00e9s, sentados tambi\u00e9n en las bancas encaladas del jard\u00edn, que vieron partir para siempre primero a los Corbal\u00e1 y luego a los Ovando.<\/p>\n<p>Una noche, durante la cena, \u00c1ngela dijo que quer\u00eda irse tambi\u00e9n. Fausto detuvo a medio camino la marcha del tenedor y la mir\u00f3 fijamente, como queriendo escrutar hasta el \u00faltimo rinc\u00f3n la cabeza de aquella mujer con la que hab\u00eda estado casado por quince a\u00f1os y a quien ahora, de buenas a primeras, desconoc\u00eda. No hab\u00eda amargo resentimiento, no hab\u00eda campanas tocando a duelo por un mundo familiar que en ese momento se le ensombrec\u00eda de golpe, solo una oscura resignaci\u00f3n que le dio la lucidez necesaria para mirarla a los ojos por un largo segundo en el que parecieron resumirse los otros quince a\u00f1os que tal vez habr\u00edan podido pasar juntos en relativa paz.<\/p>\n<p>La ma\u00f1ana de la discusi\u00f3n \u00c1ngela dijo que sus padres se ir\u00edan a alg\u00fan lugar de nombre impronunciable, y quer\u00eda que se fueran con ellos. Ante la inflexibilidad muda de Fausto, quien ni siquiera volte\u00f3 a mirarla, \u00c1ngela grit\u00f3 hist\u00e9rica y lo amenaz\u00f3 con irse de todas formas.<\/p>\n<p>Aunque padec\u00eda sus consecuencias, Fausto nunca se preocup\u00f3 por tratar de oponer resistencia a lo inevitable. \u00c1ngela pretend\u00eda ingenuamente ponerse a salvo de lo que tem\u00eda, pero a \u00e9l todo ese tiempo de ver proliferar las hiedras y el moho en la casa contigua lo hab\u00edan hecho tomar conciencia sobre su destino. Hab\u00eda vivido lo suficiente para saber que hay cosas que no se pueden controlar y otras que s\u00ed, cosas sobre las que no se tiene dominio y otras sobre las que s\u00ed, como lo atestiguaban las maletas llenas de ropa que \u00c1ngela, en su incomprensi\u00f3n y su ceguera, hab\u00eda dispuesto a escondidas para el viaje. Fausto no pod\u00eda imaginar el lugar en donde hab\u00edan nacido y muerto sus padres, y en donde \u00e9l planeaba tambi\u00e9n pasar sus \u00faltimos d\u00edas, siendo devorado por la ferocidad implacable de la naturaleza y el olvido mientras sus huesos navegaban a tierra de nadie. Una soledad anticipada empez\u00f3 a transformarlo por dentro al tiempo que su esposa fraguaba en secreto un pretexto, una raz\u00f3n lo suficientemente v\u00e1lida para arrancarlo de una buena vez y para siempre de ese pasado que pon\u00eda en franca amenaza el futuro de sus amadas hijas.<\/p>\n<p>Hab\u00eda llovido a c\u00e1ntaros, como si en el orden superior e inescrutable de los elementos algo anunciara lo que estaba por venir. Se ve\u00eda la violencia del agua en el fango que cubr\u00eda sin piedad el pasto y las vencidas plantas del jard\u00edn. Fausto observ\u00f3 con detenimiento las manchas de sangre que empezaban a dibujarse t\u00edmidamente a trav\u00e9s de la gruesa tela del pantal\u00f3n, y poco a poco fue recordando. La noche anterior se hab\u00eda dejado caer en la cama empapado y as\u00ed se hab\u00eda dormido hasta ya entrada la ma\u00f1ana, cobijado por el silencio inusual que reinaba en la casa. Fue hasta que la sangre se hizo m\u00e1s visible y la herida empez\u00f3 a doler sin disimulos que record\u00f3, ordenado en una macabra cadena de coherencia y lucidez, todo lo que hasta entonces se hab\u00eda mantenido en fragmentos.<\/p>\n<p>Se detuvo unos segundos. Observ\u00f3 de nuevo la jaula de las mariposas, que hab\u00eda quedado algunos pasos atr\u00e1s, antes de continuar su marcha hacia el portal, sin dirigir ni una sola vez la mirada al mont\u00f3n de lodo y suciedad que la lluvia hab\u00eda dejado al fondo del jard\u00edn, de donde, de vez en cuando, escapaban llevados por el viento un ala rota y un quejido apenas audible que se confund\u00eda con la corriente matutina del Almendares.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Delma Gil Wilson\u00a0naci\u00f3 en \u00c1lamos, M\u00e9xico en 1980. Estudi\u00f3 la licenciatura en Literaturas Hisp\u00e1nicas por la Universidad de Sonora en M\u00e9xico, y una maestr\u00eda en Espa\u00f1ol y Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Alberta. 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