Manuel Délano
Tal como en Estados Unidos y en muchas otras partes del mundo casi todos recuerdan dónde estaban el día de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, el 11 de septiembre de 2001, casi todos los chilenos que tenían más de seis años para el 11 de septiembre de 1973, el día en que un cruento golpe militar digitado en Washington derrocó al primer gobernante socialista electo democráticamente en América Latina, se acuerdan que hacían mientras el palacio presidencial, La Moneda, era bombardeada.
Ese día, un martes que amaneció seminublado pero que dejó a Chile sumido en tinieblas durante 17 años, el pintor y profesor Osvaldo Reyes Herrera, que entonces tenía 55 años, caminó cuatro cuadras desde la parcela donde vivía con su esposa Carmen y sus cinco hijos –Robinson, Ana María, Patricio, Carmen y Álvaro– hasta la Escuela Experimental Artística, que él dirigía.
Junto a los faldeos de la imponente cordillera de Los Andes que encajona Santiago, la capital de Chile, por donde caminaba Reyes, el aire estaba cargado de tensión. Los militares, encabezados por el general Augusto Pinochet, exigían mediante bandos al presidente Allende que dimitiera y habían prohibido las reuniones bajo amenaza de fusilar a quienes resistieran el “pronunciamiento” como eufemísticamente llamaban al golpe.
La Escuela Experimental Artística era un establecimiento único en toda América Latina, que becaba y traía a Santiago a niños con talento artístico de todo el país para darles educación básica, media y en las artes, un innovador proyecto educacional del Estado copiado después en otros países. Cientos de artistas chilenos de todas las disciplinas se han formado en esta escuela.
Resueltos, los estudiantes y profesores de la Escuela Artística resolvieron en una asamblea defender el gobierno del presidente Allende y la democracia. Para resistir, sólo tenían sus pinceles, instrumentos musicales y útiles escolares. Con gran esfuerzo, Reyes, que conocía los extremos a los que podía llegar una dictadura, logró disuadirlos de su heroica locura y muy probablemente salvó sus vidas al conseguir que los alumnos de artes se fueran de regreso a sus casas. Minutos después llegaron tropas de elite del ejército con blindados y los soldados allanaron la escuela e interrogaron a Reyes.
Poco después Reyes fue despedido de su cargo por la dictadura de Pinochet. Tuvo suerte: más de mil personas fueron detenidas y desaparecidas, otras mil personas asesinadas y más de 30 mil torturadas y cientos de miles forzadas al exilio en los 17 años del régimen de Pinochet.
Refugio en el exterior
Osvaldo trató de permanecer en el país, a la espera de tiempos mejores, mientras prestaba ayuda a los que estaban en situación aún más precaria. Pero finalmente debió resignarse, vender su parcela a precio vil y partir al exilio con sus dos hijos menores, dejando a los tres mayores en el país.
Así comenzó su segundo período de residencia en el exterior, primero en Ciudad de México y después en Toronto, donde falleció a los 89 años, el 23 de diciembre de 2008, rodeado por sus hijos, tras de sufrir un infarto cerebral. Tras su muerte, decenas de artículos en la prensa en América Latina, Canadá, Estados Unidos y Europa recordaron la trayectoria de uno de los pintores más originales que ha tenido Chile y reconocieron su obra, hoy repartida en varios países.
Un luchador social
La vida no fue fácil para Osvaldo Reyes. Hijo mayor del matrimonio de un portador de equipaje del ferrocarril y de una costurera, debió ayudar económicamente a su hogar para que sus siete hermanos terminaran su educación, mientras el estudiaba para ser profesor. Nació en Santiago, en 1918, mientras el mundo se desangraba en la Primera Guerra Mundial. Vivió y conoció de cerca la pobreza y la desigualdad y debió luchar con ahínco contra ellas. Su infancia transcurrió en el barrio Estación Central, que entonces era la periferia de la capital chilena. Su adolescencia coincidió con los devastadores efectos de la Gran Depresión de los años treinta en Chile, el país que sufrió la crisis social más profunda en América Latina, por la quiebra de empresas y la cesantía. Extensas filas de personas se formaban junto a las ollas comunes que los gobiernos de la época debieron disponer en las calles para alimentar a las familias más pobres.
Mientras tanto, Osvaldo debió trabajar y estudiar. En su primera destinación como profesor, en la austral ciudad de Puerto Natales, hizo clases a alumnos que iban con sus pies desnudos a pesar del frío, en una pequeña escuela sin vidrios en las ventanas, batida por las ráfagas de los gélidos vientos del sur chileno. La mayoría no sabía leer ni escribir, al igual que sus padres. A unos y otros logró formarlos y educarlos y en el proceso adquirió la convicción de que este país requería cambios profundos. Fue en estos años donde se forjó como socialista, convicción que tuvo hasta sus últimos días. Al regresar a Santiago entró a estudiar Bellas Artes en la Universidad de Chile, donde se destacó como uno de los alumnos más aventajados pero también por su actividad como dirigente estudiantil: llegó a ser presidente del centro de alumnos.
La luminosidad de México
Por sus méritos académicos, México lo becó para que fuera a estudiar pintura. Allí conoció y trabajó con los grandes muralistas de este país, como David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, Federico Cantú, Francisco de la Maza, José Gutiérrez y Raúl Anguiano, entre otros. La influencia mexicana perduró para siempre en el vigor expresivo y la luminosidad de la pintura de Osvaldo Reyes, así como en los trazos y formas de su dibujo.
También se sintió reflejado por el compromiso social de la pintura mexicana contemporánea. Pero el pintor chileno supo ir más allá. Un conocido crítico chileno, Víctor Carvacho, ya fallecido, escribió en 1993 que Reyes “aborda los temas con realismo social, sin la virulencia de los mexicanos. Es un pintor original, a la chilena, académico, que como todos los artistas genuinos ha sabido escapar a esa academia. En su obra reciente, muy interesante, la vegetación y el follaje invaden todo el soporte en una composición inaudita y Reyes se transforma en un poeta que hace el elogio de la naturaleza”.
Para la talentosa pintora chilena Carmen Cereceda, que fue asistente de Diego Rivera y cuya obra ha sido elogiada en México, donde reside, y que practicó la docencia en Canadá, “Osvaldo Reyes tiene un estilo dentro del expresionismo de marcados rasgos simbólicos latinoamericanos”. A su juicio, a Reyes se le produce “espiritualmente un contraste entre la realidad y la fantasía en su proceso creativo, generando lo que observamos en su obra: una síntesis entre estos dos polos”.
Durante su estadía en México fue ayudante por tres meses de la poeta chilena y Premio Nobel de Literatura 1945, Gabriela Mistral, cuando ella residió en Veracruz. Al volver a Chile, Reyes pintó en la Escuela del Niño, en Santiago, el mural “La Ronda”, que con trazos simples y expresivos muestra a niñas descalzas danzando, una obra alegórica de la paz en el período de post segunda guerra mundial, para la que se inspiró en el poema homónimo de Mistral.
La labor académica lo absorbió al regresar de su beca. Ayudó a otros pintores a partir a estudiar a México. Participó en la muestra mural itinerante de “Las 40 medidas”, inspirado en el programa presidencial de Allende en 1970, que recorrió todo el país. Estos paneles fueron destruidos por la dictadura.
Viaje sin retorno
En 1978, cuando dejó atrás a la dictadura de Pinochet y partió a México, Osvaldo Reyes no sabía que ya no volvería a residir en su país natal, salvo en las visitas que hizo a su hija mayor, Ana María, en democracia. En Ciudad de México lo acogió la Academia San Carlos de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde realizó durante una década docencia e investigación en pedagogía y dirigió tesis de postgrado.
A pesar del desarraigo, desarrolló su talento pictórico y como dibujante. Expuso en la Escuela de Bachilleres y en la Sala de Arte Moderno de México e hizo una serie de dibujos a tinta china donde reflejó en sintéticos trazos la realidad social del campesino de este país.
El color pasó a ser fundamental en su arsenal artístico. Su paleta, que conocía a México siendo joven, se enriqueció y reinterpretó a este país a partir de la perspectiva de un chileno que buscaba refugio de la dictadura de Pinochet.
Su última estación fue Toronto, ciudad a la que emigró en 1988. Con el apoyo de Naciones Unidas, viajó a Canadá atraído por las condiciones que este país ofrece a los emigrantes. Pero nuevamente Osvaldo Reyes debió adaptarse a otra cultura, idioma y, sobre todo, a la mayor distancia con su tierra natal. Sin embargo, logró abrirse paso en Canadá, que también acogió a su familia. Con disciplina, en su taller en Toronto pintaba y dibujaba a diario.
Nuevas temáticas llegaron hasta sus óleos, en grandes dimensiones. Reflejan la coexistencia de su nostalgia por la patria lejana, con la sensibilidad del inmigrante que enfrenta nuevas realidades y oscila entre el asombro, la euforia y la incertidumbre: la naturaleza que sobresale con vigor en cada obra; el desarraigo, presente en un Cristo reinterpretado como un indígena latinoamericano; el crisol de razas, pueblos, lenguas y colores con que se construye la diversidad de Canadá.
Expuso en la Galería de Arte de Ontario, presentó sus obras en la Universidad de York y cuadros suyos están en colecciones de varios países.
Exposición retrospectiva
En 2003, cuando se cumplieron 30 años del golpe militar, presentó su obra del período del exilio en una gran exposición retrospectiva en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Chile, que tuvo el auspicio de la Embajada de Canadá en Santiago, del Consulado de Chile en Toronto y la Dirección para la Comunidad de Chilenos en el Exterior.
La perspectiva de Reyes sobre tres países se expresó en los oleos que envió para esta muestra para el MAC. Canadá surgía con sus bosques hasta más allá del horizonte, Chile con una frutera de greda y con sus bañistas en Valparaíso y México con la colorida riqueza de sus flores.
Hasta casi el final de sus días, Reyes prosiguió pintando todas las mañanas. Era como un bálsamo para su espíritu y su salud. A menudo, expresaba lo que quería decir a través del pincel, sus amores y sus obsesiones.
Murió rodeado de su familia cercana, como le gustó vivir. Desde que salió de Chile en 1978 sólo en tres ocasiones pudo reunir a sus cinco hijos. La última reunión en vida fue en el Hospital Scarborough, donde estuvo internado una semana.
Días después del funeral en Toronto, en la misa en su homenaje en Santiago, el sacerdote Alfonso Baeza, ex Vicario de la Pastoral Obrera de la Iglesia Católica –que defendió los derechos humanos en la dictadura– recordó a Reyes como un luchador por la justicia, la vida y la solidaridad, que identificó el arte y la docencia con las causas de los más pobres.
Manuel Délano es periodista que radica en Santiago de Chile. Ejerce como corresponsal en Chile del diario “El País” de España, profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáañez, consultor de organismos internacionales, y codirector de la colección de libros “Nosotros los chilenos”, de Editorial LOM.


