Martin Boyd
“They [Mexicans] are bringing drugs. They’re bringing crime. They’re rapists. And some, I assume, are good people.” – Donald Trump, discurso de candidatura, 16 de junio de 2015
Sería justo decir que en los últimos años las relaciones entre México y Estados Unidos han alcanzado uno de sus puntos más bajos de la historia reciente. Con su promesa de construir un muro a lo largo de la frontera entre ambos países, el actual presidente estadounidense hizo de la hostilidad hacia México un pilar de su campaña rumbo a la Casa Blanca en 2016, y dicha hostilidad resultó fundamental para su desconcertante éxito. El estrambótico coro tribal de “Build that Wall!” (“¡Construyan el muro!”), gritado por miles de seguidores de Donald Trump en sus mítines incendiarios de campaña, va de la mano con su lema de campaña “Make America Great Again” en la imaginación colectiva de los trumpistas, para quienes la exclusión y denigración de sus vecinos del sur se encuentra inextricablemente ligada a lo que consideran el rescate del “destino manifiesto” de su país como la nación más poderosa del mundo. El muro fronterizo se ha convertido en el símbolo más tangible de la nación de Trump, una manifestación concreta de la casi patológica necesidad de desprestigiar a México para afirmar la grandeza de Estados Unidos.

El 15 de septiembre los mexicanos en todas partes del mundo celebran un año más la independencia de su país natal. Tanto en los pueblos de México como en Toronto y otras ciudades del mundo donde reside una población mexicana, la gente sale a las plazas públicas y emulan cada año la noche de 1810 en la que el cura Miguel Hidalgo y Costilla llamó a los feligreses del pueblo de Dolores, en el Estado de Guanajuato, a levantarse en armas contra los españoles. La fiesta está tan afianzada en el imaginario colectivo nacional que a veces los rasgos más básicos de la celebración se obvian o se olvidan.






