Las lágrimas de la Malinche

Martin Boyd

En la Cuidad de México, vivíamos en un departamento sobre la Calle de la Higuera en la colonia de Coyoacán, una callecita que corría entre el trajín de la famosa Plaza Hidalgo con su miríada de vendedores de chucherías, organilleros y cómicos callejeros y un parquecito tranquilo y sombreado que se llama “La Conchita”. Muchos domingos por la tarde, para escapar de la locura del centro de Coyoacán del fin de semana – cuando toda la zona se llenaba de turistas que venían a visitar la famosa Casa Azul de Frida Kahlo, o comprar recuerdos en el mercado al aire libre, o simplemente absorber el ambiente de una de las más antiguas zonas del México colonial – Paulina y yo íbamos a sentarnos en una de las bancas en La Conchita, a tomar refugio al lado de su antigua capilla y respirar la tranquilidad casi soporífera de este solemne sitio. Una vez, mientras nos sentábamos contemplando los últimos rayos del sol que se filtraban por las ramas de los grandes árboles ancianos del parque, me imaginé oír una débil voz en el susurro de las hojas, como el llanto de una mujer de luto. Volteé la cabeza a buscar la mujer que lloraba, pero no había nadie. En seguida el sonido cesó, e iba a descartarla como producto de mi imaginación cuando Paulina me volteó y me preguntó si había oído el sonido de una señora llorando.

Algunos días después, hice mención de nuestra experiencia a don Hernán, un vecino en nuestra privada que llevaba más de cincuenta años en Coyoacán. Él asintió con la cabeza y me dijo con la franqueza típica de los mexicanos cuando hablan de los asuntos metafísicos: – Era La Malinche lo que ustedes oyeron.

– ¿La Malinche?

– Sí, joven. La Malinche era la amante de mi tocayo, Hernán Cortés, y la mamá del primer mestizo, Martín Cortés. Vivió sus últimos años en una casa allá enfrente de la Conchita. Todavía está allá, usted la puede ver, la casa grande en la esquina de la Higuera donde hoy vive un pintor. Era una de los primeros edificios de Coyoacán. Y allá vivió La Malinche con su chiquito Martín. Luego se lo llevaron a su hijo a España, y la Malinche se quedó sin hijo. Por eso se puso a llorar, y sigue llorando aún, llorando por el hijo que le robaron. Por eso también muchos la llaman la Llorona. Fue ella a la que ustedes oyeron.

Esta explicación de don Hernán me sorprendió. Ya conocía bastante bien la historia de La Malinche – era un personaje que me intrigaba mucho cuando estudié la historia mexicana antes de visitar México la primera vez – pero nunca me había dado cuenta de que ahora yo vivía en la misma calle donde ella había pasado sus últimos años. La Malinche era una joven indígena regalada al conquistador español Hernán Cortés por los caciques de Tabasco. Su conocimiento de náhuatl, el idioma de los aztecas, la convirtió en la intérprete oficial entre los aztecas y los españoles. Y casi cinco siglos después, La Malinche es el símbolo arquetípico de la traición contra la patria mexicana, hasta tal grado que el término “malinchismo” es un insulto que se suele utilizar para referirse a cualquiera tendencia de preferir lo extranjero sobre lo mexicano. La Malinche es la gran traidora de la historia mexicana, la desgraciada que vendió su patria a los invasores españoles. Por eso, no se encuentra ningún monumento que celebra su papel en la creación de México, y su casa en Coyoacán queda en el anonimato.

La capilla en el Parque de la Conchita, Coyoacán

Cuando le pregunté al don Hernán por qué no había ninguna placa o monumento recordando la presencia de La Malinche en Coyoacán, una sonrisa triste se dibujaba en su rostro. -Porque nadie quiere recordarla, dijo. En los 80s el ayuntamiento puso una fuente con una estatua de Cortés y La Malinche y su hijo don Martín, salieron los manifestantes a protestar, con pancartas diciendo “Fuera Traidora”. Al final, tuvieron que quitar la estatua por las protestas. Nadie en México quiere a La Malinche.

-No es de extrañar que llore entonces, le comenté.

Cuando estudié los detalles de su historia, me preguntaba si la acusación de traición fuera justa. La Malinche (o doña Marina, como le llama Bernal Díaz de Castillo (1492- c.1580) en su celebrado libro Historia verdadera de la conquista de la Nueva España), nació en una familia noble de los maya de la península de Yucatán, que la vendió como esclava después de la muerte de su padre. Fue por sus orígenes nobles que hablaba náhuatl, el idioma oficial del imperio azteca. Los indios de Tabasco donde vivió como esclava hablaban sólo maya – el idioma de un pueblo subyugado. Los tabasqueños, sin duda en la esperanza de que los españoles los liberaran de la opresión del imperialismo azteca, le regalaron a Cortés y su tripulación varias mujeres esclavas, entre ellas La Malinche. Cuando Cortés se dio cuenta de que una de las esclavas hablaba el idioma de los aztecas, la dio el cargo de intérprete. Al principio, doña Marina traducía a través del sacerdote español Gerónimo de Aguilar, quien entendía el idioma maya. Pero su facilidad con las lenguas era tan excepcional que aprendió muy rápido el español, así que muy pronto se convirtió en la intérprete directa entre Cortés y los autoridades aztecas.  Evidentemente, sus habilidades con las lenguas no era el único aspecto de doña Marina que le impresionó a Hernán Cortés, ya que ella le dio un hijo en 1523: Martín Cortés, quien, como el primer mestizo, se debe reconocer en México como el padre de la nación que supuestamente celebra sus orígenes dobles de europeo e indio.

Me parece obvio que La Malinche, siendo esclava, tuvo como única opción el obedecer a sus amos, ya fueran indígenas o españoles. La alternativa habría sido la muerte. Además, es una conjetura razonable que doña Marina quizás veía a los españoles de la misma manera como mucha gente indígena subyugada por los aztecas: como aliados bienvenidos que les ayudarían a derrocar un imperio brutal y opresivo. Ojalá que hubieran sabido que al derrocarlo, el imperio español que lo sustituyó sería aun más tiránico que su antecesor.

La conversión de la Malinche en una figura de desprecio es el resultado de la manipulación de su imagen durante la guerra de independencia mexicana en el siglo XIX, casi tres siglos después de su vida. La nueva nación necesitaba una mitología autóctona que rechazara la influencia de España. A pesar de que la mayoría de los independentistas eran criollos (personas de origen español nacidas en la Nueva España), les convenía reclamar la cultura indígena como suya y la española como extranjera. En este contexto, La Malinche se convirtió en la imagen por excelencia del traidor por haberse aliado con los españoles contra su propia gente. La realidad histórica de que dicha “cultura indígena” de hecho consistía en muchas culturas distintas era un inconveniente olvidado para alcanzar los fines de cohesión social de la nueva nación.

Dos siglos después, La Malinche sigue siendo un personaje odioso en la conciencia colectiva del pueblo mexicano. Sin embargo, hay sugerencias de que su imagen sea rescatada de la injusticia que ha sufrido durante doscientos años. En su nueva novela, La Malinche, Laura Esquivel le da a la intérprete de Cortés la oportunidad de contar la historia de la conquista desde su perspectiva, con el resultado de una representación más compasiva de la mujer más injuriada de la historia mexicana. Pero una imagen tan arraigada como la de la gran traidor no cambiará de la noche a la mañana.

Así que La Malinche sigue llorando en el parque de La Conchita, ese refugio de tranquilidad a algunos pasos del corazón latente de Coyoacán. Sigue llorando por la pérdida de su hijo, mi tocayo Martín, el padre olvidado de la nación mexicana. Y sigue llorando por la nación que la ha condenado a la infamia por ser no más que una mujer con la maldición de tener dotes para las lenguas.

Martin Boyd es traductor, escritor y el director de Diálogos Intercultural Services.

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