Delma Gil Wilson

Butterfly CageDelma Gil Wilson nació en Álamos, México en 1980. Estudió la licenciatura en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora en México, y una maestría en Español y Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Alberta. Ha colaborado con periódicos y revistas tanto en México y Canadá, tales como Cambio Sonora, Correo Canadiense, El Hispano y The Apostles Review. Se ha desempeñado como correctora de estilo, traductora, y actualmente trabaja como instructora de español en la Universidad de Alberta.

La jaula de las mariposas

“…sólo en las noches de lluvia en que se anegaba la casa
y en alguna otra ocasión especialísima,
repasábamos la colección de mariposas,
el misterio de sus alas llegándonos muy hondo,
las alas cargadas de signos de más allá de las lanzas,
del muro enconado de botellas…”
 
“Estatuas sepultadas”, Antonio Benítez Rojo

Cuánta será la dicha y cuánta no será también la pena de aquel que puede reconocerse sin sobresaltos en las continuas vueltas de la historia, pensaba Fausto mientras caminaba renqueando por el jardín cruzado de mutiladas enredaderas hacia el portal de su casona del siglo XIX. El dulce olor a humedad que había dejado la tormenta de la noche anterior le infundió una sensación de seguridad, de orden. El rumor apacible del Almendares le hacía, sin embargo, recordar de tanto en tanto y sin la menor misericordia los días en los que su casa era más que un predio cubierto de sombras y el sepulcro de tantas mariposas. La lluvia había sido tan terrible que dejó las baldosas del jardín tapizadas de alas multicolores, como flores arrancadas por la indolencia de una mano sin control.

Esa mañana cuando abrió los ojos, perturbados desde hacía horas por un rayo de sol que había logrado burlar la barrera de la cortina, lo primero que hizo Fausto al verse aún con la ropa puesta fue tratar de pensar en la noche anterior. Pero lo que recordó fue solo un olor, la mueca de un rostro fuera de contexto, el sutil aleteo de un insecto, la lluvia, un pie ennegrecido por el lodo. A pesar del momentáneo desconcierto, una certeza aplastante y sin errores lo oprimió por dentro como cada día desde hacía tiempo: nada volvería jamás a ser como era antes. Muchos se habían ido, temporalmente, dijeron, mientras todo regresaba a la normalidad, ahuyentados por la confusión y el miedo que reinaba en el país. Se fueron los Corbalá y después los Ovando cargando hasta con la cotorra, a la que seguro tuvieron que tirar al mar porque ya estaba a punto de morir de vieja.

Después de lavarse la cara salió, como todas las mañanas, a caminar por el jardín. La tormenta había cambiado casi por completo la armoniosa distribución de las plantas, a tal punto que le costó no poco trabajo reconocer en ellas algo de familiar. En su camino había un enorme charco en el que pronto empezarían a germinar los sapos. Para no ensuciarse los zapatos, rodeó por donde estaba la fuente con forma de un enlamado ángel de alas caídas que marcaba el centro del jardín, pero al hacerlo pisó accidentalmente la jaula de las mariposas que yacía por tierra y un afilado alambre de la puerta le rasgó profundamente la piel de la pierna.

Fausto se detuvo un momento y miró la jaula con aprehensión. Era una lástima, Amalia y Silvita habían olvidado meterla a la casa y la lluvia y el viento la habían destruido completamente. Tanto tiempo que les había tomado llenarla de hermosas mariposas para que tuvieran el descuido de dejarla afuera y la tormenta acabara con todas ellas.

Todo había empezado con la cotorra de los Ovando. Era simpática y sabía decir un par de palabras, pero aunque no era la gran cosa, desde que las niñas la vieron no pudieron pensar en nada más que no fuera tener en casa también una cotorra enjaulada. Para Fausto cumplir el capricho se convirtió eventualmente en un suplicio. La cotorra se despertaba al despuntar el alba para arruinarles las últimas horas de sueño con sus infernales pininos alfabéticos y, contrario a la mayoría de las aves, se dormía ya entrada la noche martirizándoles los oídos con sus chillidos. Un buen día, sin dejarse persuadir por los ruegos y lágrimas de las niñas, decidió dejar libre a la cotorra y desde entonces la paz reinó de nuevo en la casa. Hasta hace unas semanas, claro, en que la paz no reinaba en ninguna parte del país.

La jaula quedó vacía por un tiempo, pero Silvita, aficionada desde muy pequeña a atrapar mariposas para disecarlas bajo el peso de los libros de la biblioteca, tuvo la inspiración de encerrar allí a la primera de ellas, y desde entonces su tiempo y energía no se ocupó en nada más. Unas dos veces por semana las niñas arrojaban a la jaula guayabas podridas, y ver comer a las mariposas se volvió para ellas un ritual.

Aquella tarde estaban todos reunidos en el jardín cuando supieron la noticia. Alejo Corbalá había llegado a la casa con los ojos desorbitados y la frente perlada de sudor frío a contarles los últimos sucesos. Fausto no dijo nada, se quedó mudo, pero a Ángela, que en ese momento tejía un mantel para la mesita de la sala, se le escapó un grito como si acabara de ver una alimaña. Las únicas que seguían indiferentes a lo que ocurría, dando gritos de alegría tratando de atrapar una menuda mariposa roja, eran las niñas. Fue poco después, sentados también en las bancas encaladas del jardín, que vieron partir para siempre primero a los Corbalá y luego a los Ovando.

Una noche, durante la cena, Ángela dijo que quería irse también. Fausto detuvo a medio camino la marcha del tenedor y la miró fijamente, como queriendo escrutar hasta el último rincón la cabeza de aquella mujer con la que había estado casado por quince años y a quien ahora, de buenas a primeras, desconocía. No había amargo resentimiento, no había campanas tocando a duelo por un mundo familiar que en ese momento se le ensombrecía de golpe, solo una oscura resignación que le dio la lucidez necesaria para mirarla a los ojos por un largo segundo en el que parecieron resumirse los otros quince años que tal vez habrían podido pasar juntos en relativa paz.

La mañana de la discusión Ángela dijo que sus padres se irían a algún lugar de nombre impronunciable, y quería que se fueran con ellos. Ante la inflexibilidad muda de Fausto, quien ni siquiera volteó a mirarla, Ángela gritó histérica y lo amenazó con irse de todas formas.

Aunque padecía sus consecuencias, Fausto nunca se preocupó por tratar de oponer resistencia a lo inevitable. Ángela pretendía ingenuamente ponerse a salvo de lo que temía, pero a él todo ese tiempo de ver proliferar las hiedras y el moho en la casa contigua lo habían hecho tomar conciencia sobre su destino. Había vivido lo suficiente para saber que hay cosas que no se pueden controlar y otras que sí, cosas sobre las que no se tiene dominio y otras sobre las que sí, como lo atestiguaban las maletas llenas de ropa que Ángela, en su incomprensión y su ceguera, había dispuesto a escondidas para el viaje. Fausto no podía imaginar el lugar en donde habían nacido y muerto sus padres, y en donde él planeaba también pasar sus últimos días, siendo devorado por la ferocidad implacable de la naturaleza y el olvido mientras sus huesos navegaban a tierra de nadie. Una soledad anticipada empezó a transformarlo por dentro al tiempo que su esposa fraguaba en secreto un pretexto, una razón lo suficientemente válida para arrancarlo de una buena vez y para siempre de ese pasado que ponía en franca amenaza el futuro de sus amadas hijas.

Había llovido a cántaros, como si en el orden superior e inescrutable de los elementos algo anunciara lo que estaba por venir. Se veía la violencia del agua en el fango que cubría sin piedad el pasto y las vencidas plantas del jardín. Fausto observó con detenimiento las manchas de sangre que empezaban a dibujarse tímidamente a través de la gruesa tela del pantalón, y poco a poco fue recordando. La noche anterior se había dejado caer en la cama empapado y así se había dormido hasta ya entrada la mañana, cobijado por el silencio inusual que reinaba en la casa. Fue hasta que la sangre se hizo más visible y la herida empezó a doler sin disimulos que recordó, ordenado en una macabra cadena de coherencia y lucidez, todo lo que hasta entonces se había mantenido en fragmentos.

Se detuvo unos segundos. Observó de nuevo la jaula de las mariposas, que había quedado algunos pasos atrás, antes de continuar su marcha hacia el portal, sin dirigir ni una sola vez la mirada al montón de lodo y suciedad que la lluvia había dejado al fondo del jardín, de donde, de vez en cuando, escapaban llevados por el viento un ala rota y un quejido apenas audible que se confundía con la corriente matutina del Almendares.

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