Que duermas bien, José Miguel

Humberto Benjamín Clavería

Que duermes bienManuel Urrutia no podía conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos pensaba en el cráneo agujereado que tenía un diente de oro y que había guardado en la mochila. Parecía sentir que la calavera salía del morral cubierto por tejidos blandos, y una coronilla tapizada de cabellos abundantes y jóvenes. Se le erizaba la piel de sólo pensar que de pronto esa cabeza sin cuerpo iba a cobrar vida, se acercaría a él y comenzaría a hablarle, a decirle quién era, a contarle su pasado. O quizás iba a llorar o a reír. Y el diente de oro brillaría con la luz de la lámpara de noche.

Al día siguiente esperó que la madre se fuera al trabajo para seguir las instrucciones de hervir el cráneo en una solución suave de soda cáustica para limpiarlo de cualquier resto de tejidos blandos. Después del baño en el ácido suave, el diente de oro cobró el brillo del pasado y los huesos limpios pasaron de un color café amarillento a otro blanquecino casi marfil.

Manuel Urrutia había ingresado al primer año de medicina y necesitaba huesos, tal vez un esqueleto completo para memorizar los vericuetos de la anatomía. Uno de sus compañeros le había recomendado ir al cementerio donde un panteonero viejo guardaba huesos y dientes de cadáveres que ya nadie reclamaba y que luego vendía a muy buen precio a los estudiantes de ciencias médicas.

Cuando Manuel visitó al traficante de osamentas se quedó perplejo al ver ese cráneo que tenía características que le llamaron la atención. Los maxilares estaban intactos, poblados con sus treinta y dos dientes permanentes, con el incisivo central superior derecho cubierto por una corona de oro. Había un hueco en el lado izquierdo de la frente. Y, a pesar de contar con ese forado que parecía haber sido hecho por un disparo a quemarropa, el vendedor de huesos le advirtió que el cráneo era caro por estar casi intacto, y por el diente de oro.

Después del hervor en el ácido durante la mañana, Manuel puso el cráneo a secar sobre el escritorio, donde ahora yacía inerte, limpio, semejando un cráneo artificial.

Manuel Urrutia nunca había esperado con tanta ansiedad como ese día el regreso de su mamá para mostrarle la sorpresa: el cráneo listo para sus estudios.

Como de costumbre, Soledad Valdivieso llegó pasadas las cinco y tan pronto como entró a la casa, caminó directo a abrazar a su hijo. A ella nada la asustaba. Había vivido sólo para Manuel, para verlo un día ser médico. Pero cuando descubrió el cráneo se detuvo en seco y desde lejos comenzó a observarlo con detención.

Se acercó y lo tomó en sus manos. Con dedos expertos tocó el diente de oro que ella conocía muy bien y que jamás había olvidado. Recorrió con ojos ávidos de respuestas todos los ángulos de esa calavera. Y, sin ninguna duda, la apretó contra el pecho mientras estallaba en llanto.

Sollozando besó aquella coronilla, acarició los huesos del pómulo, el mentón y la frente acribillada. Manuel creyó que su mamá se había vuelto loca.

Hasta que, entre lágrimas, le fue relatando la historia de su único hermano, José Miguel Valdivieso, a quien Manuel conocía vagamente por las conversaciones de su familia como su tío José Miguel, quien hacía más de cuarenta años había tomado la misma decisión que él: ser médico.

Le contó detalles que él recordaba lejanamente narrados por sus abuelos y ahora parecían fluir frescos de la memoria de su mamá: la vida estudiantil, las marchas de apoyo, el golpe de estado, la desaparición.

Le dijo que José Miguel había dedicado su juventud a los necesitados hasta la caída del gobierno, tiempo en que desapareció sin rastros. Y si alguien hacía preguntas, corría el riesgo de ser apresado. Así que fue mejor callar, dejar todo bajo una espesa capa de silencio, un suspenso angustioso que no le permitía ser feliz, con esa incógnita sobre su paradero, que ahora después de cuarenta años, parecía tener respuesta: el cráneo con el diente de oro que lo hacía inconfundible, había aparecido.

-Es él, mi único hermano, tu tío José Miguel. Yo lo sé. Este diente de oro es único, yo misma le hice ésta corona en mi último año de odontología.

Manuel le contestó incrédulo.

-Mamá, ¿acaso te has vuelto loca? ¿Cómo puedes estar tan segura?

Ella, conmovida con el hallazgo, cerró los ojos en un trance profundo y empezó a recordar a José Miguel como tantas veces lo había soñado, en una celda, sucio y sin comida, muerto de frío, llorando en silencio, loco de angustia.

Soledad Valdivieso lloraba aferrada al cráneo, lo único tangible que la unía a su hermano muerto. En su mente continuaba el desfile de imágenes, aquella voz, aquella risa contagiosa, las palabras de antaño, la locura de la juventud. Luego, disparos, bombardeos aéreos, toque de queda, el tronar de muchas botas, silencio de muerte, el general dando órdenes. Entonces, enloquecida gritó:

-¡Infames, animales, asesinos, hijos de puta! ¿Por qué?

Manuel la escuchaba petrificado.

Después de un momento, Manuel se acercó y la abrazó, mientras Soledad, aún aferrada al cráneo, se fue deslizando sobre un sofá diciendo cosas sin sentido.

-Está bien, mamá. Si tú dices con certeza que este cráneo es de mi tío José Miguel, le daremos sepultura, lo cubriremos de flores, con sándalo y musgos de encinas milenarias de este valle de tierras volcánicas.

Sollozando, Soledad Valdivieso se dirigió al cráneo y le dijo:

-Yo te prometo que nadie volverá a quitarte el lugar que te corresponde, ni traspasará tus sueños con un proyectil destructor, ni venderán tus huesos como restos inservibles.

Luego, acunándolo en su pecho, agregó:

-Como nos enseñó mamá, te deseo que duermas bien, en paz. Yo velaré tus sueños. Ahora, al haberte encontrado podrás al fin descansar. Tus asesinos creyeron quitarte el descanso eterno. Te lo devuelvo con tu nombre: José Miguel Valdivieso: nunca más serás un “sin nombre” en tu tierra amada.

Humberto Benjamín Clavería (Santiago, Chile) reside en Toronto desde 1990. Realizó sus estudios de primaria, secundaria y universitarios en Santiago de Chile, graduándose de dentista en 1974 en la Universidad de Chile. El mismo año obtuvo el título de cantante profesional. Emigró a Ecuador en 1976, ejerciendo su carrera de dentista, cantante y compositor musical en la ciudad de Quito hasta 1990. A través de su vida artística ha ganado varios concursos, tanto de poesía y cuento como de composición musical. Cuenta con galardones obtenidos en Chile, Italia y Estados Unidos, y aquí en Canadá se ha hecho acreedor a un tercer premio (2009) y menciones honrosas (2011, 2013 y 2014) en el concurso de cuentos nuestra palabra.

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