Las reseñas de las traducciones

Martin Boyd

Why Translation MattersEdith Grossman, la traductora al inglés de muchas de las obras de Gabriel García Márquez y autora del libro Why Translation Matters, un examen de la falta de respecto por la traducción en el mundo de habla inglesa, señala que en las reseñas de libros traducidos, “la mayoría de los críticos siempre ignoran el hecho de que su reseña se trata de una traducción. Si hacen referencia a la traducción, por lo general la descartan con una frase como ‘hábilmente traducida por…'” (citada en Salisbury).

La invisibilidad del traductor en las reseñas de libros es, por supuesto, algo que el traductólogo Laurence Venuti ha comentado extensamente en su texto referente The Translator’s Invisibility, y también queda demostrada en el estudio de caso realizado por Jeremy Munday, de reseñas de la traducción al inglés de Doce cuentos peregrinos de García Márquez, en la que se señala que “casi pasan por alto que se trata de una obra de la traducción” (Munday, Introducing Translation Studies 158). Eso también ha sido mi experiencia de las reseñas que he leído de textos traducidos: el crítico siempre aborda la traducción como si fuera el texto original, al comentar sobre el lenguaje fluido del autor, sin considerar el papel del traductor en la reconstrucción de ese lenguaje aparte de una evaluación superficial generalmente limitada a un adverbio como “hábilmente”, “elocuentemente” o “fluidamente”, si acaso lo menciona. De hecho, este es un enfoque que se ve reforzado en las carreras universitarias de estudios literarios en el mundo de habla inglesa, en las cuales a menudo se espera que los estudiantes realicen análisis detallados de obras literarias clásicas de autores tan diversos como Kafka y Camus, Borges y Balzac, siempre con referencia a la traducción al inglés, siempre como si la traducción fuera la obra del autor original, y sin ninguna expectativa de que se tomen en cuenta los cambios que pudo haber realizado la mano invisible del traductor.

Nautical ChartAlgunos críticos sí logran superar esta tendencia hacia la ignorancia, prestando más atención al trabajo del traductor que un adverbio vacío. Sin embargo, en muchísimos casos dichas excepciones a la regla general de fingir que el traductor no existe consisten en criticar al traductor por no haber mantenido su invisibilidad. Tomemos, por ejemplo, una reseña publicada por Patrick Burnett en Amazon Books de la traducción de Margaret Sayers Peden de La carta esférica de Arturo Pérez-Reverte. Aparte del hecho de que el reseñista erróneamente se refiere a Sayers Peden como una “traductora nueva” -en realidad, en el momento en que tradujo la novela de Pérez-Reverte en 2001 Sayers Peden era una veterana con más de 30 años de experiencia y al menos el mismo número de traducciones publicadas-, la condena de Burnett de su traducción es poco menos que brutal, pues afirma que la traductora “tiene un oído de madera, pues parece que traduce algunas secciones tal cual (con lo cual parecen extrañas y torpes para un angloparlante), y otras con un esfuerzo de inyectar un argot moderno y darle al libro una cualidad más contemporánea”. Es evidente de su análisis que Burnett no tuvo acceso a la versión original en español de la novela de Pérez- Reverte, lo cual pone su crítica en tela de juicio. ¿Cómo sabe que esta cualidad “extraña y torpe” es obra del traductor y no del autor? De lo que se puede extraer de su reseña, su crítica parece basarse exclusivamente en una comparación de la traducción de Sayers Peden con las traducciones de las novelas anteriores de Pérez-Reverte realizadas por Sonia Soto. Según Burnett, Soto “facilita la introducción de las [otras novelas de Pérez- Reverte] El club Dumas y La tabla de Flandes a la consciencia americana [es decir, estadounidense] al imbuir estos libros con una formalidad fluida que parece muy ajustada al contenido.” ¡Por fin, un comentario positivo sobre el trabajo de un traductor! Sin embargo, es difícil pasar por alto el hecho de que lo que subyace a esta alabanza es una filosofía implícita de que el deber del traductor es domesticar un texto en lengua extranjera de forma que su extrañeza -y el traductor- no molesten al lector con su presencia irritante.

En efecto, la reseña de Burnett parece apoyar la sugerencia de Venuti que los traductores solo son visibles para los lectores en inglés cuando su trabajo carece de la fluidez esperada que mantendría su invisibilidad. En su artículo “How to Read a Translation“, Venuti afirma que los críticos han enseñado a los lectores “a valorar las traducciones con la mayor fluidez, que dan la impresión ilusoria de que estamos leyendo el original”. Esta ilusión se desvanece si encontramos en la traducción “un bache en la superficie” que revele la presencia del traductor, quien es condenado entonces para haber roto el hechizo y revelado el hecho de que estamos leyendo un texto de segunda mano.

Puesto lo anterior, es tentador sugerir que quizás las únicas personas cuyas reseñas de traducciones literarias deben ser tomadas en serio son los traductores literarios. Traductores, obviamente, tienen una mayor conciencia de lo que implica el proceso de traducción que tiene un crítico monolingüe, y así serían más capaces de distinguir la aportación del traductor de la del autor original. En su defecto, a los críticos monolingües les convendrían tener en cuenta las cinco reglas propuestas por Venuti en el artículo antes citado en la evaluación de una traducción, y recordar siempre que “una traducción nunca puede ser idéntica al texto original o transmitirlo de una manera directa y sencilla”. En realidad, lo que transmite una traducción “no es tanto el texto original, sino la interpretación del traductor” de ese texto. Basando su valoración del texto en este precepto, los críticos estarían mejor preparados para ofrecer una reseña útil de un texto traducido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *