Mario Huacuja
Uno de los recuerdos más impactantes que guardo en la memoria es el de mi encuentro con la Estatua de la Libertad. Tendría yo cuatro o cinco años, y al verla de cerca me quedé pasmado: jamás había visto una mujer tan grande. Todo en ella era desmedido y admirable. Su color de cobre verde, la fuerza de su brazo extendido al cielo, la elegancia de su túnica, la llama de oro de la antorcha y su mirada vacía me marcaron para siempre. Parecía que el mundo había sido arreglado para llegar a ese momento: mi madre y yo habíamos abordado el Ferry en Battery Park después de rodear las murallas del Castle Clinton, y apenas empecé a mecerme con el oleaje en los asientos de cubierta me venció el sueño. Al despertar, sin haberme despabilado aún, la Estatua me deslumbró con el poderío de sus doscientas veinte toneladas, y al recorrer con los ojos azorados su figura no supe si era la virgen colosal de alguna iglesia, o un monstruo petrificado salido de mis peores sueños.
En esos años, mientras mi infancia transcurría entre coches eléctricos que zumbaban como taladros y chocaban contra las paredes de mi cuarto, Nueva York vivía una etapa de formidable expansión. En las inmediaciones de Central Park, las tiendas de la Quinta Avenida atraían a clientes de todo el mundo con sus escaparates de lujo; Park Avenue vivía un momento de esplendor con sus departamentos de rentas estratosféricas; hacia el sur de Manhattan, el Village y Soho eran un imán para los escritores, músicos, actores, cineastas y pintores del resto del país y de Europa, y no muy lejos de Trinity Church, al sur de Tribeca, se habían terminado las Torres Gemelas del World Trade Center, destinadas a ser las más altas del mundo. En esa época, además, Estados Unidos se había embarcado en una cruzada para combatir el comunismo en Vietnam, y se ufanaba de haber puesto al primer hombre en la luna. Allá arriba, en esa superficie de cráteres y polvo blanco, se erguía con orgullo la bandera de las franjas y las estrellas. Igual que en los edificios del Rockefeller Center.
Claro que de todo eso yo no tenía la menor idea, y tampoco era consciente de que la fuerza del país ocultaba en su interior un cúmulo de tensiones sociales y raciales que se desbordaban periódicamente. A veces, en las calles, escuchaba gritos, veía gente corriendo, un cuerpo sobre la acera cubierto con una sábana, pero me parecían sucesos esporádicos y sin importancia. Mi vida era bastante tranquila y, en días feriados, un descubrimiento constante de maravillas.
Aquella mañana yo veía los rayos de la corona de la Estatua de la Libertad y me imaginaba que era una diosa, una divinidad que emergía de las aguas y desafiaba al mundo con la contundencia de su figura. Sobre la pequeña isla donde se erguía había mucha gente, pero en el ambiente flotaba algo que me hacía sentir aislado y minúsculo frente a ella. “Liberty”, decían los turistas que se agolpaban para fotografiarla de perfil, al pie de su pedestal. “La Libertad”, decía mi madre mientras me cargaba con un brazo y la señalaba con otro. Yo la escuchaba y abría los ojos para abarcar las dimensiones colosales de su talla, y abrazaba el cuello de mi madre para sentir la protección de su cercanía, porque en cierto sentido la estatua me infundía un profundo terror. Quizá ahí aprendí, de una forma directa e inapelable, que mi madre me protegería siempre de los desvaríos y peligros de la libertad.
Mario Huacuja, sociólogo mexicano con estudios de Maestría en Estudios Latinoamericanos, ha publicado varios ensayos políticos y literarios en las revistas Nexos y Etcétera. Es colaborador en el radio y en diversos medios impresos; y es precisamente el periodismo lo que lo llevó por los caminos de la palabra escrita. Entre sus novelas editadas son include Temblores (1985), Las 2 orillas del río (1990), El viaje más largo (1993) y El hipnotista (2012). La prosa de Huacuja ha sido comparada con la de los grandes escritores del realismo mágico latinoamericano. Sin embargo, también tiene gran influencia de autores estadounidenses como Henry Miller, Arthur Miller, Truman Capote y el padre del nuevo periodismo Tom Wolfe. Su novela En el nombre del hijo es finalista en el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska de la Ciudad de México en el 2013. El fragmento publicado aquí es del primer capítulo de la novela. Para comprar el libro, haga clic aquí.
