{"id":3789,"date":"2015-06-05T18:49:31","date_gmt":"2015-06-05T18:49:31","guid":{"rendered":"https:\/\/dialogos.ca\/?p=3789"},"modified":"2026-04-03T22:21:56","modified_gmt":"2026-04-03T22:21:56","slug":"la-miseria-y-el-esplendor-de-la-traduccion-ii-los-dos-utopismos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dialogos.ca\/es\/2015\/06\/la-miseria-y-el-esplendor-de-la-traduccion-ii-los-dos-utopismos\/","title":{"rendered":"La miseria y el esplendor de la traducci\u00f3n II: Los dos utopismos"},"content":{"rendered":"<p><strong>Jos\u00e9 Ortega y Gasset<\/strong><\/p>\n<p><em>En esta segunda parte de su ensayo \u201cLa miseria y el esplendor de la traducci\u00f3n\u201d, el fil\u00f3sofo espa\u00f1ol Jos\u00e9 Ortega y Gasset indaga m\u00e1s en la cuesti\u00f3n de la intraducibilidad. Que la traducci\u00f3n sea imposible, afirma Ortega y Gasset, no implica que uno no deba intentarla, sino que debe abordarla con una actitud que \u00e9l describe como la del \u201cbuen utopista\u201d: el traductor que aborda la tarea de la traducci\u00f3n con plena conciencia de su imposibilidad.<\/em><\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p>Cuando la conversaci\u00f3n no es un mero canje de mecanismos verbales en que los hombres se comportan casi como gram\u00f3fonos, sino que los interlocutores hablan de verdad sobre un asunto, se produce un curioso fen\u00f3meno. Conforme avanza la conversaci\u00f3n, la personalidad de cada uno se va disociando progresivamente: una parte de ella atiende a lo que se dice y colabora al decir, mientras la otra, atra\u00edda por el tema mismo, como el p\u00e1jaro por la serpiente, se retrae cada vez m\u00e1s hacia su \u00edntimo fondo y se dedica a pensar en el asunto. Al conversar vivimos en sociedad: al pensar nos quedamos solos. Pero el caso es que en ese g\u00e9nero de conversaciones hacemos ambas cosas a la vez, y a medida que la charla progresa las vamos haciendo con intensidad creciente: atendemos con emoci\u00f3n casi dram\u00e1tica a lo que se va diciendo y al propio tiempo nos vamos sumiendo m\u00e1s y m\u00e1s en la soledad abisal de nuestra meditaci\u00f3n. Esta creciente disociaci\u00f3n no se puede sostener en permanente equilibrio. De aqu\u00ed que sea caracter\u00edstico de tales conversaciones la arribada a un instante en que sufren un s\u00edncope y reina denso silencio. Cada interlocutor queda absorto en s\u00ed mismo. De puro estar pensando no puede hablar. El di\u00e1logo ha engendrado silencio y la sociedad inicial precipita en soledades.<\/p>\n<p>Esto aconteci\u00f3 en nuestra reuni\u00f3n, despu\u00e9s de mis \u00faltimas palabras. \u00bfPor qu\u00e9, entonces? No hay duda: esta marea viva del silencio que llega a cubrir el di\u00e1logo se produce cuando el desarrollo del tema ha llegado a su extremo en una de sus direcciones y la conversaci\u00f3n tiene que girar sobre s\u00ed misma y poner la proa a otro cuadrante.<\/p>\n<p>\u2014Este silencio \u2014dijo alguien\u2014 que ha surgido entre nosotros tiene un car\u00e1cter f\u00fanebre. Ha matado usted la traducci\u00f3n y, taciturnos, seguimos su entierro.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Ah, no! \u2014repuse yo\u2014. \u00a1De ninguna manera! Me importaba mucho subrayar las miserias del traducir, me importaba sobre todo definir su dificultad, su improbabilidad, pero no para quedarme en ello, sino al rev\u00e9s: para que fuese resorte bal\u00edstico que nos lanzase hacia el posible esplendor del arte de traducir. Es, pues, el minuto oportuno para gritar: \u00ab\u00a1La traducci\u00f3n ha muerto! \u00a1Viva la traducci\u00f3n!\u00bb Ahora tenemos que bogar en sentido opuesto y, como S\u00f3crates dice en ocasiones parecidas, tenemos que cantar la palinodia.<\/p>\n<p>\u2014Me temo \u2014dijo el se\u00f1or X\u2014 que le cueste a usted mucho trabajo. Porque no olvidamos su afirmaci\u00f3n inicial que nos present\u00f3 la faena del traducir como una operaci\u00f3n ut\u00f3pica y un prop\u00f3sito imposible.<\/p>\n<p>\u2014En efecto; eso dije y un poco m\u00e1s: que todos los quehaceres espec\u00edficos del hombre tienen parejo car\u00e1cter. No teman ustedes que intente decir ahora por qu\u00e9 pienso as\u00ed. S\u00e9 que en una conversaci\u00f3n francesa hay siempre que evitar lo principal y conviene mantenerse en la zona templada de las cuestiones intermedias. Harto amables son ustedes toler\u00e1ndome y hasta imponi\u00e9ndome este mon\u00f3logo disfrazado, a pesar de que el mon\u00f3logo es, tal vez, el crimen m\u00e1s grave que se puede cometer en Par\u00eds. Por eso hablo un poco cohibido y con la conciencia pesada bajo la impresi\u00f3n de estar cometiendo algo as\u00ed como un estupro. S\u00f3lo me tranquiliza la convicci\u00f3n de que mi franc\u00e9s camina arrastrando los pies y no puede permitirse la \u00e1gil contradanza del di\u00e1logo. Pero volvamos a nuestro tema, a la condici\u00f3n esencialmente ut\u00f3pica de todo lo humano. En vez de asentar sobre razones demasiado s\u00f3lidas esta doctrina voy a permitirme s\u00f3lo invitarles a que ensayen ustedes, por puro placer de experimento intelectual, suponerla como principio radical y contemplen bajo su luz los afanes del hombre.<\/p>\n<p>\u2014Sin embargo \u2014dijo el querido amigo Jean Baruzi\u2014, es frecuente en su obra el combate contra el utopismo.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Frecuente y sustancial! Hay un falso utopismo que es la estricta inversi\u00f3n del que ahora tengo a la vista; un utopismo consistente en creer que lo que el hombre desea, proyecta y se propone es, sin m\u00e1s, posible. Por nada siento mayor repugnancia y veo en \u00e9l la causa m\u00e1xima de cuantas desdichas acontecen ahora en el planeta. En el humilde asunto que ahora nos ocupa podemos apreciar el sentido opuesto de ambos utopismos. El mal utopista, lo mismo que el bueno, consideran deseable corregir la realidad natural que confina a los hombres en el recinto de lenguas diversas impidi\u00e9ndoles la comunicaci\u00f3n. El mal utopista piensa que, puesto que es <em>deseable<\/em>, es posible, y de esto no hay m\u00e1s que un paso hasta creer que es f\u00e1cil. En tal persuasi\u00f3n no dar\u00e1 muchas vueltas a la cuesti\u00f3n de c\u00f3mo hay que traducir, sino que sin m\u00e1s comenzar\u00e1 la faena. He aqu\u00ed por qu\u00e9 casi todas las traducciones hechas hasta ahora son malas. El buen utopista, en cambio, piensa que puesto que ser\u00eda deseable libertar a los hombres de la distancia impuesta por las lenguas, no hay probabilidad de que se pueda conseguir; por tanto, que s\u00f3lo cabe lograrlo en medida aproximada. Pero esta aproximaci\u00f3n puede ser mayor o menor&#8230;, hasta el infinito, y ello abre ante nuestro esfuerzo una actuaci\u00f3n sin l\u00edmites en que siempre cabe mejora, superaci\u00f3n, perfeccionamiento; en suma: \u00abprogreso\u00bb. En quehaceres de esta \u00edndole consiste toda la existencia humana. Imaginen ustedes lo contrario: que se viesen condenados a no ocuparse sino en hacer lo que es posible, lo que de suyo puede lograrse. \u00a1Qu\u00e9 angustia! Sentir\u00edan ustedes su vida como vaciada de s\u00ed misma. Precisamente porque su actividad lograba lo que se propon\u00eda les parecer\u00eda a ustedes no estar haciendo nada. La existencia del hombre tiene un car\u00e1cter deportivo, de esfuerzo que se complace en s\u00ed mismo y no en su resultado. La historia universal nos hace ver la incesante e inagotable capacidad del hombre para inventar proyectos irrealizables. En el esfuerzo para realizarlos logra muchas cosas, crea innumerables realidades que la llamada naturaleza es incapaz de producir por s\u00ed misma. Lo \u00fanico que no logra nunca el hombre es, precisamente, lo que se propone \u2014sea dicho en su honor. Esta nupcia de la realidad con el \u00edncubo de lo imposible proporciona al universo los \u00fanicos aumentos de que es susceptible. Por eso importa mucho subrayar que todo \u2014se entiende todo lo que merece la pena, todo lo que es de verdad humano\u2014 es dif\u00edcil, muy dif\u00edcil; tanto, que es imposible.<\/p>\n<p>Como ustedes ven, no es una objeci\u00f3n contra el posible esplendor de la faena traductora declarar su imposibilidad. Al contrario, este car\u00e1cter le presta la m\u00e1s sublime filiaci\u00f3n y nos hace entrever que tiene sentido.<\/p>\n<p>\u2014Seg\u00fan esto \u2014interrumpe un profesor de historia del arte\u2014 tender\u00eda usted a pensar, como yo, que la misi\u00f3n propia del hombre, lo que proporciona sentido a sus afanes, es llevar la contra a la naturaleza.<\/p>\n<p>\u2014Ando, en efecto, muy cerca de tal opini\u00f3n, siempre que no se olvide \u2014lo que para m\u00ed es fundamental\u2014 la anterior distinci\u00f3n entre los dos utopismos: el bueno y el malo. Digo esto, porque la caracter\u00edstica esencial del buen utopista al oponerse radicalmente a la naturaleza es contar con ella y no hacerse ilusiones. El buen utopista se compromete consigo mismo a ser primero un inexorable realista. S\u00f3lo cuando est\u00e1 seguro de que ha visto bien, sin hacerse la menor ilusi\u00f3n y en su m\u00e1s agria desnudez, la realidad, se revuelve contra ella garboso y se esfuerza en reformarla en el sentido de lo imposible, que es lo \u00fanico que tiene sentido.<\/p>\n<p>La actitud inversa, que es la tradicional, consiste en creer que lo deseable est\u00e1 ya ah\u00ed como un fruto espont\u00e1neo de la realidad. Esto nos ha cegado a limine para entender las cosas humanas. Todos, por ejemplo, deseamos que el hombre sea bueno, pero el Rousseau de ustedes que nos han hecho padecer a los dem\u00e1s cre\u00eda que ese deseo estaba ya realizado desde luego, que el hombre era bueno de suyo o por naturaleza. Lo cual nos ha estropeado siglo y medio de historia europea que hubiera podido ser magn\u00edfica, y hemos necesitado infinitas angustias, enormes cat\u00e1strofes \u2014y las que todav\u00eda van a venir\u2014 para redescubrir la simple verdad, conocida por casi todos los siglos anteriores, seg\u00fan la cual el hombre, de suyo, no es sino una mala bestia.<\/p>\n<p>O para volver definitivamente a nuestro tema: tan lejos est\u00e1 de quitar sentido a la ocupaci\u00f3n de traducir subrayar su imposibilidad, que a nadie se le ocurre considerar absurdo el que hablemos unos con otros en nuestro materno idioma y, sin embargo, se trata tambi\u00e9n de un ejercicio ut\u00f3pico.<\/p>\n<p>Esta afirmaci\u00f3n produjo en torno un encrespamiento de oposiciones y protestas. \u00abEso es un superlativo o, mejor, lo que los gram\u00e1ticos llaman un \u00abexcesivo\u00bb, dijo un fil\u00f3logo, hasta entonces t\u00e1cito. \u00abMe parece demasiado decir y cosa parad\u00f3jica\u00bb, exclam\u00f3 un soci\u00f3logo.<\/p>\n<p>\u2014Veo que la navecilla audaz de mi doctrina corre riesgos de naufragio en esta s\u00fabita tormenta. Yo comprendo que para o\u00eddos franceses, aun siendo como los de ustedes, tan ben\u00e9volos, resulte dura de o\u00edr la afirmaci\u00f3n de que hablar es un ejercicio ut\u00f3pico. Pero \u00bfqu\u00e9 le voy a hacer, si tal es irrecusablemente la verdad?<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/dialogos.ca\/es\/2015\/07\/la-miseria-y-el-esplendor-de-la-traduccion-iii-sobre-el-hablar-y-el-callar\/?lang=es\"><strong>Leer la tercera parte: &#8220;Sobre el hablar y el callar&#8221;<\/strong><\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jos\u00e9 Ortega y Gasset En esta segunda parte de su ensayo \u201cLa miseria y el esplendor de la traducci\u00f3n\u201d, el fil\u00f3sofo espa\u00f1ol Jos\u00e9 Ortega y Gasset indaga m\u00e1s en la cuesti\u00f3n de la intraducibilidad. 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