Martin Boyd
Pregunta: ¿Cuántos traductores se necesitan para cambiar una bombilla?
Respuesta: Depende del contexto.
El chiste de arriba probablemente solo les hace gracia a los traductores y a las personas que interactúan con ellos de manera cotidiana, y en concreto, a cualquier persona que haya tenido la experiencia frustrante de preguntarle a un traductor cómo traducir una palabra en particular y se ha topado con esta misma respuesta. Pero el hecho es que, al responder a tu sencilla pero engañosa pregunta de cómo se dice “echar” en inglés, el conocido refrán “depende del contexto” no es meramente un intento de ser evasivo, porque es realmente importante saber primero si tu intención es “echar algo a la basura” (throw something into the garbage), o “echarme una llamada”(give me a call) o bien “echarme la culpa” (put the blame on me), entre muchas otras posibilidades.
De hecho, la pregunta aparentemente inocente acerca de cómo traducir cualquier palabra en otro idioma va al meollo de un problema que siempre está en primer plano en la mente del traductor: el problema de la equivalencia. La noción de una supuesta paridad entre idiomas, tan frívolamente implícita en los diccionarios bilingües y el software de traducción automática, es problemática porque la gran complejidad de la lengua significa que la equivalencia exacta entre palabras, frases o textos en dos idiomas diferentes es simplemente imposible. Y, sin embargo, lograrla es la misión del traductor; la equivalencia es, en cierto sentido, nuestra piedra filosofal.
Al nivel de las palabras individuales, la búsqueda de la equivalencia se complica por el hecho de que todas las palabras tienen múltiples dimensiones de significación. En un intento por clasificar estas dimensiones, el lingüista D. A. Cruse ha planteado cuatro categorías de significado léxico: proposicional, expresivo, presupuesto y evocado. Por lo general, el primero de ellos, el significado proposicional (también conocido comúnmente como el significado denotativo), es el que se busca cuando se pide una traducción directa de una palabra determinada; se trata del elemento o aspecto de la realidad a la que se refiere la palabra, su definición explícita. Incluso este significado denotativo puede ser extremadamente complicado, como se muestra en el ejemplo anterior de “echar”, ya que el contexto en el que se emplea una palabra puede cambiar su denotación. Pero se complica aún más por el significado expresivo (o connotativo) de la palabra, lo que añade un elemento de evaluación que no contiene el significado denotativo puramente referencial. Por ejemplo, mientras que el significado proposicional de las frases “he did not do it” y “he failed to do it” es esencialmente el mismo, el uso del verbo “fail” en el segundo caso sugiere una evaluación crítica por parte del lector, la cual no figura en el adverbio negativo “did not”. El traslado del significado tanto proposicional como expresivo, es, en el proceso de la traducción, uno de los tantos desafíos diarios que enfrentan los traductores, como el evitar la introducción inadvertida de dimensiones expresivas que no estaban presentes en el texto de origen.
Las otras dimensiones de significado según la taxonomía de Cruse presentan otros obstáculos que suelen hacer tropezar a los traductores inexpertos. El significado presupuesto trata de palabras que comúnmente aparecen juntas en un idioma determinado (colocaciones). Las violaciones de restricciones colocacionales pueden dar como resultado un lenguaje que suene “extraño” para los hablantes nativos. La traducción literal al inglés de “lavarte los dientes” -“wash your teeth“- es un buen ejemplo de esto, ya que el uso de “wash” en lugar de “brush” puede indicar al lector que el autor no domina el inglés. Por otro lado, el significado evocado está relacionado con el dialecto y el registro apropiados para un lugar o situación determinada, los cuales, si no son debidamente respetados pueden socavar completamente la credibilidad del texto; imagínate, por ejemplo, el efecto desconcertante al escuchar una expresión sumamente mexicana como “¡qué padre!” empleada por un hidalgo castellano, o al ver un término específicamente jurídico como “en consecuencia” en el texto publicitario de un nuevo champú. Estos son ejemplos obvios, pero incluso desviaciones mucho más sutiles del registro pueden desconcertar al lector, razón por la cual es tan importante que los traductores conozcan a fondo el tipo de contenido léxico que caracteriza el género del texto que están traduciendo. La naturaleza de este contenido léxico es muy arbitraria e idiosincrásica, y por lo tanto solo se puede “aprender” a través de la lectura exhaustiva en el idioma de destino del género en cuestión. Así que es posible que aun el traductor literario más experimentado del mundo no pueda afrontar el reto de traducir una patente, a menos que conozca bien el tipo de palabras y frases que se utilizan habitualmente en las patentes.
Y los anteriores son solo algunos de los dilemas que enfrentan los traductores, y sólo a nivel de selecciones de palabras individuales. Además, hay cuestiones de las estructuras gramaticales, las frases hechas y expresiones fijas, la organización del texto y la cohesión textual, todas las cuales son muy distintas en idiomas diferentes, y plantean nuevos obstáculos en la búsqueda imposible por parte del traductor de la equivalencia. Y puesto que las lenguas son fenómenos tan fluidos y cambiantes, y sus dimensiones de significado (a pesar de los mejores esfuerzos de las academias de lenguas y de los diccionarios) se determinan por acuerdo implícito entre sus hablantes y no por normas prescriptivas, la búsqueda de la equivalencia entre idiomas siempre será una empresa subjetiva, siempre discutible, y siempre, por supuesto, dependiente en gran medida del contexto.