El frío prometido

Darío Vanegas Leaño

30 de noviembre del 2007. Aunque no han pasado ni siquiera cinco años, los recuerdos son muy vagos. Mi esposa y yo, subiendo maletas a las básculas del aeropuerto en Bogotá. Siete en total. Pasadas las 9 de la noche, el último abrazo a la madre y al hermano. A las 11, me llaman para abrir parte del equipaje frente a un policía. La colección de discos compactos despierta la curiosidad del encargado de los Rayos X. Música, no explosivos. “Puede cerrar y volver a la sala de espera”.

El avión despega minutos antes de la media noche. Cuando amanezca, estaremos al norte del continente, a muchos kilómetros del mundo que ya conocemos. Los dos niños, uno de seis años y el otro a una semana de cumplir los dos, duermen tranquilos. El lugar común dicta un: “duermen tranquilos, porque no entienden lo que está pasando”. Mentira. Si así fuera, mi esposa y yo también hubiéramos dormido. ¿O es que nosotros sí entendíamos lo que estábamos haciendo cuando dejamos el trabajo, empacamos libros, música y ropa y nos despedimos de los amigos?

¿Inconscientes? No. O quizás sí. Inconscientes como la mayoría, como nosotros mismos, frente a cada decisión importante que se toma en la vida. Y es que es muy difícil ser consciente, cuando se opta por algo que jamás se ha vivido. Imaginamos muchas cosas. Mi esposa y yo, durante los meses previos al viaje, dedicamos muchas horas a imaginarnos cómo sería nuestra vida futura. Horas desperdiciadas, vinimos a darnos cuenta después, porque a la realidad poco le importaron nuestras suposiciones.

Tocamos pista en Toronto. Se abre la puerta. Un pasillo largo. Paredes pintadas con un verde muy claro. Ventanas al fondo, nos acercamos y ahí está, frente a nosotros, “el frío prometido”. Los cuatro, adormilados, encalambrados después de seis horas y media de vuelo, caminamos tras los demás pasajeros. El primer biberón para el menor de los niños no es bien recibido. A limpiarlo en un baño y a llenar formularios. Después de una hora, mi familia y yo recibimos oficialmente el título de inmigrantes.

Afuera, mientras descubrimos que la misma avenida, las mismas casas y el mismo cielo se ven diferentes cuando en lugar de visa de turista se tiene la de residente, comenzamos un complejo proceso de aprendizaje, un proceso que cubre asuntos tan básicos como la clasificación de la basura y la remoción de la nieve, hasta temas un tanto más complejos, como el cambio de profesión y la afortunada redefinición del término “familia”.

Casi cinco años después, ya no soy inmigrante. Legalmente, mi estatus ha cambiado, así como mi oficio. Mis hijos dominan el inglés y yo, ocupado en recordarles a cada minuto el español, aún no termino de escuchar los discos que traje desde Colombia. Pero no solo fue el estatus que cambió. Nosotros hemos cambiado, mucho más de lo que hubiéramos cambiado si, en un ataque de cordura, el 28 o 27 de noviembre del 2007, hubiéramos deshecho las maletas y quemado los pasajes.

¿Qué hemos descubierto? Un mundo con más matices y olores de aquellos que nosotros creíamos que existían. Un parque donde nuestros hijos aprenden que su color, su idioma y sus creencias no son los únicos que existen. Una calle donde no cruzamos la acera, cuando un desconocido se aproxima. Claro, también he descubierto que la palabra “patria” designa un sentimiento y no un concepto y que se puede estar aunque no se pertenezca y pertenecer aunque no se esté y a veces duela.

¿Es correcto escribir: “aunque no han pasado ni siquiera cinco años, los recuerdos son muy vagos”? Definitivamente, no. Cuando nos vemos forzados a deshacernos de lo que creíamos que éramos, cuando quedamos envueltos en un proceso de aprendizaje eterno, cuando todo nos resulta tan nuevo, cinco años son tiempo más que suficiente para que en nosotros solo queden recuerdos vagos.

Darío Vanegas Leaño es escritor de orígen colombiano. Actualmente vive en Milton, Ontario

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