El escritor mexicano Joan Francisco Matamoros nació en el fronterizo estado de Chihuahua en México, y a los doce años se mudó con su madre a la ciudad de Toronto, donde cursó gran parte de su educación secundaria. A los dieciséis años regresó a Chihuahua para vivir con su padre. Luego decidió retornar a Toronto para tratar de establecerse aquí y estudiar. Empezó a escribir cuentos con seriedad a los dieciséis al regresar a México donde se puso de nuevo en contacto con el idioma español.
La Puta de Reina
Joan Francisco Matamoros
El verano se me escurría por las manos. Ahora se requería una sudadera por las noches que por cierto llegaban más temprano que las semanas anteriores. Todo era como pasar por un espejo y convertirse en el reflejo o da igual si viceversa. Verano-No importa-Invierno-No importa-Verano. Un conteo regresivo hacia el invierno y mi etapa más oscura con pensamientos suicidas día y noche. Como un reto a la imaginación, el cómo y cuándo ponían a prueba mi ingenio. ¿Dramático o no dramático? Eso no importaba pues ni siquiera me atrevería. Seguiría con esa existencia pútrida oscurecida aun más por ese miedo de regreso al invierno y consecuentemente su llegada con fecha perentoria a la vuelta de la esquina.
Creo que fue esa oscuridad en escalada que me llevó a esa esquina en el lado oeste pasando ese hotel en boga. Merodeando yo como un perro, fue en la última recta que me topé con ella, tan lajeada por la vida con sus senos caídos y su cara arrugada y sobre maquillada.
Supongo que ella pensó que yo había llegado ahí directamente por ella y se me acercó advirtiéndome los precios y los servicios que ofrecía. La miré con desconcierto humorístico.
-¿Perdón?
-Sí. Veinte dólares la mamada y setenta la cogida. Cien por las dos pero solo anal. Si me caes bien hago otras cositas de pilón.
Yo tan solo levanté la ceja a manera de desprecio haciendo que ella se alejara con sus constantes temblores en el cuerpo y tics con frunciones extrañas del ceño. Pero la curiosidad y algo más me hicieron llamarla de nuevo.
-¡Oye tú!- Ella volteó. – ¿Y qué tal están tus mamadas?
Esa pregunta le iluminó el rostro de una manera que aún no me explico. Tal vez era por el hecho de darle espacio a comentar en sus habilidades en la profesión del sexo servicio.
-¡Wonderful they are! – me contestó en inglés.
La invité a que se acercara a mí para discutir más a fondo. Todo esto me causaba una sensación de peligro que de una u otra manera me excitó haciéndome ignorar aquella horrible dentadura y tufo que casi lo llevaban a uno a la inconsciencia. Nos metimos a uno de los callejones y me desabrocho el pantalón poniéndose ella de rodillas.
En verdad era profesional en la materia. Su estado de intoxicación le impedía simplemente concentrarse en aquel servicio y cada momento que no tenía su lengua ocupada con mi miembro lo usaba para comentar sobre su vida y su profesión. A pesar de esas interrupciones el trabajo fue muy bien hecho dejándome pensando sobre si debiera gastar unos ochenta dólares más y descubrir de qué se trataba aquel pilón, pues según yo sí le caía bien. Al finalizar lo hecho extendió su mano a mí. Le pase un billete de veinte y uno de diez. Me sonrió y sin siquiera despedirse agarró camino de vuelta a la calle principal.
-Ayúdame a conseguir un poco de crack.- Le demandé.
Ella detuvo su paso fríamente y volteó a mirarme.
-¡Qué te pasa imbécil! Me ves cara de tonta. Tú consigue tu crack.
No entiendo la lógica en estos lugares del bajo mundo pero según yo estábamos en buenísimos términos. Más tarde un amigo de por aquellos lugares me platicó sobre aquel personaje. Cuenta con más de cincuenta años de edad y se le ha dado el nombre de puta de dicha calle llena de sorpresas.
Por algún tiempo trabajé en un lugar de comida rápida más hacia el este de donde la conocí. Mis horarios eran los de las altas horas de la madrugada y algunos cuantos días ella se paseaba por ahí y a veces compraba una botella de agua inclusive dejándome una buena propina.
Ahí comenzó mi obsesión en su belleza femenina. Era una mujer curtida e imponente dependiendo de qué ángulo se le observase. No pasaba una noche en aquel trabajo que yo no esperara a que pasara por su botella de agua y me mirara sin siquiera recordarme. Eso, más que insultarme o agraviarme me hacía más atraído a ella. Una de esas noches comenzó la obsesión.
Fui diligente al cerrar el local para no enojar al jefe. Después la seguí con cautela. Caminaba kilómetros y kilómetros, bajamos hacia el sur por un lugar lleno de antiguas destiladoras de whisky, el sol comenzaba a salir y entró en una de esas fábricas viejas.
Me acerqué tomando las debidas distancias para encontrarme con alrededor de quince otras personas, al parecer la estaban esperando ahí. Sentía el cansancio de tanto trabajo y poco sueño y el sol naciente me cegaba un poco la vista mas vi que todos ellos se cerraron en un círculo y simplemente se sentaron ahí. ¿Simple tertulia? No lo creo.
En cuestión de minutos más de la mitad se encontraban tirados en el suelo bajo el efecto de algo que a juzgar por sus rostros, traía mucho placer. Decidí que ahí concluyera mi jornada por el momento. Fui a casa y dormí. Esperando el invierno.
Las siguientes noches me sentía casi confidente de ella. Tenía identificada toda su rutina que era principalmente nocturna, logré identificar a sus clientes regulares y demás cosas interesantes. El hecho de que no me reconociera cada vez que iba al local a comprar su agua pudo haber herido mi orgullo sin embargo encendió aún más aquella llama en mí. La seguí atrás del Big Bop (club nocturno en Queen y Bathurst) y la vi sacar un enorme miembro de su pantalón para orinar en la esquina como cualquier hombre lo hubiera hecho. Aquello me hizo considerar algo. Si ella podía hacer su papel tan bien por qué yo no. ¿Por qué yo no podía ser ella? Tal vez así el invierno se tornaría más interesante. La decisión estaba hecha, sería yo su victimario.
El lugar de mi fechoría seria aquel parque gigantesco y verde. Ahí donde los jóvenes acudían a fumarse un troncho o después de las fiestas ya al amanecer. Eso sería un problema. Obviamente nadie debía de ver. Si era paciente y suertudo coincidiríamos yo y ella ahí alrededor de las tres de la mañana cuando la gente se había ido y antes de que llegaran más.
Tardó semana y media para que a dicha coincidencia de cuerpos le tocara su turno. Me había vuelto como su sombra para ese entonces y sabía perfectamente la velocidad de sus pasos, le corté el camino y simplemente disparé el gatillo en su cabeza. Traté de hacer el menor escándalo posible. El otoño ya estaba sobre nosotros y mi cordura parecía haber volado como las hojas en esa época. No solo era falta de cordura sino falta de prudencia pues cometí la osadía de enterrarla ahí mismo como un gesto de respeto a su persona y alma siempre merodeante del lugar. Su cuerpo estaba ahí abajo unos seis pies desnudo. La peluca, joyas, zapatos y vestido habían sido heredados por mí. La nueva puta de Queen.
La nieve azotaba mi nueva cara maquillada. Algo que permanecerá como signo de interrogación es el domicilio exacto de la difunta señorita. Después de meses de seguirla no pude descifrarlo. Al parecer moriré congelado, digo congelada.