Monólogo sobre mamut

Martha Bátiz

Lo bueno es que aquí nadie lo ve feo a uno, digo, nadie se le queda a uno mirando, es de mala educación y la gente en esta ciudad es muy discreta, lo que sea de cada quien. Cuando alguien se sube al tranvía con un perro caliente en la mano y todo el carro empieza a oler a cebolla, nadie protesta; cuando entra uno que parece que no se ha bañado en tres meses, los más sensibles, a lo mucho, se cambian de asiento, pero no pasa de ahí.

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