México mío

Martin Boyd

Muchos mexicanos se quejaban que no era una mina de oro como habían prometido los gringos, pero a Emilio Panzón el TLCAN le había caído bien. Desde 1994, con sus flotas de camiones, había ganado un dineral, llevando refacciones de carros hasta California y regresando con cargas de lavadoras y secadoras bien baratas. De hecho, sus flotas habían hecho lo mismo desde 1978, pero en 1994, todo fue legalizado. Esto redujo bastante los gastos indirectos, ya que no tenía que pagar las “comisiones” obligatorias a la frontera de Estados Unidos.

Su esposa, Amelia Cariño, había metido una buena parte de dicho dineral en su organización benéfica, México Mañana, organizando proyectos para ayudar a los pobres campesinos quienes perdieron sus granjas después del TLC. Cada vez que Emilio firmaba uno de esos cheques destinados a México Mañana, le atacó un dolor de la panza insoportable, pero lo ahogaba en una botella de buen vino español y en el saber de que así se mantenía la paz de su familia.

Así vivió varios años relativamente feliz. Hasta el día del cambio.

El día del cambio, Emilio y Amelia estaban sentados juntos en la sillón de la sala de su mansión en Las Lomas, con su hijo, Emilio Júnior, y su hija, María, a sus pies, viendo las noticias en su televisor de gran pantalla, importado de Estados Unidos, de diseño japonés y fabricado en las Filipinas. A Emilio le afligía una agitación en la panza. Sabía que venía un cambio, pero no estaba seguro de qué exactamente se trataba.

En la pantalla apareció el rostro gigante del portavoz del Instituto Electoral. La hoja que tenía en la mano temblaba como una hoja de higuera mientras hablaba: -El Instituto Electoral verifica los siguientes resultados de la elección presidencial, dijo. -El Sr. Juan Carlos Zorrillo, del Partido de Inercia Nacional, 24.222.368 votos. El Sr. Juan Carlos Francisco Javier Pérez Panadero, del Partido del Populismo Democrático… 24.222.368 votos.

Levantó la mirada de la hoja, se quitó los lentes, y vio seriamente a la cámara. – El resultado, señores y señoras,- dijo – es un empate. Y, visto que otra elección presidencial sería un despilfarro burocrático que no soportarían los contribuyentes mexicanos, el Instituto Electoral ha decidido otorgar la presidencia a los dos candidatos. El Sr. Zorrillo será el Presidente de todos los mexicanos quienes elijan vivir en su México, el cual de aquí en adelante será conocido como el México Z. El Sr. Pérez Panadero será el Presidente de todos los mexicanos quienes elijan vivir en su México, el cual de aquí en adelante será conocido como el México P. Todos los mexicanos tendrán que elegir el México donde quieran vivir.

Emilio apuntó el control remoto al televisor y disparó. –Pues- anunció, cuando la cara pálida del portavoz se había desvanecido, –Claro que nosotros vamos a vivir en el México Z.

Sintió que su esposa se apartó de su lado un poquito. -Yo voté por Pérez Panadero-, dijo ella con una voz que tuvo el efecto de bajar por lo menos dos grados la temperatura de la sala, – Mi México es el México P.

-¿Estás loca, mujer?- gritó, -Con todos los programas sociales que tiene en mente el Panadero, dentro de un año el México P va a acabar en la quiebra. ¿Y crees que los gringos los van a pelar? El México Z será el México con todo la lana.

-Solo si toda la gente con la lana en México elige vivir en el México Z- comentó Emilia, -pero nosotros vamos a vivir en el México P.

Emilio la miró de reojo. -¿Nosotros, kimosabi?- rió. -Esta casa está en el México Z. ¡Punto y fin de la discusión!

Y efectivamente fue el fin de la discusión. No se volvieron a hablar Emilio y Amelia en los días siguientes. La frontera entre el México Z y el México P fue trazada a lo largo de la mitad de su casa. Amelia tomó la cocina y el lado sur de la sala, donde se sentaba con sus amigas y leían panfletos trotskistas, tomaban café orgánico de comercio justo y hablaban de sus planes por un México P para todos los mexicanos P. Emilio tomó el estudio y el lado norte de la sala, donde se sentaba con sus amigos del big business, tomaban cerveza importada de Alemania y platicaban de qué tan bueno era el México Z ya que todos los blandengues y quejones se habían pasado al otro México. Sus dos hijos se convirtieron en mojados en su propia casa, quedándose del lado del México P cuando querían comer, pero saltándose sobre la frontera cuando querían dinero para ir al cine.

Para evitar tales pasos fronterizos no controlados, el gobierno del México Z, con el apoyo de Washington, financió la construcción de millones de cercas eléctricas para separar los dos Méxicos. Las cercas dividían las ciudades, las colonias, incluso los hogares. Emilio miraba, desconcertado, mientras los trabajadores erigían la cerca que partió su casa en dos. Era una cerca prefabricada, hecha en China. Mientras lo observaba, Emilio se acordaba vagamente de algún versículo de la Biblia que había oido en una misa, antes de que su parroquia acabara en el México P, que decía que – una casa dividida contra sí misma no permanecerá-. Vio a través de la malla metálica a sus dos hijos, quienes lo miraban tristemente con ojos oscuros. Incluso Amelia lo miraba, por primera vez en meses, con un rostro que expresaba un sentimiento de algo perdido.

Volteó a ver a sus amigos, quienes cantaban “My Way” de Frank Sinatra en un coro acalorado por el alcohol mientras observaban la construcción de la cerca. No sabían bien la letra de la canción y la melodía salía más como la de “El rey”. Finalmente dejaron de cantar y levantaron sus chelas para brindar la división de México.

-¡Viva la libertad!- gritó su amigo Pedro, dueño de una cadena de boutiques al estilo francés con sucursales en Monterrey y San Antonio, Texas.

-¿La libertad?- preguntó Emilio. Se retorcía adentro de su traje italiano. -¿Cómo puedes hablar de la libertad? ¡Tengo un alambrado en medio de mi casa!

-Pero, ¿no ves, compadre? –le respondió Pedro, -Esta separación es lo mejor que nos ha pasado a los mexicanos. En un solo tiro, eliminamos la oposición política y resolvemos el problema de la pobreza, ¡porque todos los pobres ya viven en el México P! ¡Por fin somos libres!

Emilio volvió a ver a su familia a través del alambrado. Algo en la panza le agitaba. De repente, levantó el televisor de gran pantalla, jaló el cable de la pared y la lanzó como una gran piedra a la cerca. La cerca se desplomó de golpe. Los amigos de Emilio lo miraban horrorizados mientras la pisoteó para llegar al otro lado y abrazar a su esposa y a sus hijos.

-¿Qué onda, compadre? –gritó Pedro desde el otro lado. –¿Qué haces? ¿Eres mexicano Z, o mexicano P?

Emilio lo vio y le sonrió. –Ninguno de los dos, compadre,- dijo él. –Soy mexicano, punto. Ni más, ni menos.

El dolor de la panza que le había afligido tantos años se disolvió por completo.

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