Edgardo Moreno
Me di cuenta de que quería dedicarme a la música cuando tenía quince años de edad. Me encontraba en la casa de un amigo y él estaba aprendiendo a tocar la guitarra. Tan pronto como lo vi tocando las cuerdas, me entusiasmé. Volví a casa y les pedí a mis padres una guitarra. Mi padre accedió inmediatamente a comprarme una. Se alegraba por mi interés, creo que por dos razones. Una es que cuando era pequeño no le estaba permitido aspirar a nada en relación con la música, a pesar de que mi abuela tocaba el piano, porque “no era una profesión a seguir”. La segunda, porque vivíamos en un barrio de viviendas sociales relativamente “malo” en el norte de Toronto y pensaba que la música me mantendría alejado de problemas.
Llegamos de Chile cuando tenía diez años de edad, en diciembre de 1974, como refugiados políticos. Yo era el mayor de cuatro hermanos. Mi padre llegó en octubre y mi madre y el resto de nosotros lo alcanzamos la víspera de Navidad. Como niños, teníamos sentimientos muy encontrados en cuanto a venir a Canadá. Estábamos emocionados ante la perspectiva de vivir en un país nuevo, pero también estábamos tristes por dejarlo todo y a todos. Los primeros meses fueron muy duros para todos nosotros; en realidad, una conmoción. Nos tuvimos que acostumbrar a un idioma nuevo y a un clima y cultura muy distintos.
En aquellos días no existía, realmente, una comunidad hispana en Toronto de la cual se pudiera hablar. El Centro para Gente de Habla Hispana apenas se estaba iniciando. Mi primera impresión como niño en la escuela fue de distanciamiento en términos de amistades con otros estudiantes. No aparentaba ser un lugar muy amigable en comparación con Chile, en donde los niños compartían cierta camaradería, quizás basada en el hecho de que todos compartíamos una cultura común. Sólo había alrededor de otros cinco latinos aquí, en mi escuela. Mis primeros amigos fueron chicos chinos, portugueses, coreanos y ecuatorianos a los que conocí en la clase de “Inglés Especial”. A pesar de la sensación de rechazo sentí que el sistema de educación se interesaba por mí como estudiante; los maestros siempre eran amables con nosotros y nos alentaban a aprender en sus clases. Mi padre nos compró patines para hielo y palos de hockey y nos llevó a la pista de patinaje. Debíamos adaptarnos, y, en sus palabras, “hacer lo mejor de lo que Canadá tenía para ofrecer”.
Nos mudamos al norte de la ciudad y crecimos alrededor de anglocanadienses y, básicamente, no tuve contacto con otros latinoamericanos hasta más tarde, en mis veintes. Visto en retrospectiva, pienso que fue duro no tener cerca a otros latinos, pero fue bueno porque nos animó a estar más involucrados y en armonía con la sociedad y las costumbres canadienses. Echamos mucho de menos a Chile, pero pienso, como muchos chilenos, para parafrasear a Isabel Allende, que inventamos el país que dejamos atrás y al que anhelamos volver. El Chile de nuestra imaginación no existía realmente, al menos, ya no más.
Como la mayoría de los niños, heredé los primeros gustos musicales de mis padres. En nuestra casa escuchábamos mucha música chilena: Víctor Jara, Violeta Parra, Inti-Illimani. También escuchábamos otra música latinoamericana de Cuba, Perú, Venezuela, etc. Mi padre ama la música clásica así que también escuchábamos mucho Beethoven, Mozart y Grieg. Toda la música que escuché de niño ha influido en mis creaciones. Aún escucho mucha de la música que escuché en casa con mis padres. Siempre existe un hilo que conecta mis gustos musicales de hoy con los de mi niñez.
Tras un par de años de lecciones privadas, me inscribí en el Conservatorio Real de Toronto y estudié guitarra clásica durante tres años; posteriormente estudié música en la Universidad de York. Steve Wingfield fue mi maestro en el conservatorio y fue él quien me presentó a los primeros músicos chilenos que conocí en Toronto.
He colaborado con muchos otros músicos, con directores de teatro, coreógrafos y cineastas, algunos de ellos de origen latinoamericano y otros no. Entre mis colaboraciones más memorables se encuentra el trabajo que hice con la compañía de danza contemporánea canadiense llamada kaeja d’Dance. He trabajado y viajado mucho con esta compañía por todo Canadá. También hicimos juntos un recorrido por Suecia, el cual fue particularmente memorable. El norte de Suecia es increíble en el verano. Estábamos ahí creando una pieza que fue representada en un granero convertido en teatro. Parte de la pista de baile fue hecha de plexiglás y podíamos ver las vacas en sus establos debajo de la pista de baile. Estábamos tan al norte que no había noche y apenas dormíamos; corríamos alrededor de campos y tumbas vikingas a todas horas.
Avanzar en mi carrera musical ha sido, a veces, un reto porque me veo a mi mismo como una persona tímida y como compositor es muy importante a quién conoces, así que es imperativo hacer conexiones y salir y conocer gente en festivales y fiestas. Esto lo encuentro desafiante porque pienso que culturalmente, en Latinoamérica, venderse como artista no es tan aceptable. Por ejemplo, sé que las palabras ambición y ambition tienen diferentes connotaciones en los dos idiomas; en inglés tiene un tono positivo, pero en español puede ser considerada una crítica negativa. Pero estoy mejorando en esto de ser ambicioso.
Desde el momento en que decidí convertirme en un músico profesional supe que quería ser compositor y componer para el cine. He hecho muchos trabajos en bandas sonoras de películas y un punto destacado en este año ha sido mi trabajo en un largometraje para el que compuse la música y que fue presentado en el Festival Internacional de Cine de Toronto el mes pasado, un documental realizado por Malcolm Rogge que se llama “Bajo Suelos Ricos”, sobre la industria minería en Ecuador. Estaba muy contento por ello.
Mis gustos musicales han cambiado bastante a lo largo de los años. Escucho todo tipo de música, pero paso por periodos en los que escucho más un género que otro. La tecnología ha cambiado la forma en la que se produce y se consume la música; en muchas formas el proceso de creación ha sido democratizado dando como resultado una avalancha virtual de creación. Uno puede escuchar música buena -y mala- de todo el mundo a sólo un clic de ratón.
La música latinoamericana siempre está ahí, de manera involuntaria, cuando creo cualquier cosa. A veces debo detenerme conscientemente para no acabar escribiendo algo en un estilo latinoamericano determinado. Sucede naturalmente. Tengo experiencia con muchos instrumentos andinos; hace años recibí una beca para viajar a Venezuela y estudiar sus tradiciones populares. Todas estas experiencias han inspirado mi proceso creativo hasta cierto punto. También estudié música clásica y he tocado en bandas de rock aquí en Toronto, así que definitivamente no quisiera considerarme sólo un músico latinoamericano. No me gustaría convertirme en el “compositor latinoamericano” que trabaja en la industria cinematográfica. Por otro lado, no hay duda de que mi estatus como chileno-canadiense haya afectado mi perspectiva como músico. Chile tiene una fuerte tradición en canciones populares y de protesta, y pienso que aún busco esas cosas en los artistas que escucho. No pienso que la música deba estar necesariamente al servicio de las causas dignas; a veces la política hace que el arte se fortalezca y a veces lo degrada. Artistas como Bruce Cockburn han encontrado formas poéticas de lidiar con asuntos políticos en la música. Mi parte chilena busca estas conexiones entre política y arte.
He vuelto a Chile cantidad de veces, y me siento conectado a él de forma extraña. No es tanto la cultura o la gente, sino la geografía. Cada vez que estoy allá veo maravillado las montañas y valles y pienso, “¡caramba!, yo nací aquí”. Ahora mis padres se han retirado y viven allá; a mí me gustaría imaginar que alguna vez, en el futuro, yo también podría vivir allá por algunos años. Pero por ahora, en Canadá me siento en casa. Realmente me gusta vivir aquí. Es una sociedad tolerante y abierta, y comparto estos valores. Me gusta ser crítico desde dentro, como un ciudadano, en lugar de ubicarme como un extranjero. Después de todo, aquí en Toronto, la mayoría de nosotros somos inmigrantes, ya sea que hayamos venido de Santiago de Chile o de North Bay.
Traducido por Karin Otterbach
Edgardo Moreno es un compositor canadiense nacido chileno, con base en Toronto. Para mayor información de próximas representaciones de su obra, y para escuchar muestras de sus grabaciones, visite su página de Internet.