La competencia intercultural

Martin Boyd

Lorde: otra víctima de la violencia etnocéntrica

Lorde: otra víctima de la violencia etnocéntrica

En octubre del año pasado, la bloguera Verónica Bayetti Flores de Feministing publicó un duro ataque contra la canción “Royals“, uno de los mayores éxitos en la radio pop estadounidense en 2013, por contener letra que, según Bayetti, es “profundamente racista”. El argumento de Bayetti se basa en la afirmación de que la crítica de la riqueza excesiva que se hace en la canción se basa específicamente en imágenes asociadas a estrellas de hip hop de origen afroamericano (“gold teeth“, “Cristal”, “Maybach”), sin ninguna referencia específica que pudiera evocar imágenes de la riqueza excesiva de los blancos estadounidenses (¿por qué, por ejemplo, la canción no hace ninguna referencia al “golf”, “polo” o al barrio neoyorquino de “Central Park East”?). El argumento de Bayetti podría tener alguna validez de no ser por un dato muy importante que la bloguera pasa por alto en su análisis de la canción: Lorde, la joven de 16 años de edad, canta-autora de la canción, es de Nueva Zelanda.

¿Por qué es esto importante? Porque significa que la canción fue escrita en y para un ámbito cultural muy diferente del contexto en el que Bayetti presuntuosamente insiste en enmarcarla. Las asociaciones con la cultura afroamericana que la bloguera atribuye a las imágenes de la canción seguramente serían incomprensibles para la mayoría de los neozelandeses; es más, si Lorde se abstuvo de incluir alguna referencia al “Central Park East”, lo más probable fue porque dicha referencia tendría tanto sentido para un neozelandés como una referencia a “Footrot Flats” para un estadounidense. Por otro lado, Bayetti evidentemente ignora del hecho de que en el contexto cultural original de la canción, su título “Royals” instantáneamente evoca imágenes de la familia real británica, una alusión que se pierde, en gran medida, en la “traducción” de la canción a los Estados Unidos, donde la reina de Inglaterra (y de Nueva Zelanda) y sus herederos no tienen ninguna relevancia política y reciben mucha menos atención en los medios. Dentro de su contexto cultural original, la canción propone una equivalencia entre las imágenes de la riqueza excesiva de las estrellas del pop estadounidense y la de la familia real británica, ambas representativas de la opulencia ostentosa de dos metrópolis culturales igualmente lejanas e irreales desde la perspectiva de la periferia colonizada de Lorde.

La gran ironía de la diatriba de Bayetti en contra de la canción es que, sin saberlo y a pesar de su postura como defensora de los marginados, se revela como racista, pues la suposición subyacente de su argumento es que la cultura marginal de la cual la canción es producto, ni siquiera merece consideración en su análisis. En su irreflexivo rechazo a considerar la cultura de origen de “Royals”, Bayetti es culpable de la misma clase de imperialismo cultural que crítica la canción.

Ya seguramente algunos de mis lectores se estarán preguntando qué tiene que ver esta discusión de un reciente éxito del pop con la traducción. Pues de hecho, el artículo de Bayetti me llamó la atención precisamente por su relevancia a un problema generalizado y bien documentado que afecta a la traducción, ya que su lectura imperialista de un producto cultural marginado es sintomática de la misma clase de “violencia etnocéntrica” ​​que el traductólogo Laurence Venuti advierte como característica de la traducción al inglés: un enfoque que busca borrar el tinte extranjero del texto original, con su forzosa domesticación al inscribir en él las narrativas de la cultura meta mientras las narrativas de la cultura de origen que lo enmarcaban originalmente quedan calladas. Lo particularmente interesante del artículo de Bayetti es que realza que tal violencia etnocéntrica es frecuentemente inconsciente, pues su falta de interés en la cultura de origen no es -creo yo- intencional: simplemente no se le ocurre que las narrativas de la cultura de origen debe ser tomadas en cuenta. El sistema de valores etnocéntricos tiende a operar de forma predeterminada, ya que estamos tan influenciados por las narrativas de nuestra propia cultura, que las damos muchas veces por sentadas, confundiéndolas con verdades universales. Contra esta tendencia, los traductores tenemos que desarrollar lo que suelo llamar la “competencia intercultural”, la cual implica tanto una sensibilidad por las narrativas de la cultura de origen que han dado forma a un texto, como la conciencia de las narrativas de la cultura de destino que pueden intervenir para distorsionar nuestra lectura de dicho texto.

Es una norma ampliamente aceptada en nuestro oficio que una traducción al inglés debería leerse de forma “natural”, como si hubiera sido escrita originariamente en inglés. Pero, ¿qué en qué consiste el inglés “natural”? Esto, por supuesto, le corresponde al traductor decidirlo, y es aquí, creo yo, que nuestra competencia intercultural tiene que entrar en juego. Son demasiados los casos en los que el inglés “natural” parece equipararse automáticamente con la inserción forzosa del texto en la cultura de destino y la supresión de la cultura de origen, el producto de lo cual puede provocar el tipo de mala interpretación en la que cae Bayetti. Consideremos, por ejemplo, la decisión de Alfred Mac Adam, en su co-traducción de la novela clásica de Carlos Fuentes Cristóbal Nonato (Christopher Unborn, 1989), de adaptar la manera de hablar de los personajes de la novela con el fin de “hacerlos más americanos” (MacAdam, “Rebirth of a Novel” en Translating Latin America, 337). La trama de la novela se desarrolla en la ciudad de México y gran parte de la lengua vernácula empleada por los personajes del texto original imita el argot de las calles del DF. Para representar esta lengua vernácula en su traducción al inglés, MacAdam se puso a escuchar los intercambios en el metro de Nueva York para desarrollar un mimetismo del dialecto afroamericano. Así, por ejemplo, la expresión coloquial mexicana “mano” (un acortamiento de “hermano”) se representa en la traducción como “bro” (un acortamiento del inglés “brother”), una expresión común del variante afroamericano del inglés estadounidense (ibid. 341). La apropiación del inglés afroamericano por parte de un traductor (blanco) anglo-americano para representar la jerga callejera de México sustituye, en efecto, el contexto cultural mexicano del texto de origen con un contexto específicamente estadounidense y con evidentes connotaciones raciales totalmente ausentes en el original, de manera extraordinariamente similar a la que Verónica Bayetti Flores traduce (mal) a Lorde. En ambos casos, el texto de origen (y por extensión, la cultura de origen), ha sido víctima de la “violencia etnocéntrica” ​​que creo que todos los traductores deben intentar evitar o, al menos, reducir al mínimo.

Para ser justos con MacAdam, hay que reconocer que la traducción de la lengua vernácula es uno de los retos más difíciles que cualquier traductor puede enfrentar. Pero yo diría que un enfoque basado en la suposición automática de que dicha lengua tiene que sonar “más americana” (es decir, más estadounidense) corre el peligro de llevar a los traductores a buscar soluciones que podrían terminar por socavar el intercambio intercultural que toda traducción debería representar. Después de todo, la traducción debe ser un diálogo entre culturas, y no la imposición de una a expensas de la otra. La competencia intercultural es indispensable para que este diálogo tenga lugar.

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