Hace poco tuve una discusión con otro traductor sobre el uso de la palabra inglesa “alien”. Los que hemos crecido expuestos a la expresión cinematográfica de la aterradora imaginación de Ridley Scott, probablemente nos sorprenderíamos al ver que, en la mayoría de los diccionarios ingleses, la primera definición de la palabra “alien” no es “criatura de otro planeta”. En el Diccionario Oxford, por ejemplo, la primera definición para el sustantivo es: “extranjero, especialmente aquél que no es ciudadano natural del país en el que vive”. La definición sideral del sustantivo solo aparece en el segundo lugar. Para la forma adjetivada, hay tres definiciones: (1) “perteneciente a un país extranjero”, (2) “desconocido e inquietante o desagradable” y finalmente, (3) “supuestamente de otro mundo”. En cualquier caso, independientemente de los usos aceptados de la palabra “alien”, yo diría que para la mayoría de los angloparlantes evoca imágenes de criaturas espantosas con forma de lagarto o mutantes aterradores, y por lo tanto, ya no es un término apropiado para referirse a nuestros semejantes, los seres humanos.
Mi colega discrepó fervientemente, argumentando que “alien” es una traducción del todo legítima de la palabra española “extranjero” (la cual se traduciría al inglés comúnmente como “foreigner”, palabra que no conlleva asociaciones secundarias o connotaciones negativas), al menos en los contextos oficiales relacionados con la inmigración. Su argumento se basaba, sobre todo, en el hecho de que el término es muy usado por varios departamentos del gobierno estadounidense, tales como el Servicio de Ciudadanía e Inmigración o el Departamento de Seguridad Nacional, para referirse a las personas que no tienen la nacionalidad estadounidense. El trasfondo de nuestra diferencia de opiniones sobre este tema se reduce a dos puntos de vista diferentes sobre el papel que desempeña el traductor: si aceptamos que la palabra “alien” tiene una connotación negativa, ¿no estamos nosotros, como traductores, tomando una posición ideológica que perpetúa lo que probablemente es un reflejo de la falta de sensibilidad en la sutileza del idioma a niveles oficiales, si no es que una decisión consciente de asociar a los extranjeros con la imagen de lo “desconocido e inquietante o desagradable”? ¿Debería esperarse de los traductores que reafirmasen las elecciones léxicas que insinúan la presencia de la intolerancia ante las diferencias culturales, o deberíamos nosotros, como agentes culturales, asumir la responsabilidad ética de revertir tal intolerancia?
Se puede argumentar que le estoy dando demasiada importancia a un detalle relacionado con la elección de las palabras. Sin embargo, las palabras que elegimos pueden alterar decisivamente la manera en la que se entiende el mensaje, y cuando esas palabras son traducidas, las elecciones lexicográficas específicas del traductor pueden tener repercusiones en las relaciones interculturales. Un claro ejemplo de ello es un artículo escrito por el experto literario estadounidense Manuel Hernández-Gutiérrez sobre las relaciones literarias entre México y los escritores de ascendencia mexicana en los Estados Unidos(1). En este artículo, Hernández-Gutiérrez se muestra particularmente crítico con la manera en la que el novelista Carlos Fuentes representa a los estadounidenses de origen mexicano en sus novelas. Un ejemplo clave que ofrece de esta representación consiste en la única alusión de Fuentes a los mexicanos en los Estados Unidos en su novela La muerte de Artemio Cruz, en la que se refiere a ellos como “wetbacks” (lit. “espaldas mojadas”), término que alude de manera despectiva al cruce por el Río Bravo a los Estados Unidos de algunos mexicanos. No obstante, la crítica de Hernández-Gutiérrez a Fuentes por su elección de palabras ignora el hecho de que no fue Fuentes quien eligió el término, sino su traductor al inglés, Sam Hileman. En la novela original, Fuentes usa la palabra “braceros”, término derivado de la palabra española brazo, que se usaba comúnmente para referirse a los jornaleros. En los años sesenta, cuando Fuentes escribió la novela en cuestión, el término había sido adoptado por el gobierno estadounidense para referirse a un programa oficial que traía a trabajadores de México para cubrir la falta de mano de obra en las granjas estadounidenses. Siguiendo el criterio de búsqueda de un equivalente semántico en el idioma destino, la elección de Hileman parece razonable; tanto “bracero” como “wetback” se refiere a los mexicanos que emigran a Estados Unidos. No obstante, mientras el primero los asocia a su función esencial de sustentar la economía estadounidense, el segundo los asocia exclusivamente a la supuesta transgresión de cruzar una frontera sin el permiso de aquellos que la vigilan. Hernández-Gutiérrez ha interpretado de manera justificada esta elección de palabras como una señal de una actitud desdeñosa hacia los mexicanos que viven en los Estados Unidos. Sin embargo, se equivoca al atribuir dicha actitud a los intelectuales mexicanos como Carlos Fuentes, porque la elección de las palabras no fue suya. Este pequeño, pero claro ejemplo, muestra el papel que el traductor puede desempeñar para contribuir al entendimiento intercultural o, como en este caso, al malentendido intercultural. Teniendo en cuenta el número de elecciones que el traductor tiene que hacer al traducir una novela, ensayo o incluso un discurso político, el efecto acumulativo de estas elecciones en un texto puede ser potencialmente drástico, si no es que catastrófico.
La misión de promocionar el entendimiento intercultural es incluso más complicada cuando la misma palabra asume significados diferentes y a veces opuestos en dos idiomas diferentes. Un dilema recurrente al cual se enfrentan a menudo los traductores latinoamericanos es el de qué hacer con “América”. Los problemas asociados con la traducción al inglés de este nombre propio aparentemente simple reflejan un abismo ideológico entre el punto de vista latinoamericano y el angloamericano sobre el mundo y nuestros respectivos lugares en él. Para los latinoamericanos, América es un continente que se extiende desde Tierra del Fuego hasta el Polo Norte. Pero en inglés, tal continente no existe; la masa de tierra denominada América en español son dos continentes: América del Norte y América del Sur, y el nombre América, por sí solo, se usa invariablemente para referirse a una nación que ocupa una porción relativamente pequeña de esa masa de tierra. Nosotros damos por sentadas estas denotaciones, pasando por alto su inherente absurdidad; ¿cómo es posible que el lugar llamado “América” forme parte de una región más grande llamada “América del Norte”, y no al revés? Muchos latinoamericanos se han sentido ofendidos por lo que ellos consideran una apropiación del nombre de su continente, interpretando aquí que su región de “América”, tal y como el periodista uruguayo Eduardo Galeano dice, es vista como “una sub América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación”(2). Posiblemente esta idea nunca se le ha venido a la mente a la mayoría de los angloparlantes, dado que desde la escuela primaria hemos sido educados para ignorar la ilógica implícita en la afirmación que parece hacer nuestro lenguaje de que América y América Latina son dos lugares diferentes. Los traductores tienen que decidir cómo cruzarán la brecha ontológica cada vez que se enfrenten a esta simple palabra que en español atrevidamente afirma que todos los que vivimos aquí en “las Américas”, en realidad compartimos un solo espacio.
Lo que intento decir aquí ya lo ha resumido muy bien Mona Baker, una de las autoras más prolíficas en el campo de la traductología. Según Baker, los traductores tienen que “reconocer el hecho de que participan de manera decisiva en la promoción y la circulación de narrativas y discursos de varios tipos”(3). Por lo tanto, no existe algo así como una “traducción neutral”, puesto que las elecciones que hacemos como traductores reflejan nuestras posiciones ideológicas, tanto si son conscientes como si no lo son.
Mi propia posición ideológica en relación con la traducción se basa en la creencia de que ésta tiene el potencial de disolver fronteras. Las traducciones nos pueden abrir a diferentes maneras de ver el mundo, pueden enriquecer nuestro entendimiento de lo que significa ser humano. Si, por el contrario, elegimos ver estas diferencias como “alienígenas”, las fronteras que hemos construido a nuestro alrededor serán tan impenetrables como los muros de las fortalezas…o de una prisión.
Traducido por Adrijana Jerkic
Notas
1 Manuel de Jesús Hernández-Gutiérrez, “Mexican and Mexican American Literary Relations” in Mexican Literature: A History, Univ. Of Texas Press, Austin, pp. 385-437.
2 Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, Siglo Veintiuno Editores, México, p. 16.
3 Mona Baker, “Narratives in and of Translation”, SKASE Journal of Translation and Interpretation 1(1): 2005, p. 4.

¡Que excelente artículo! ¡¡¡Gracias!!! Que artículos como éste abran nuevos panoramas para romper con los arquetipos clásicos de México y Latinoamérica en el extranjero, en especial en los Estados Unidos.