Cultura

Martin Boyd

helicopter-2Lo que sigue es un fragmento de mi cuento “Cultura”, el cual se publicó originalmenteen inglés en 2008 en la revista literaria canadiense Other Voices. Ahora el cuento aparece de nuevo en una traducción excelente de la galardonada traductora y escritora mexicana-canadiense, Martha Bátiz, para la nueva antología Desde el norte: narrativa canadiense contemporánea, editada por la editorial de la Universidad Autónoma Metropolitana en México. Muchísimas gracias a Martha por haberle dado nueva vida al cuento en la lengua española.

Me miró por encima de la barda gris de madera. Desde donde estaba yo, parecía que le habían cercenado la cabeza del cuerpo. Su rostro estaba en blanco, como las fachadas de las casas acomodadas en hileritas muy organizadas a nuestro alrededor. Piel blanca de la misma textura que las delgadas paredes de yeso que mantienen las casas en pie. Y ojos como dos ventanitas de aquellas casas, a través de las cuales podías observar las vidas domésticas, mundanas, de la gente de adentro.

—    ¿Quién eres? — Le pregunté.

—    Soy Adam. ¿Quién eres tú?

—    María Luisa Ortega Paredes.

Su boca de labios delgados disparó una risa intensa, sin alegría.

—    ¿Por qué tienes tantos nombres? — Me preguntó.

—    Soy de Chile.

—    ¿De Chicle? ¿Dónde demonios está eso?

—    En Sudamérica.

Desvió la mirada hacia abajo, a su izquierda, y escupió.

—    No suenas como americana — dijo.

Es raro. Todos son muy raros aquí. Pero sé que debo estar agradecida de estar aquí, en la chata tranquilidad de este país que, para mí, es como una colonia en Marte igual que en uno de esos libros de ciencia ficción que leía cuando era niña. El sol es más grande y más blanco aquí, de alguna manera el cielo luce más vacío, y las plantas son estrafalarias y llenas de colores brillantes como nada que jamás hubiera podido creer que existiera en este planeta. Dejé atrás un país en plena agitación, donde todos los rostros están marcados por la ansiedad. Crucé el océano más grande del mundo a un país del que antes no sabía nada, excepto que mi tía Irma se mudó aquí hace muchos años, antes de que naciera yo. Aquí, los rostros de la gente hacen juego con el vacío del cielo. Todos caminan como sonámbulos, habitando un mundo tan inamovible y sólido como las cuadradas casas de ladrillo en las que viven.

En mi primera mañana aquí, me desperté con el sonido de un zumbido lejano. Salté de la cama y salí por la puerta principal. Mientras miraba fijamente hacia el enorme cielo vacío, mi cuerpo temblaba de miedo en el singular calor de una mañana de verano.

— ¿Dónde está? ¿Dónde está?

—    ¿Dónde está qué? — Mi tía Irma había venido a mi lado y me rodeó con los brazos.

—    El helicóptero. Puedo escucharlo.

Mi tía puso una mano sobre mi cabeza y sonrió.

—    Eso no es un helicóptero, chica. Es un lawnmower, digo, una podadora de pasto.

Irma se parece mucho a mi madre. Es un remanso de familiaridad en este inmenso mar de extrañeza. Vino a este país de vacaciones hace veinte años. Conoció a Barry, se casó con él, y nunca más volvió a casa. Adora este país por su buen clima, su tranquilidad y por ese hombre grande de cara colorada al que ha elegido dedicar su vida. Pero Chile todavía brota por sus poros y se revela en sus gestos. No la conocía antes de venir aquí, excepto a través de las cartas que cada mes le enviaba a mi madre contándole sus aventuras en esta tierra exótica e indómita. Huele como mi madre. Cuando me abraza, cierro los ojos e imagino que estoy en mi hogar en Santiago, en los días anteriores a esa aterradora mañana del once de septiembre, cuando el sonido de los helicópteros y aviones de guerra perforó el silencio en su camino a bombardear La Moneda, y la ansiedad que ya bullía dentro de la gente se transformó de pronto en un pánico inmovilizador. Esa mañana fue la única que vi llorar a mi hermano Claudio.

—    Lo mataron — lloraba. Esos hijos de puta mataron al Presidente Allende.

A muchas familias como la nuestra, que habían apoyado las reformas de Allende, los sucesos de aquella mañana los aterrorizaron tanto que optaron por guardar silencio. Pero Claudio se rehusó a quedarse callado. Se unió a movimientos de protesta que exigían el regreso a un régimen civil. Poco después se unió a las filas de los desaparecidos. No se le ha visto ni hemos sabido nada de él por casi dos años. A quienes no los calló el miedo los callaron por otros medios.

Perder a Claudio fracturó a mi familia. El sonido del teléfono al repicar era suficiente para sembrar un pánico indomable en todos nosotros, una mezcla frenética de entusiasmo al pensar que quizá era Claudio, y terror porque tal vez eran noticias de Claudio, noticias que todos temíamos escuchar. En los vastos abismos de silencio entre estos sonidos, cada uno de nosotros se iba sumiendo su propia y privada desesperanza.

[…]

Traducido del inglés por Martha Bátiz

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