La orquídea

Martin Boyd

OrchidLa orquídea había sido un regalo de la señora Zarowsky como una bienvenida a su nuevo hogar. Ellos no sabían nada de plantas, pero estaban agradecidos por el regalo y lo pusieron al lado de la puerta principal del pequeño apartamento de dos habitaciones, que la señora de Ucrania muy amablemente les había arrendado. Lo encontraron durante sus primeros días en Toronto, y en el momento en que conocieron a la señora Zarowsky, quien los recibió muy amablemente, y después de ver lo cómodo y acogedor que era, supieron que era el lugar ideal para ellos, así que firmaron el contrato de arrendamiento enseguida.

La señora Zarowsky les dio la orquídea el día en que se mudaron. Tenía dos tallos y en uno de ellos estaba naciendo una flor amarilla sin mucho color.

— Va a tener más flores muy pronto— ella les dijo. —Solo cuídenla y les florecerá más.

En esos primeros días sus corazones estaban llenos de esperanza e ilusión por su nueva vida en Canadá. Era increíble la manera como todo había sucedido tan rápido: dos años atrás, no tenían planes de salir de México. No conocían nada sobre Canadá y se lo imaginaban como un país grande y frío, cercanoal Polo Norte. Luego llegó el día cuando María recibió una llamada telefónica anónima. Cuando las llamadas se incrementaron, entendieron que su familia estaba en peligro. Por su hijo de tres años, por su futuro y el de su familia, debían salir de México y empezar una nueva vida en un país donde pudieran vivir en paz.

Un amigo les sugirió Canadá, les dijo que los canadienses estaban buscando profesionales mexicanos jóvenes. Él era un ingeniero y ella una periodista, con su experiencia y sus títulos era muy probable queel gobierno canadiense les concedería la residencia. Y su amigo estaba en lo cierto. En un año su solicitud de residencia fue aprobada, así que vendieron y empacaron todo para mudarse a un país que no conocían.

Llegaron al final de agosto; el cielo azul y una brisa cálida se confabulaban para que todo pareciera como un sueño maravilloso. Era verdad, Toronto era una ciudad común y corriente,no estaba bendecida por la grandiosa arquitectura o la tradición histórica de México, pero estaba llena de parques y árboles, muchos lugares donde su hijo podría jugar, el tráfico era ordenado y las calles limpias y tranquilas. Los canadienses también eran tranquilos, quizás un poco reservados, pero eran personas amables y relajadas que siempre los trataban con respeto. En esas primeras semanas, parecía que ellos habían llegado a un edén.

En septiembre la flor se marchitó. En las semanas siguientes, María la miraba con mucha ansiedad, a la espera de que otra flor retoñara. Pero por muchas semanas la planta no era más que un par de tallos verdes, opaca y sin vida. A ella le preocupaba que tal vez la había regado demasiado.

Luego, José recibió la evaluación de sus diplomas de México. Le informaron que para que estos tuvieran equivalencia en Canadá, tendría que tomar algunos cursos adicionales, los cuales representaban varios años de estudio.

— ¡Eso es ridículo!— ella dijo. —Tú eres un ingeniero plenamente calificado, y ¿ellos te están pidiendo hacer tu carrera de nuevo?

José trató de encontrar un trabajo mientras tanto, pero nadie lo contrataba porque no tenía ninguna experiencia canadiense. La respuestaera que sus quince años de experiencia como ingeniero civil en México no significaban nada aquí.

En noviembre, la orquídea estaba todavía sin flores. La Sra. Zarowsky se había ido a pasar el invierno en la Florida y no regresaría hasta marzo, lo cual les convenía, porque si hubiera visto la planta, habría pensado que la habían descuidado. A María le preocupaba que esta se iba a morir y le pidió a José que la llevara donde el dueño de la floristería para preguntarle cómo salvarla. Pero él estaba muy ocupado buscando trabajo. En diciembre encontró un empleo trabajando en horario nocturno, como asistente en un almacén de muebles. No era un gran trabajo, pero le pagaban lo suficiente para cubrir sus estudios y la renta. Mientras tanto, María cuidaba del niño, iba a clases de inglés avanzado y escribía artículos poco convincentes sobre las alegrías de la vida en Canadá para una revista en México.

El cielo azul se volvió gris y la amable calidez en frialdad. Se sentían impotentes y solos. Trataron de hacer nuevas amistades, pero todo el mundo parecía tan distante. A medida que la Navidad se acercaba y el frío se hacía más intenso, María empezó a soñar que estaba en su casa en México, rodeada de su familia y amigos. Una madrugada se despertó de repente de uno de estos sueños y vio por la ventana que estaba nevando. Cuando vio los copos blancos cayendo en silencio del cielo oscuro y gris, contuvo unas ganas inmensas de llorar.

En cambio su hijo estaba encantado con el invierno canadiense. En la mañana de la Nochebuena corrió afuera a jugar en la nieve. María se apresuró tras de él y se resbaló en la nieve, cayéndose y dándose un fuerte golpe en la espalda. En ese momento no pudo contener más las lágrimas y empezó a llorar sin consuelo. Su pequeño hijo se le acercó y la miró con una expresión asustada. Él nunca había visto llorar a su madre. Entonces, su esposo salió de la casa, la tomó de la mano y la ayudó a entrar. María se recostó en el sofá de la sala.

—Yo no puedo aguantar más esto, José, — dijo ella. — ¿Qué estamos haciendo aquí? Estoy cansada de este lugar, del frío de su clima y de su gente…—. Y empezó a llorar de nuevo.

José suspiró hondo.

—Tal vez deberíamos regresarnos a México.

— ¿Pero cómo? Vendimos todo lo que teníamos en México. Gastamos nuestros ahorros para venirnos aquí. ¿Qué vamos a hacer?

José no respondió nada. María dejó de mirarlo y vio hacia donde estaba la orquídea marchitándose cerca de la puerta.

—Por favor—, dijo ella, —saca esa planta de aquí. ¡Solo llévatela! No soporto verla más.

José se puso de pie y caminó hacia la planta. Tocó uno de sus tallos delgados. Luego miró a donde estaba su hijo asomándose cauteloso desde la puerta.

—Ven, Chucho— le dijo, —vamos a caminar.

Tomó la planta en un brazo y tomó a su hijo de la mano. Caminaron de prisa por la calle congelada hasta la floristería de la esquina.

El dueño de la floristería era un chino de baja estatura con una sonrisa contagiosa. Cuando José y su hijo entraron estaba podando un pequeño arbusto al lado de la caja registradora.

—Buenos días— José lo saludó. Poniendo la orquídea con cuidado en la mesa donde estaba la registradora.

—Necesitamos su ayuda. Esta orquídea no ha tenido ni una sola flor en tres meses. ¿Qué es lo que estamos haciendo mal?

El dueño de la floristería observó la orquídea con atención. La examinó de cerca y por un momento su expresión se tornó seria. Metió un dedo en la tierra y le preguntó a José:

— ¿La han regado mucho?

—No mucho— José respondió. — Nos dijeron que necesitaba poca agua.

El dueño de la floristería estudió la planta un poco más y luego miró a José.

—Está bien— dijo.

—Entonces… ¿por qué no tiene flores?

—Las orquídeas son plantas delicadas. Riéguela solo una vez por semana. Manténgala cerca de la luz, pero lejos de la luz directa del sol. Eso es todo.

—Es lo que hemos estado haciendo. ¿No hay algo más qué podamos hacer por ella?

El dueño sonrió por un instante sin decir una palabra. Luego dijo:

—Tengan paciencia.

José miró alrededor de la floristería. Era un lugar amplio y claro, colmado con los olores fragantes de las plantas.

—¿Ha vivido usted en Toronto por mucho tiempo? —preguntó.

El dueño respondió:

—Veinticuatro años.

— ¡Caray! Eso sí es mucho tiempo— dijo José, mirando de nuevo al anciano. —De modo que a usted le gusta aquí.

El dueño puso su atención de nuevo en el arbusto que había estado podando antes.

—Fue duro al comienzo— dijo. —¡Aquí el invierno es tan frío! Yo me preguntaba, ¿cómo sobreviven las plantas en el invierno aquí? Pero ellas sí sobreviven. Y la primavera siempre llega. La primavera es hermosa aquí.

—Yo no podría saberlo— dijo José. — Llevamos aquí solo cuatro meses.

El dueño de la floristería levantó sus cejas.

—Espérese hasta la primavera— dijo. Miró a Chucho y le sonrió. El pequeño le sonrió también. Para él la floristería era el reino mágico de las flores y el dueño era el sabio anciano rey de ese reino.

Regresaron a la casa. Cuando entraron, José regresó la planta a su lugar al lado de la puerta principal. María estaba parada en medio de la sala con una expresión distraída. Ya se había tranquilizado. Pero en su cara se notaba la huella de las lágrimas.

—¿Qué pasó? — le preguntó a José.

—Fuimos a la floristería— respondió él.

Ella se limpió la cara con el dorso de su mano.

—¿Y?

José se volvió hacia ella.

—El dijo que está bien. Que tengamos paciencia.

Chucho, quien había estado intranquilo parado en la puerta, de repente corrió hacia su madre y se abrazó a sus piernas.

—Mamá— dijo.

María le dio unas palmaditas en su cabeza.

—¿Qué te pasa, mi amor?

—Cuando yo sea grande, quiero ser dueño de una floristería.

—Bueno, entonces tú podrás cuidar de la orquídea— dijo ella con una sonrisa.

Al comienzo del nuevo año, como preludio a la gloriosa primavera canadiense, en la orquídea se abrieron tres luminosas flores amarillas.

Traducido por Luisa Saavedra

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