Deserción escolar entre los jóvenes hispanocanadienses: Consecuencia de una realidad social que se pretende ignorar

de Susana Jímenez

Esta lacerante y compleja realidad requiere acciones estratégicas que permitan desarrollar condiciones favorables en los diferentes ámbitos que afectan el desempeño y el éxito escolar de los niños y los adolescentes de nuestra comunidad. En este breve escrito consideraré esta cuestión a través de tres categorías: padres de familia, jóvenes y escuelas.

Padres de familia

Muchos padres de familia de nuestra comunidad hispana tienen que hacer frente a la desigualdad que existe en el mercado de trabajo. Los empleadores sólo les ofrecen trabajos temporales o de medio tiempo con salarios mínimos y sin prestaciones. Así, el desempleo frecuente y sus bajos ingresos provocan tensiones y fricciones en la familia, lo que sin duda afecta la estabilidad emocional que los hijos requieren para su atención y motivación escolar.

Los empresarios y el gobierno canadiense tampoco confían en los padres de familia que llegan a Toronto con preparación de otros países. Les ponen trabas como las de no dar reconocimiento a sus estudios y requerirles la famosa “experiencia canadiense”, frustrándolos y orillándolos a conseguir su sustento en trabajos menores, como por ejemplo cargar cajas o acomodar mercancías en bodegas y tiendas. Si bien existen facilidades de préstamos para asistir a cursos en la universidad y buscar la revalidación de estudios, los padres de familia no los toman por la incertidumbre de no poder pagarlos, dado que la necesidad prioritaria es aplicar los magros ingresos para mantener a los hijos.

Jóvenes

En función de la experiencia que viven sus padres inmigrantes que se sienten rechazados en la nueva sociedad, los adolescentes hacen suyo el rechazo. No se sienten bienvenidos ni aceptados, e interpretan la situación como un “tú no eres de aquí, no te conozco y no confío en ti”. Esto les daña la autoestima, desviando su atención de los estudios y afectando su rendimiento escolar. La baja confianza en sí mismos se acentúa aún más cuando no hablan inglés.

El mensaje que reciben los jóvenes es claro: “tú tampoco eres canadiense; cuanto más pronto encuentres trabajo, más pronto empezarás a adquirir esa experiencia canadiense que se necesita para ser aceptado”. Nuestros jóvenes inmigrantes llegaron a una sociedad consumista en la que tener celular o IPOD puede significar ser aceptados o no por un grupo. Si los padres no pueden proporcionarles esos “identificadores”, los jóvenes en cuanto pueden salen a buscar trabajo para adquirir lo que creen que “necesitan”.

Ellos ven el asistir a la universidad o a un colegio comunitario como imposible. Sus padres no tienen los recursos económicos para solventarlo y ellos tampoco. Muchos están renuentes a graduarse con deudas de 20 a 40 mil dólares. ¿Para qué esforzarse por terminar la escuela si de todos modos no van a seguir estudiando? Desde esa perspectiva, es mejor dejar de perder el tiempo y buscar un trabajo de una buena vez.

Escuelas

Muchos profesores se enfocan solamente a cumplir con el curriculum sin preocuparse de más, y no aceptan hacer nada que vaya más allá del mínimo esfuerzo requerido. Las escuelas deberían buscar que sus profesores se interesaran auténticamente por todos y cada uno de sus alumnos.

Los jóvenes están llenos de energía y necesitan actividad física para poder enfocarse mejor en los estudios. Por ello, la clase de educación física debería ser obligatoria por lo menos dos veces a la semana, pero lamentablemente las escuelas ya no la tienen como materia obligatoria.

Es cierto que hay actividades deportivas extracurriculares, pero no es suficiente. Quedaría la opción de suscribirse a un centro comunitario para practicar algún deporte, pero ello resulta bastante caro para una familia con ingresos reducidos.

¿Qué se puede hacer para revertir esta situación?

Las familias de habla hispana se caracterizan por tener fuertes lazos de relación afectiva y una dinámica muy rica de grupos compactos. Para ayudar a los jóvenes se tiene que empezar por ayudar a los padres, pues de poco sirve trabajar exclusivamente con los adolescentes. Se tienen que reforzar los programas de antidiscriminación, pues los hispanos están irrespetuosamente etiquetados. Hay empresas que les ofrecen menos salario que a los canadienses, y mucha gente los considera aptos solamente para trabajos pesados.

El deporte, como un factor fundamental, debería ofrecerse con programas gratuitos para los jóvenes que demuestren ser estudiantes de tiempo completo. Las empresas no deberían estar autorizadas a contratar de tiempo completo a jóvenes que no hayan terminado la secundaria, pero podrían contratarlos de tiempo parcial. Podrían contratarlos, por ejemplo, por un máximo de 18 horas por semana si demuestran que están asistiendo a la escuela y sacando calificaciones aprobatorias.

Si los padres tuvieran un trabajo estable y bien remunerado, los hijos tendrían menos de que preocuparse. Se dice que la única diferencia entre los adultos inmigrantes y los canadienses es que los inmigrantes no tienen derecho a votar. Esto es absolutamente falso. Si canadienses e inmigrantes fueran considerados como iguales por el gobierno y por el mercado de trabajo, no existirían problemas como el que ahora nos ocupa.

Susana Jímenez es directora del Hispano Canadian Intercultural School y madre de dos hijos egresados del sistema escolar canadiense.

El presente artículo se encuentra en el libro Cuatro de cada diez. Juventud de habla hispana y abandono escolar en Toronto, publicado por el Latin American Research Education and Development Network. Para obtener el libro entero, haga clic aquí.

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