Martin Boyd
Prácticamente desde los albores de la historia, la traducción ha sido de suma importancia para la sociedad humana. Toda clase de interacción entre las diferentes comunidades, ya sea para efectos de comercio, intercambio cultural o para hacer la guerra o la paz, ha dependido enormemente del trabajo de los traductores e intérpretes. Y sin embargo, solo hace relativamente poco que la traducción ha comenzado a consolidarse como profesión. Incluso ahora, la persistencia de las ideas erróneas entre el público, de que la traducción es una actividad que puede ser dominada por cualquier persona que cuente con conocimientos básicos de dos lenguas y un buen diccionario bilingüe, o que la traducción automática elimina, en efecto, la necesidad de traductores humanos, sugiere que aún nos queda un largo camino por recorrer antes de que la traducción reciba el respeto que merece como profesión.
Uno de los elementos fundamentales de la profesionalización en cualquier ámbito de trabajo es el de establecer colegios profesionales encargados de supervisar la conducta de sus miembros y de fijar normas generales que definan las habilidades y la capacitación que se espera que posea un profesional en ejercicio. En este sentido, es evidente que la traducción queda muy lejos de contarse entre las profesiones “tradicionales” como el derecho, la medicina y la ingeniería. Sin embargo, sí ha habido algunos avances. Con 11,000 miembros en más de 90 países, la Asociación Americana de Traductores (ATA) es uno de los colegios profesionales de traductores e intérpretes más grandes del mundo. Fundada en 1959, la ATA ha hecho mucho para mejorar el perfil profesional de los traductores en América del Norte, y su Código de Ética, su proceso de certificación y los requisitos de educación continua que deben cumplir sus miembros certificados proporcionan un marco de normas profesionales que ofrecen cierto grado de uniformidad y garantía de calidad en lo que ha sido históricamente una profesión poco regulada.
Irónicamente, este proceso de profesionalización se enfrenta a una gran parte de su más ferviente resistencia desde dentro de la profesión misma. Como evidencia cualquier foro de discusión de traductores que trate el tema, muchos traductores profesionales consideran que obtener y mantener la certificación es un gasto innecesario que no hace más que mantener la burocracia de la asociación. Algunos se quejan del alto costo del examen de certificación, el bajo porcentaje de los que lo aprueban o de su falta de relevancia en relación con la realidad cotidiana del trabajo de traducción. Pero quizás el argumento más común que he escuchado en contra de la certificación es que a los clientes simplemente no les importa si un traductor está certificado o no, y que por lo tanto ser miembro de un colegio profesional no conlleva ningún beneficio económico. Mi propia experiencia ha sido distinta, pues en realidad he adquirido muchos contactos profesionales, incluidos clientes asiduos, en virtud de mi condición de traductor certificado por la ATA. Por otro lado, también ya había establecido una muy buena clientela antes de certificarme, y conozco a muchos traductores que han disfrutado de carreras muy exitosas en el campo sin la necesidad de obtener la certificación. Al fin y al cabo, la dedicación y el profesionalismo valen mucho más que la certificación cuando se trata de encontrar y mantener los clientes.
Pero me parece que la prioridad que se otorga a dicha consideración anticipa la pregunta de si la ganancia financiera debería ser el factor principal o el único para determinar si vale la pena participar en un colegio profesional. Si nuestra profesión realmente nos importa, ¿no deberíamos tener un interés en elevar su perfil ante el público? Desde mi punto de vista, los colegios profesionales de traductores ofrecen el medio más eficaz de combatir las ideas erróneas respecto a la traducción que mencioné al principio de este artículo. Sólo si trabajamos juntos para llegar a un consenso sobre determinadas normas y expectativas fundamentales que rijan el ejercicio de los traductores profesionales, podremos esperar que la traducción llegue a ser reconocida como una profesión de verdad.
