La serpiente emplumada y el rey tolteca de Tula

José Luis Díaz

Las legendarias aventuras de Topiltzin Ce-Ácatl, el último rey de Tula hacia mediados del siglo XI, el más conocido de los equivalentes humanos del gran dios prehispánico Quetzalcóatl (“la serpiente emplumada”), son fuente y producto toral del mito mexicano en constante evolución. Al revisarlas es notorio cómo, en cada paso, los andares del rey tolteca repiten y significan puntualmente sobre la tierra las mismas peripecias de Quetzalcóatl.

Hijo de Mixcóatl y Chimalma, quien muere al parirle, el niño Topiltzin nace necesariamente en un año Ce-Ácatl (Uno-caña) y es educado entre sus abuelos en tierras del actual estado de Morelos. Hoy día, una poza de agua cercana al pueblo de Amatlán, en los pies de los escarpados riscos del cerro Tepozteco, orgullosamente se proclama su tierra natal. Pasado cierto tiempo, el joven Topiltzin vence a Tepoztécatl, el asesino de su padre, precisamente en las cumbres del Tepozteco, con lo cual venga su muerte y logra rescatar sus restos. Removerá, entonces, la tierra en busca de los huesos paternos y los depositará en el palacio de Quilaztli, “la que hace germinar”, una de las apariencias de la Diosa Madre.

En su juventud, Topiltzin empieza a enseñar a los chichimecas (literalmente bárbaros) y les exhorta que dejen sus cuevas y a que tomen el maíz para sembrarlo. Una vez que ha logrado implantar la agricultura, el héroe asienta en Tulancingo donde se dedica a la penitencia y a la meditación. Con todo ello su fama crece y determina que los toltecas de Tula lo inviten a ser su sacerdote-rey. Ya con la investidura de Quetzalcóatl, el monarca predica con el ejemplo la ley natural y la penitencia, se opone a los sacrificios humanos, enseña las artes y la agricultura. De acuerdo con los cálculos reproducidos por el historiador mexicano, Enrique Florescano, Topiltzin-Quetzalcóatl gobernó Tula entre 1029 y 1040 de nuestra era, pero no fue un gobernante opuesto a los sacrificios, una imagen más cristiana que acorde con la tradición mesoamericana, donde no se encuentra ningún sacerdote o rey opuesto a tal práctica.

Una de las estatuas Atlantes en Tula, ciudad antigua de los toltecas

Viviendo en “meditación y en retiro”, según los Anales de Cuautitlán (citados por Miguel León Portilla, en su libro Quetzalcóatl, Fondo de Cultura Económica, México, 1968), Topiltzin concibió un dios impensable, a la vez, único y dual: Ometéotl, también llamado Tloque Nahuaque, es decir, el “dueño del cerca y del junto”, a quien el ser humano sólo puede acercarse mediante la creación artística y la meditación. Concibió, también, un más allá como meta de la sabiduría: Tlillan Tlapallán, el “sitio del rojo y el negro”, cuya consecución, a través del arte y el “diálogo con el propio corazón”, sería considerada el más elevado ideal humano. Lo más probable es que estos felices y deslumbrantes conceptos tan cercanos al gnosticismo universal se generaran y depuraran en el dilatado transcurso de la cultura nahua y de la enseñanza mesoamericana y que hayan sido, en parte, atribuidos a Topiltzin. Pero, además, como hizo el Buda con la tradición hindú o Jesús con la tradición hebrea, es también posible que el rey de Tula haya prohijado una profunda reforma de la enseñanza a partir de su propia y exaltada visión.

En cualquier caso, los toltecas comprendieron bien la doctrina de Topiltzin y la hicieron suya. Con ello, la civilización se engrandece y vive un largo periodo de paz y creatividad bajo su reinado. Pero, previsiblemente, el conflicto entre instinto y austeridad, entre lo dionisiaco y lo apolíneo, surge y se agrava. El rey descubre que bajo su manto de pureza se debate la pasión y la duda. Es, en esos momentos de fragilidad, cuando los astutos nigromantes, sacerdotes del dios rival Tezcatlipoca y partidarios de los sacrificios humanos y la expansión militarista, aprovechan para revelarle su cuerpo ante un espejo. Topiltzin se aterroriza: advierte a la serpiente. Para ocultar ese cuerpo, asiento del tiempo, del instinto y de la muerte, los nigromantes taimadamente lo atavían de manera espléndida con un traje de plumas de quetzal, con máscara de turquesa, con peluca y barba confeccionadas con las plumas azules y rojas de la guacamaya. Alegoría casi literal de una serpiente emplumada, el rey se complace en su disfraz y consiente en saborear el pulque que le ofrecen los seductores magos. Manda traer a su hermana Quetzalpétatl, la embriaga también y escenifica con ella una orgía que dura hasta el amanecer. En algunas fuentes, Quetzalpétatl es sustituida para esta escena de la caída por otra faceta de la Diosa Madre: la joven diosa Xochiquetzal, la lúbrica deidad de cuyo vientre surgen las flores, la patrona de las artesanías, del amor sexual, del baño de vapor temazcal. En cualquier caso, al llegar la aurora y la resaca de la bacanal, el rey réprobo se llena de amargura y exclama la terrible verdad que lo ha tomado por asalto: “tengo el cuerpo hecho de tierra”. Su otra naturaleza le había sido cruelmente revelada: la serpiente debajo de las plumas.

La historia, el mito y la leyenda se entrelazan aún más a partir de este punto que marca el inicio de la peregrinación al oriente, verdadera huida o hégira mesoamericana. En efecto, en un afán de búsqueda y penitencia, el rey decide desertar del trono y abandonar los instrumentos de su oficio; elige la purificación por el fuego y quema sus pertenencias. Ya en camino advierte cabalmente su vejez inevitable, voltea hacia Tula y lamenta la pérdida de la ciudad sagrada apoyado en una roca, la cual queda marcada por sus manos y horadada por sus lágrimas. Al intentar disuadirlo, él replica: “el sol me llama”, y cuando avanza por una cima acantilada, que la tradición quiere sea el ahora llamado Paso de Cortés, entre los volcanes Iztazíhuatl y Popocatépetl, mueren sus acompañantes en una tormenta de nieve. Siempre al encuentro de significados, la tradición asocia en este sitio a Quetzalcóatl con Hernán Cortés, quien solía transitar por él en sus viajes hacia el Valle de México. También los asociaría, para su desgracia y la de su pueblo, el emperador Moctezuma.

Al otro lado de los volcanes, Topiltzin, el comandante del éxodo que ha quedado solo, se instala temporalmente en Cholula (“el lugar de la huida”), donde su influjo permanece visible hasta la conquista. En algún momento de su itinerario, Topiltzin decide penetrar totalmente en su naturaleza. Su espíritu desciende entonces al País de los Muertos, arranca los huesos de sus antepasados al Señor de las Profundidades, se enfrenta con terror al vacío terrible de la muerte y regresa para seguir su peregrinaje. Finalmente, llega a la orilla del mar en el sitio llamado Coatzacoalcos (literalmente: “lugar de encierro de la serpiente”), convertido hoy día en un infierno petrolero. En este lugar, se coloca un atavío de plumas, una máscara de turquesas y se prende fuego. El sol despunta tras el mar en una aurora enrojecida, al tiempo que las aves más hermosas, “la guacamaya de rojas plumas, el azulejo, el tordo fino, el luciente pájaro blanco, los loros y los papagayos de amarillo plumaje…” se acercan cantando para acompañar con un coro de música y color al corazón encendido del rey, corazón que así inflamado asciende de entre las cenizas hasta convertirse en Venus, la Estrella de la Mañana.

Bien puede advertirse que esta maravillosa escena constituye una cumbre de la mitología universal. El tema postrero se ve repetido en la leyenda egipcia del Ave Fénix, la cual tiene el poder, después de haberse consumido en la hoguera, de renacer entre sus propias cenizas. Otra versión no menos transcendental del mito afirma que el héroe embarca en una nave de serpientes y se pierde por el desconocido horizonte del oriente marino con la promesa de retornar.

Llena de prodigios fue, también, la vida de los muchos equivalentes americanos del Quetzalcóatl hombre. Así, Gucumatz es aquel rey quiché que en periodos de siete días era culebra, águila, tigre, residía en el cielo o caminaba al bajo mundo llamado Xibalbá. También milagrosa es la vida de Kukulkán, el gran señor que ocupa la ciudad de Chichén Itzá hacia el siglo XI. Por su parte antes de desaparecer por alta mar, el dios andino Viracocha vaga como un limosnero mientras enseña a sus efímeras criaturas las artes, la agricultura, la herbolaria, la escritura y la magia.

En cualquier caso, quedará para siempre en México la esperanza del retorno del héroe-dios, de la restauración de aquella cultura clásica y verdadera edad de oro, es decir de la toltequidad.

Es el anhelado retorno, es el ansiado revuelo de la serpiente.

José Luis Díaz es profesor e investigador del Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina, en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es autor de unos cientos artículos científicos y de divulgación y, entre otros, de los libros Psicobiología y conducta. Rutas de una indagación (FCE, 1989) El ábaco, la lira y la rosa (1997). El presente artículo es un fragmento de su libro más reciente, El revuelo de la serpiente: Quetzalcóatl resucitado (Herder, 2007), y se reproduce aquí con el permiso del autor.

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