El abrazo de Guayaquil

Fabiola Flores

La historia es como el velo de Penélope, ejercicio de hilar y deshilar; dicha idea me asalta una y otra vez en tardes lluviosas como esta. Revivo los hechos de mi historia inmediata para masticar este pensamiento, esa que ha llegado hasta mí vía mis ancestros: mis abuelas y sus historias. Pero aquí sólo tiene cabida este relato y es debido a su importancia. Me la refirió, en mis épocas universitarias  –hace ya varios años-, alguno de mis profesores cuyo nombre debe permanecer en secreto, pues movido por el más puro afán de no cambiar el rostro de la Historia, se vio obligado a robar ciertos folios antiguos. Mi ex profesor encontró por accidente dichos documentos, allá, en un pueblito de la sierra peruana, cuando durante unas vacaciones de verano, se ofreció a ayudar a limpiar lo que fuera una biblioteca (ahora desván) de iglesia vieja. Su joven corazón no le brindó más salida que el hurto. ¿Qué más podía exigirse de un humilde estudiante de historia?

El año, 1822; el lugar, Guayaquil; el sustantivo que se le ha adjudicado al hecho, el “abrazo”. Lo que nos dicen los historiadores con ópticas e interpretaciones que difieren, es que los dos grandes libertadores de Sudamérica, Simón Bolívar y José de San Martín, por fin, se vieron frente a frente. Que se mantuvieron discusiones, argumentaciones y juntas de carácter político. Se discutieron proyectos, se soñaron conflagraciones, se anhelaron asesinatos. El meollo del asunto es que nunca sabremos los diálogos nacidos de esos dos días de enclaustramiento. De dichas reuniones entre generales criollos no nos queda ningún registro escrito. El resultado, bañado de misterio, fue la insólita renuncia de José de San Martín a seguir tomando parte de la guerra de independencia americana. Misteriosamente claudicó, se embarcó a su tierra para peregrinar, lleno de dolor, a la tumba de su esposa; y embarcarse, después, a una vida de retiro en Europa. Sin embargo, los viejos folios que mi profesor me mostró en un arrebato de confianza, indican otra cosa.

Redactados  por un tal Santiago del Llano y Serna, lugarteniente de Alexander Cochrane, y fechados en 1841 bajo el título “Recaudo de los mitos y memorias de las gentes de la sierra y costa del Perú”, dichos folios son manuscritos e incluso contienen indicaciones para su publicación, la cual sospechamos nunca se consumó. Mi ex profesor ha dedicado su vida a la búsqueda, casi condenatoria, de alguna copia, referencia o cita histórica de dicho manuscrito. En sus treinta años de academia itinerante, nunca ha tropezado con nada.  La obra sólo le dedica un capítulo a la historia del general San Martín; lamentablemente el estilo es parco y escueto en fechas o lugares. Procedo a relatar, en mis palabras, lo dicho por Del Llano y Serna.

José de San Martín (1778-1850)

El invierno de 1822, al parecer, fue más severo que de costumbre. Para esas reuniones a puerta cerrada entre generales, se dispuso que constantemente entraran sirvientes cuyo trabajo era ofrecer un suministro continuo de chocolate y café caliente. Abreviaré las descripciones físicas -en las cuales es pródigo nuestro autor- de la mulata que capturó la atención de San Martín. Algunos la llamaban Camila, otros decían que su nombre real era Emilia; lo cierto, es que se incorporó a las huestes de mulatos  incondicionales de Simón Bolívar, esos que le siguieron desde Haití atraídos por su proyecto abolicionista y de “hermandad” continental. Camila destacaba en belleza, sobra decirlo, y esa característica le señaló el destino de la servidumbre desde antes de nacer. Su madre, hermosa también, había sido destinada al servicio personal de su dueño, Monsieur Tremblay, quien aterrorizado huyó con familia y sirvientes a la isla de Cuba mientras pasaba el terremoto de la revolución, la independencia y su demagogia. Logrando salvar el cuello, volvió por sus fueros, no sin antes establecer tratos con los generales, ahora dueños de la isla, para hacerles partícipes de la bonanza de sus cañaverales recuperados.

Entre sus acompañantes se encontraba Camila, adolescente nacida en Cuba, bella y bilingüe prueba de bastardía. Hubo quienes refirieron que Bolívar la había incluido en su círculo de sirvientes cercanos, pero no tanto como para siquiera percibir el olor a pólvora. Más bien perteneció  a su “cuerpo logístico” de tramas de alcoba. Pasaremos de largo los pasajes  “coloridos” de la historia, abreviaremos y diremos que al parecer, a Bolívar se le presentó la victoria más fácil de lo que él esperaba. Un breve cortejo de tres tazas de espeso chocolate sentó la decisión. En un receso que se permitió Bolívar para fumar un puro, le envió un mensaje a su honorable contraparte: “que es suya desde este momento, y que su señoría puede ejercer sobre ella a libertad”, enunció el heraldo. Lo siguiente, fue una ola de rumores, invenciones y especulaciones.

Es difícil de creer que el olvido se haya apoderado de lo que en su momento fue evidente a todo mundo. La narración de Del Llano y Serna procede a plasmar toda la imaginería que rodeó al asunto: que la mulata llevaba instrucciones de Bolívar, que en realidad ella albergaba su propia ambición que la dibujaba como emperatriz de las provincias liberadas, que su contacto con las malas artes que aprendió en Cuba y Haití esculpieron en ella un alma maléfica y por naturaleza destructiva. No faltó quien redujo la historia a la simple y llana respuesta: “lo que pasa es que lo embrujó para irse a vivir a Europa, un destino que a ella sólo se le revelaba en sueños”.

Al parecer, nunca encontraremos la llave que abre el cofre de Clío pues la guarda celosamente. El argumento final de José de San Martín nos dice:

“Bolívar y yo no cabemos en el Perú […] si lograse afianzar en el Perú lo que hemos ganado, y algo más, me daré por satisfecho; su victoria sería,  de cualquier modo, victoria americana”.*

Es una insólita revelación, difícil de adjudicar a aquél que cruzó los Andes vestido de épico atletismo. Como insólitos son también, esos registros de la imaginación colectiva que reunió Santiago del Llano y Serna, donde se nos cuenta de la historia de la mulata de San Martín; los esfuerzos vanos de su hija, la niña Merceditas, para eliminar esa mujer que ahora los separaba; los largos años europeos y esos intentos inconclusos del regreso a la patria; que esas “artes” de Camila fueron las que pródigamente obsequiaron al general el regalo de una larga vida. Confiero a usted, lector, el balance final.

Fabiola Flores estudió la licenciatura en Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha trabajado en México en la investigación en ciencias sociales y estéticas; ha sido guía en el Museo Dolores Olmedo, correctora de estilo y maestra de educación media superior. Actualmente vive en Toronto, donde cursa un certificado de traducción en la Universidad de York.

*Barreda Laos Felipe. General Tomás Garrido-Relaciones Históricas. 2ª. Edición, Buenos Aires, 1943. p. 359

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